La imagen presidencial, asociada más a celebraciones que a la dureza de reconstruir un país, alimenta esa mirada crítica. Y ahí puede abrirse un vacío tan profundo que podría abrir la puerta nuevamente a un proyecto socialista–populista.
Brújula Digital|18|02|26|
María José Rodríguez
a sensación de crisis no se evapora. Algo permanece instalado en el ánimo colectivo, como una alerta silenciosa que hace runrún ante acciones que entran en fricción con la realidad cotidiana.
Mientras la mayoría sigue temerosa de que mañana falte la gasolina, o de cargar de esa que dicen que está dañada –que no es toda, pero si te toca dejarás unos cuantos miles de bolivianos en el taller–, el Presidente Rodrigo Paz parece estar de acuerdo con Celia Cruz en que la vida es un Carnaval (y hasta un precarnaval)
Al principio, ver al Presidente de acá para allá transmitía movimiento, actividad, dinamismo. Pero desde su presencia en eventos previos a las festividades de Carnaval, como la electropresta y otras, comienza a dar la impresión que compartimos una Bolivia distinta. Y aunque este gobierno aún nutre mucha de la esperanza de cambio, le está faltando también parecer (como esa frase de la mujer del César…) Porque, nos guste o no, en política el parecer también gobierna.
Es en ese terreno donde anidan las narrativas que terminan construyendo realidades, credibilidad y legitimidad. Si algo aprendimos en 20 años de MAS es precisamente eso. La economía es lo primero, sin duda, pero la crisis de confianza no es menor, y habrá que enfrentarla con la misma eficacia, seriedad y celeridad. En ese plano, los símbolos y las actitudes cuentan como lingotes de oro en el Banco Central.
Rodrigo Paz se traslada en un día de un escenario carnavalero a otro y, en redes, comienza a crecer –no sin razón– la crítica sobre el uso, al menos indebido, del avión presidencial y la gasolina que consume. No faltan las comparaciones odiosas: “Igualito que Evo y el pillo del Tilín”. El tema se ha vuelto tendencia en los últimos días.
Las actitudes poco medidas, en un país de alta sensibilidad y propenso a la desilusión, son riesgosas. Abren paso a narrativas adversas que, como gota persistente, terminará erosionando la credibilidad presidencial.
Cada imagen festiva reaviva la sospecha sobre el uso de recursos estatales y sobre el tiempo dedicado a la celebración, mientras el caso “narcomaletas” sigue sin despejarse.
La gran crisis económica parece, al menos en algunos indicadores, encaminarse hacia cierta estabilización. Sin embargo, la crisis de valores inquieta. ¿Cuán permeadas están las estructuras institucionales? No es una pregunta solo penal; es, sobre todo, política y ética.
En apenas 100 días de gestión ya se han encendido alertas. El caso “narcomaletas”, los rumores de tráfico de influencias en la designación de cargos clave, denuncias que involucran a funcionarios de YPFB y el todavía poco esclarecido caso de presunta corrupción en el Senasag. Eso es solo lo que se sabe. Lo demás circula como rumor, y el rumor, en contextos de desconfianza, suele pesar más que la prueba.
La imagen presidencial, asociada más a celebraciones que a la dureza de reconstruir un país, alimenta esa mirada crítica. Y ahí puede abrirse un vacío tan profundo que podría abrir la puerta nuevamente a un proyecto socialista–populista, sea del MAS o de cualquier otra fuerza con narrativa similar.
Cuando la ciudadanía pierde confianza en la integridad de los nuevos líderes porque no los ven tan “nuevos” suele mirar al pasado, incluso a uno que ya demostró sus límites.
El péndulo político se mueve más por hartazgo que por convicción ideológica. Y, en ese escenario, lo poco de legitimidad y sinceridad que haya logrado consolidarse puede evaporarse con rapidez, demostrándonos que Celia se había equivocado y la vida no es un Carnaval.