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Política | 05/02/2026   06:54

|DIÁLOGOS AL CAFÉ|Valoración del 52|

El 52 dejó una sociedad más inclusiva y mestiza, pero también una cultura política tensionada entre democracia y autoritarismo; redistribuyó recursos pero afectó la propiedad y frenó el desarrollo productivo. Comprender esa ambivalencia es fundamental para enfrentar los desafíos democráticos.

Victor Paz Estenssoro en un discurso ante una concentración en la Plaza San Francisco de la ciudad de La Paz, después de la Revolución de 1952. Foto RRSS. Archivo.
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Brújula Digital|05|02|26|

Diálogos al café

A más de siete décadas de la Revolución de 1952, Bolivia sigue dialogando –consciente o inconscientemente– con ese momento que reconfiguró el poder, la sociedad y el imaginario político. En un momento marcado por el desgaste del estatismo, la fragilidad institucional y los dilemas democráticos, volver al 52 no es un ejercicio histórico sino una necesidad.

Por ello, Diálogos al Café Marcos Escudero convocó a Carlos Toranzo, Ricardo Calla e Iván Velásquez a un intercambio basado en el libro colectivo dedicado a analizar “Las huellas de la Revolución de 1952”. En el diálogo, propusieron lecturas complementarias y tensas –desde la ideología del nacionalismo revolucionario hasta el mestizaje, la democracia, el autoritarismo y el estatismo– orientadas a entender por qué el 52 sigue siendo clave para entender la Bolivia actual.

El ADN del 52

Carlos Toranzo planteó que la Revolución de 1952 es el hecho político y social más decisivo del siglo XX boliviano, no solo por sus medidas estructurales, sino por haber instalado un ADN nacionalista revolucionario que sigue moldeando la conducta política del país. Según su lectura, ideas como la nacionalización de los recursos naturales, el antiimperialismo, el hiperpresidencialismo, la política entendida como movilización antes que como institucionalidad partidaria, y el rol central del caudillo, se originan o se consolidan en ese proceso.

Toranzo subrayó que el nacionalismo revolucionario debe entenderse en estrecha relación con el mestizaje. La revolución no negó lo indígena, pero lo planteó como parte de una identidad mestiza compleja, urbana y popular, que permitió la emergencia de nuevos sujetos sociales. En esta clave, el 52 fue un proyecto de unificación nacional, orientado a incorporar a los sectores populares al Estado y a la vida política.

Ricardo Calla coincidió en que el mestizaje fue una noción central en el arranque del proceso revolucionario, pero advirtió que, con el paso del tiempo, tanto el mestizaje como la reflexión sobre la etnicidad fueron desplazados por una lectura cada vez más clasista de la sociedad boliviana. Desde su perspectiva, la Revolución de 1952 terminó privilegiando una comprensión reductiva del país, propia de su época, en la que lo étnico quedó subordinado a la lógica de clases.

Una herencia ambivalente

Uno de los ejes más debatidos fue la relación entre la Revolución de 1952 y la democracia. Toranzo reconoció el carácter transformador del voto universal, pero sostuvo que el 52 no construyó una democracia de ciudadanos, sino una democracia corporativa, basada en la representación de obreros, campesinos y militares como bloques de poder. Esta lógica, afirmó, sentó las bases de un Estado corporativo con rasgos autoritarios, donde el clientelismo, el prebendalismo y el caudillismo se volvieron prácticas habituales.

Calla matizó esta lectura señalando que, desde el presente, es inevitable releer el pasado a la luz de experiencias autoritarias posteriores. Si bien reconoció que el 52 contiene impulsos autoritarios, destacó que también instaló un imaginario democrático duradero, especialmente a través del voto universal, que permanece como uno de sus legados más importantes.

En este bloque, comentarios críticos provenientes de la audiencia enfatizaron que la revolución no logró formar una cultura democrática liberal, entendida como respeto al Estado de derecho, a las libertades individuales, a la institucionalidad y a los derechos del otro. La inclusión social promovida por el 52 convivió, desde sus orígenes, con prácticas políticas autoritarias.

Costos y beneficios del proceso

La discusión avanzó hacia una evaluación más directa de los costos y beneficios de las principales reformas del 52. En consonancia con los análisis recogidos en el libro, los panelistas coincidieron en que la nacionalización de las minas, la reforma agraria y la reforma educativa fueron pilares del proyecto revolucionario, pero también sus principales problemas tanto en las prácticas políticas ya mencionadas como por los bajos resultados económicos y productivos.

Se recordó que la nacionalización derivó en procesos de desinstitucionalización y pérdida de eficiencia y productividad, mientras que la reforma agraria, aunque decisiva para desmontar el pongueaje y reconocer derechos, tuvo altos costos económicos. Calla introdujo además una reflexión autocrítica sobre el estatismo como herencia del 52, diferenciándolo de la idea romántica de nacionalización y subrayando los riesgos de un Estado que asume el control directo de la economía sin capacidades institucionales adecuadas.

Los aportes de la audiencia plantearon que la revolución cambió a los administradores del poder, pero generó una burocratización que limitó la construcción de una economía dinámica, reduciendo el ritmo del desarrollo.

Consideraciones generales

El conversatorio concluyó destacando que la Revolución de 1952 sigue siendo una clave interpretativa indispensable para comprender la Bolivia contemporánea. Los panelistas coincidieron en que sus huellas atraviesan procesos posteriores, incluido el ciclo del MAS, aunque con diferencias sustantivas entre el nacionalismo revolucionario integrador del 52 y expresiones posteriores de fragmentación política y divisiones conflictivas.

Lejos de sacralizar o negar el proceso, el diálogo reafirmó la necesidad de repensar críticamente el pasado para proyectar el futuro. El 52 dejó una sociedad más inclusiva y mestiza, pero también una cultura política tensionada entre democracia y autoritarismo, redistribuyó recursos pero afectó la propiedad y frenó el desarrollo productivo. Comprender esa ambivalencia –coincidieron los oradores– es fundamental para enfrentar los desafíos democráticos que Bolivia tiene por delante.



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