La cuestión no es adoptar modelos externos, sino examinar si los valores predominantes fortalecen la cooperación, amplían oportunidades y consolidan institucionalidad.
Brújula Digital|26|02|26|
Diálogo al Café
En esta sesión de Diálogos al Café se analizan los resultados de la reciente Encuesta Mundial de Valores aplicada en Bolivia (2017–2024). Se busca abrir una discusión que trascienda lo estadístico para interpelar la cultura política del país.
Las exposiciones de Daniel Moreno, Gonzalo Vargas y Vivian Schwarz, junto con los comentarios críticos de Alejandra Ramírez y el intercambio con el público, permitieron abordar una dimensión estructural: los valores no son abstracciones morales, sino marcos normativos que orientan decisiones, delimitan aspiraciones y condicionan la calidad de la convivencia.
El diálogo, conducido por Carla Camacho, incluyó una conversación sobre los valores para la equidad de género y destacó la importancia de reflexionar sobre ella por las consecuencias que tienen sobre la vida de la ciudadanía
Estas cuestiones no son ideológicas, sino prácticas. Qué prioriza una sociedad –obediencia o autonomía, comunidad o independencia, confianza o cautela– define sus capacidades de innovación cívica, cohesión institucional y proyección futura.
Comunidad autoridad
La estructura de valores se mantiene estable entre 2017 y 2024. No se detectan variaciones sustantivas en aquello que la sociedad considera prioritario transmitir a sus hijos. Predominan los buenos modales, el respeto y la responsabilidad; en contraste, la independencia, la imaginación y la autonomía ocupan lugares secundarios. Comparativamente, Bolivia figura entre los países que menos valoran la independencia infantil.
La brecha generacional es mínima. Adolescentes y adultos comparten patrones similares, lo que sugiere continuidad antes que transformación. Este mismo marco se refleja en los valores asociados a la equidad de género. Aunque existen avances puntuales –como el respaldo a la continuidad educativa de adolescentes embarazadas– persiste una estructura conservadora en liderazgo femenino, autonomía corporal e inserción pública de las mujeres. En algunos indicadores incluso se observa un leve endurecimiento respecto a 2017.
No se trata de etiquetar a la sociedad como “liberal” o “conservadora”, sino de examinar consecuencias. Cuando la autonomía no es prioritaria, se reducen las bases culturales para el cuestionamiento constructivo de la autoridad, la responsabilidad individual y la creatividad social.
La fractura de la confianza
Bolivia registra uno de los niveles más bajos de confianza interpersonal entre los países participantes en la actual ronda comparativa. También presenta baja confianza en la familia y entorno cercano y baja confianza hacia desconocidos. Esta combinación limita la expansión del capital social y restringe la cooperación más allá de círculos inmediatos.
La relación entre confianza interpersonal y confianza en instituciones como policía y justicia refuerza un diagnóstico clave: la cohesión social no puede desvincularse del desempeño estatal. Cuando la desconfianza se vuelve estructural, erosiona la acción colectiva, dificulta acuerdos y amplifica percepciones de amenaza.
En el intercambio se vinculó este escenario con fenómenos como violencia, polarización y criminalidad. Una sociedad con baja confianza es especialmente vulnerable a dinámicas donde el “otro” deja de ser interlocutor y pasa a ser adversario o descartable.
Juventud, aspiración y vacío estratégico
La ausencia de ruptura generacional adquiere relevancia frente a la expansión de economías ilícitas y la normalización del dinero fácil. Si bien la precariedad material influye en decisiones individuales, la penetración de estructuras criminales también se apoya en aspiraciones desvinculadas de un marco normativo sólido y en la fragmentación institucional.
El debate evidenció una tensión estratégica: las políticas públicas suelen priorizar lo económico y lo político bajo la premisa de que lo cultural se acomodará por inercia. La experiencia sugiere lo contrario. Sin una política explícita de formación cívica y fortalecimiento educativo –no solo académico, sino orientado a la construcción de responsabilidad, comprensión del Estado y convivencia democrática– las brechas normativas tienden a ampliarse.
El sistema educativo emerge como punto crítico. Más allá de contenidos, su papel en la transmisión de valores compartidos resulta determinante para evitar que la continuidad cultural derive en estancamiento o vulnerabilidad frente a dinámicas de exclusión y criminalidad.
Consideraciones finales
El conversatorio mostró una sociedad con continuidad normativa, baja confianza interpersonal y escasa ruptura generacional. La cuestión no es adoptar modelos externos, sino examinar si los valores predominantes fortalecen la cooperación, amplían oportunidades y consolidan institucionalidad.
Los valores constituyen la infraestructura invisible del desarrollo. Incorporarlos al debate público no es retórica cultural: es una condición para proyectar un futuro más cohesionado y sostenible.