A pesar de haber pensado en un primer momento en retornar a Bolivia con sus tropas más leales y hacer frente al alzamiento de la población paceña, pronto Daza tuvo que rendirse a la evidencia.
Brújula Digital|28|02|26|
Raúl Rivero
La figura y actuación del general Hilarión Daza como Presidente de la República y capitán general del ejército en los primeros meses de la malhadada Guerra del Pacífico despierta controversias hasta el día de hoy.
He aquí algunos apuntes para el debate alrededor de su polémica actuación en esa contienda, que comenzamos, eso sí, exculpándolo del infundio de haberse guardado la noticia de la invasión chilena al Litoral durante tres días, dando por buena la versión de Antonio Quijarro –en su Memorándum sobre el estado actual de la Guerra del Pacífico, de 1881–, donde afirma que la terrible novedad recién fue conocida, vía chasqui, la noche del martes 25 de febrero, siendo expedido el decreto de emergencia nacional la mañana del día siguiente.
Luis Salinas Vega, a propósito de su entrevista con Daza en Tacna, en mayo de 1879, recuerda: “No sin cierta complacencia vi que el General Daza tenía un juicio recto y una inteligencia nada vulgar. Creí que iba a hablar con un soldadote torpe y rudo y me sorprendí al ver la justicia de sus observaciones” (Querejazu, Guano, Salitre y Sangre: 387). Oblitas Fernández (Historia Secreta de la Guerra del Pacífico (1979-1904): 155), dice:
“No se puede dudar de las buenas intenciones de Hilarión Daz para realizar una buena administración y encarar el problema con Chile”. Empero, Querejazu Calvo [Ibid.:389] lo califica de “simplón, aunque artero”. Por su parte, en varias oportunidades, el general Eliodoro Camacho hacía notar que nunca Daza presentó plan alguno de campaña, o sea, de cómo encarar la lucha contra el invasor.
Conocida en Tacna la noticia de que el grueso del ejército chileno desembarcó el 2 de noviembre de 1879 y se hizo del puerto peruano de Pisagua, se rompió la inacción que atenazaba al ejército aliado en esa ciudad, a la que el presidente boliviano Hilarión Daza llegara con sus tropas el pasado mes de mayo.
Pero, desde el momento en que se decidió su salida hacia el sur para encontrarse con las peruanas al mando del general Juan Buendía, se sucedieron una serie de hechos inentendibles, que duraron hasta la vergonzosa “retirada de Camarones”.
Primero, a pesar del consejo del presidente peruano Mariano Prado de que Daza lleve consigo no más de 1.000 hombres, pues sería imposible proveer de alimentos y, sobre todo, agua, a más contingentes, éste le dijo en privado a su secretario Rosendo Gutiérrez:
“Yo no dejo a ningún soldado de línea. O voy con todo mi ejército o me quedo” (Querejazu: 421), por lo que llevó consigo a 2.000 efectivos. Segundo, desoyendo el consejo peruano de que el desierto habría que cruzarlo en la noche, respondió Daza: “[E]l soldado boliviano podía caminar jornadas enteras, bajo cualesquiera condiciones, sin fatiga alguna” (Querejazu: 421).
Tercero, en vez de agua, las cantimploras de los soldados fueron llenadas con vino, lo que no sólo ocasionó problemas de disciplina como resultado de la embriaguez, sino que avivó aún más la sed propia de avanzar bajo el inclemente sol de la ardiente y desolada ruta que seguían, ocasionando la muerte o la deserción de varios de ellos. En esas condiciones y como rememora un oficial en sus memorias: “El desorden de toda la marcha ha sido lamentable”.
Mayor desconcierto causa lo que Querejazu anota más adelante: “¿Por qué obró deliberadamente contra los principios más elementales de la logística y contra el consejo que él mismo dio a los soldados de la División Villegas, cuando iniciaban el mismo recorrido seis meses antes, diciéndoles: "Hijitos, no me viajen durante el día, sino durante la noche, estos arenales no son como nuestro suelo de Bolivia y aquí el sol es abrasador», con los agravantes de que el sol veraniego es más 'abrasador' que el invernal de mayo?" (Ibid.: 468).
Son varias las versiones que tratan de explicar las razones o sinrazones que llevaron a Daza a abandonar la idea inicial de unirse al ejército peruano y rechazar al enemigo chileno en las cercanías de Pisagua. Luego de transcribir las más relevantes, Roberto Querejazu aventura la siguiente:
“La compulsa de todos los antecedentes anotados inclina el juicio de quien quiere ser lo más imparcial posible a creer que la retirada tuvo su origen en la mente del general Daza, aún antes de salir de Arica; que las condiciones en que hizo marchar a las tropas hasta Camarones, en completo desorden, embriagadas con vino, con el agua criminalmente disminuida y en las horas más calurosas del día, tuvieron el siniestro y deliberado propósito de anular su capacidad física, a fin de utilizarlos como pretexto de no poderse seguir adelante; que en consejo de guerra del día 15 (de noviembre), el Capitán General, pese a su carácter dominador y despótico, se cuidó mucho de emitir opinión alguna para soslayar su responsabilidad, dejando que se declarasen a favor de la contramarcha algunos de sus colaboradores cuyo criterio había influenciado previamente en tal sentido; que pese a que en dicho consejo se emitieron razones en pro y en contra, se dio la orden de retirada como si fuera el producto unánime de la deliberación" (Ibid.: 426).
Por el contrario, Oblitas atribuye la actitud de Daza como consecuencia de “dos complots siniestros”: el deseo de Aniceto Arce de echarlo del poder para, posteriormente, negociar con Chile, y la mala fe peruana –Prado habría querido impedir a toda costa la presencia de Daza en San Francisco “por emulación y celos”–.
A tantas incógnitas Querejazu ensaya esta grave elucidación: “Por más que se busca más explicaciones, no se encuentra más que una, que da respuesta a tan grave y abundante cuestionario. Una sola que permite unir cabalmente todas las piezas del rompecabezas para que formen un cuadro lógico y convincente. Esta única explicación es la de que el general Daza acabó sucumbiendo ante las tentaciones chilenas al ser presentadas en una nueva forma, en la forma de una oferta pecuniaria para su bolsillo particular”.
A pesar del lamentable estado que mostraba el grueso del ejército expedicionario boliviano, no faltaron oficiales como el coronel Eliodoro Camacho que instaban a sus pares el cumplir con la obligación adquirida con el aliado peruano para enfrentar al enemigo. Una vez que comprendieron que sus esfuerzos eran inútiles, la frustración les despertó la necesidad de ver la manera de deshacerse del despótico e inhábil capitán general.
Días después, el 19 de noviembre, se produjo el choque entre los invasores chilenos al mando del coronel Emilio Sotomayor, compuesto por unos 6.500 hombres y una treintena de cañones, contra el ejército combinado peruano boliviano [por este último, en realidad participó un único regimiento], al mando del general Buendía –“casi ya senil”, según Oblitas– y formado por un poco más de 9.000 combatientes y alrededor de veinte cañones.
Como secuela de la pésima planificación del combate, el resultado fue desastroso para los aliados, dejando el campo dos centenas de muertos y una gran parte de su parque militar. Mientras los peruanos se retiraron en gran desorden a Tiliviche, los bolivianos emprendieron el regreso a Oruro. Los vencedores no se ocuparon de perseguir a los fugitivos.
La noticia de ese desastre remeció a las dos naciones aliadas. En Lima y otras ciudades del Perú se produjeron algaradas, las que llevaron al presidente Prado a abandonar su país con la excusa de “ser el único que podía negociar barcos y armamentos en Europa”, actitud que obviamente fue calificada de cobarde fuga; luego de un breve interregno, el poder político fue tomado por el doctor Nicolás de Piérola, quien se proclamó dictador y llamó bajo bandera a todos los peruanos hábiles para portar armas, decidido a continuar la lucha contra el invasor.
Por su parte, en Bolivia no solamente se vivieron escenas de decepción y angustia por lo sucedido en San Francisco, sino que el estupor cundió en los ciudadanos al no comprender estos por qué el presidente Daza, cuya fama de valiente y belicosos era el común denominador entre sus compatriotas, había dado media vuelta con sus hombres y abandonado a su suerte al ejército aliado. Como rememora un contemporáneo:
“El prestigio de Daza estaba por los suelos aún antes de la contramarcha de Camarones; no se preocupaba por la guerra, sólo buscaba diversiones (…). Desde que volvió a Tacna, desconfía de todos, se vive un ambiente de hostilidad”. Pronto y simultáneamente, en Tacna y La Paz, civiles y militares comienzan a conspirar para derrocarlo.
Anoticiado por rumores de esos movimientos en su contra, Daza decide regresar a Bolivia, para atrincherarse en La Paz y allí resistir con sus leales y los cañones que piensa retirar de Tacna para derribar las previsibles barricadas que levanten los alzados y “mostrar a esos pícaros lo que es una tiranía y mandar hasta cuando me dé la gana”.
A ese exabrupto se suma la insólita decisión del presidente boliviano de no reconocer al nuevo primer mandatario peruano y, aunque sus colaboradores más cercanos intentan persuadirlo con el argumento de que la alianza es entre naciones y no entre personas, Daza replica que la alianza se había hundido a raíz del cambio de gobierno en Lima. Conocidas tales decisiones presidenciales, el complot en su contra se acelera en ambas ciudades.
Con la colaboración del prefecto de Tacna –cuya única condición fue que no se cause daños a personas o propiedades de esa ciudad–, que invitó a Daza a viajar con él a Arica, con la excusa de entrevistarse con el contralmirante Lizardo Montero para definir la estrategia a seguirse en la guerra, el camino quedó despejado para derribarlo.
Al día siguiente de Navidad, fue Eliodoro Camacho que respaldado en su prestigio informó a las tropas de la decisión de destituir al presidente de la República y también comunicar a las autoridades peruanas de esta decisión; a pesar de las presiones de los demás oficiales, este militar se negó a asumir el mando de la Nación, indicando más bien que esperaba que el elegido surja de la decisión de una asamblea constituyente.
Entretanto y al mismo tiempo, en La Paz el 28 de diciembre se reunió una gran muchedumbre en la Plaza de Armas. La decisión de acabar con la presidencia de Daza no fue rebatida por nadie; más bien, se pasó a definir cuál sería el mecanismo de sucesión, si una junta de gobierno o una persona de consenso.
Al final, se acordó conformar la junta, integrada por el coronel Uladislao Silva, el doctor Rudecindo Carvajal y el doctor Donato Vásquez. Su primer acto de gobierno fue ratificar la alianza militar con el Perú y nombrar al general Narciso Campero comandante en jefe del ejército boliviano.
Luego, se decidió consultar a personalidades del resto de la República sobre la conveniencia de convocar a una Convención Nacional, que defina la nueva estructura del Estado y la forma de elección del próximo primer mandatario de la nación.
A pesar de haber pensado en un primer momento en retornar a Bolivia con sus tropas más leales y hacer frente al alzamiento de la población paceña, pronto Daza tuvo que rendirse a la evidencia y, más bien, llamó a su familia a Tacna, desde donde partió al exilio en Europa.
Raúl Rivero es economista y escritor.