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Política | 24/02/2026   07:33

|ANÁLISIS|Dime de qué presumes, te diré de qué careces|Mauricio Antezana|

La comunicación política deja entonces de explicar para proclamar. No es el relato el problema –toda política necesita relato–, sino el momento en que el relato intenta reemplazar la realidad o eclipsar factores estructurales que siguen allí, discretos pero persistentes.

El Palacio de Gobierno y la Casa Grande del Pueblo en la plaza Murillo de La Paz. Foto Archivo.
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Brújula Digital|24|02|26|

Mauricio Antezana

La humanidad, desde sus primeros días, ha sabido verse de frente al espejo, genuinamente, sin filtros, con valor y sin miedos; pero también ha sabido –con notable creatividad– cómo autoengañarse. Todas y todos ejercemos, en algunos pasajes de nuestras vidas, el autoengaño; incluso, en ocasiones, lo hacemos a sabiendas, lo cual añade un matiz casi entrañable al asunto. Es probable que, desde la noche de los tiempos hasta hoy, si pudiéramos llevar la contabilidad, descubriéramos que no han sido tantas las veces que nos hemos mentido como aquellas en que hemos intentado mirarnos con honestidad. Sí, las primeras suelen ser más vistosas.

De lo que sí no hay duda es que, en esta extraña y todavía innominada época que vivimos –¿acaso la “era digital”?–, esta es una de las ocasiones en que el autoengaño está siendo más visible –¿y más compartido, amplificado y hasta celebrado?–, como ocurre en la política.

Desde siglos antes de Madame Bovary, epítome literario del autoengaño, hasta los estudios contemporáneos sobre la negación, el sesgo y las creencias, sabemos que mentirse a uno mismo no consiste simplemente en ignorar la realidad. Es algo más elaborado: edificar un relato que la niega, la oculta o la posterga; o, en el extremo opuesto, uno que la amplifica, la acicala o intenta suplantarla. En este último caso, no se trata de no ver: se trata de ver lo que conviene o lo que recompensa.

Hay para todas y para todos momentos en la vida en los que se siente que “aprieta el zapato”. No siempre se trata de tragedias; a veces es apenas una incomodidad persistente en medio de la cotidianidad. Pero, si te aprieta, la presión obliga a cojear, y el cojeo, aunque discreto, se deja ver a la luz, en penumbra o incluso oír en tinieblas.

Ante esta situación, es probable que existan muchas salidas; hay dos clásicas: sacarse el zapato o continuar caminando disparejo. En la vida privada, lo primero suele ser saludable. En la vida pública –sobre todo cuando se encarna una alta, si no la más alta, magistratura–, descalzarse y andar caminando de arriba abajo por las calles no siempre parece una opción protocolarmente viable. Por tanto, solo queda continuar caminando al ritmo del penoso balanceo, renqueando.

Es en esa dilatada “normalidad” política cuando puede activarse un mecanismo conocido: si algo aprieta y no se quiere –o no se puede– mostrar con sobriedad la dolencia, se recurre a una fórmula antigua y eficaz: exaltar lo que se hace faltar.

Quien carece de autoridad invoca carisma; quien duda de su fortaleza proclama hazañas; quien percibe fragilidad en su legitimidad multiplica los milagros. La exageración no es solo retórica; es también un síntoma, un incontestable indicador.

En política, y especialmente en la comunicación gubernamental, el mecanismo “exalta lo que hace falta” ofrece ventajas inmediatas. Parece proyectar liderazgo; puede fortalecer, aunque solo momentáneamente, la identidad y, eso sí, alimenta épicas. Refuerza la autoestima del gobernante y cohesiona a los propios; puede aplacar la crítica y hasta domeñar a la oposición cuando, en contextos de adversidad nacional, incluso ella prefiere la estabilidad. Como el genial británico hace decir al rey Lear, cegado por su propia ilusión de grandeza: "el hombre se engaña más fácilmente a sí mismo que a los demás" (WSH).

El fenómeno adopta formas diversas y no necesariamente hay mala fe en ello. Puede tratarse, simplemente, de esa antigua inclinación humana a llevar la alabanza en boca propia hasta los bordes donde duerme, pero puede despertar abruptamente la hybris¹ y tomar posesión.

Cuando se recae en la desmesura, resulta fácil confundir el relato con la realidad; la ausencia de rechazo con la ovación; el clivaje coyuntural con la providencia que habría iluminado a la autoridad y a su entorno. 

Así, por ejemplo, cuando –sin querer queriendo– se atribuye a un familiar la condición de factótum tecnológico de un triunfo electoral de explicación algo más compleja, en el contexto actual adicionalmente opera como mensaje dirigido a quien ejerce la segunda magistratura, antiguo compañero de binomio y hoy primer opositor, que no pierde ocasión para sostener que fue él –y no el otro– quien captó la popularidad y el extraordinario caudal electoral que los llevó juntos al poder y que explica que ahora, enfrentados, ambos ocupen el lugar que ocupan.

Del mismo modo, cuando se acude con soltura a la dimensión sobrenatural  o divina y se habla de “milagro” allí donde una amplísima mayoría venía exigiendo la eliminación de subvenciones y la estabilización monetaria como condición para recuperar una normalidad perdida, y cuando la aceptación social se produce precisamente porque la medida era considerada inevitable, calificar esa reacción como prodigio puede resultar –cuando menos– muy autocomplaciente. El lenguaje político aprecia la épica, pero las palabras, incluso las metáforas, tienen consecuencias.

"Alabanza en boca propia es vituperio", le hizo decir su creador a Sancho Panza, graduándolo de gran refranero. Desde luego, la expresión circulaba desde antiguo; su raíz puede rastrearse incluso en el libro de Proverbios atribuido al Rey Salomón, cuya voz, hacia el 945 a. C., ya hacía oír a los cuatro vientos algo muy parecido a esa máxima admonitoria que sigue vigente: "Dime de qué presumes y te diré de qué careces".

El autoengaño necesita imaginación; la realidad, en cambio, solo necesita persistencia. Hannah Arendt observó que no honrar la verdad en política no solo busca convencer al otro, sino que termina transformando la percepción de quien la pronuncia. La repetición produce una cómoda ilusión de verdad interna. El inconveniente –como ella señalaba– es que los hechos son tozudos. Y su tozudez, aunque paciente, suele ser constante.

En los entornos de poder, el autoengaño puede fortalecerse mediante círculos cerrados de validación. El aplauso íntimo sustituye a la evaluación fría. Incluso, la anécdota puede convertirse en mito fundacional y la gestión que tropieza puede adquirir tono de gesta. Sin embargo, la exageración tiene una curiosa propiedad: a veces revela más de lo que intenta ocultar. Expone inseguridades, dependencias o vacíos que procuran cubrirse con épica verbal.

La comunicación política deja entonces de explicar para proclamar. No es el relato el problema –toda política necesita relato–, sino el momento en que el relato intenta reemplazar la realidad o eclipsar factores estructurales que siguen allí, discretos pero persistentes. Y cuando la exaltación se vuelve insistente, la carencia termina haciéndose visible sin necesidad de subrayados. La realidad –esa fuerza paciente y obstinada– siempre reclama su lugar. Y, curiosamente, lo puede hacer sin escenografía, al desnudo.

¹ Hybris: concepto de la Grecia clásica que alude a la desmesura, la arrogancia o el orgullo excesivo que lleva al individuo —especialmente a quien detenta poder— a sobrepasar los límites de la prudencia y el equilibrio, incurriendo en un acto de soberbia que suele anticipar cambios dramáticos.

Mauricio Antezana Villegas es asesor principal de comunicación del Rectorado y Jefe de Carrera de Comunicación de la UPB.

¹ Hybris: concepto de la Grecia clásica que alude a la desmesura, la arrogancia o el orgullo excesivo que lleva al individuo —especialmente a quien detenta poder— a sobrepasar los límites de la prudencia y el equilibrio, incurriendo en un acto de soberbia que suele anticipar cambios dramáticos.



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