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Política | 04/02/2026   00:25

|OPINIÓN|Trump precipita el fin de la hegemonía norteamericana|Roberto Emilio Finot|

En el declarado propósito de reponer a “Bolivia en el mundo y al mundo en Bolivia”, la opción de la sumisión y la obsecuencia, con cualquier opción, en términos similares a los asumidos durante los últimos veinte años, no es opción.

El presidente de EEUU, Donald Trump, en el Foro de Davos. Foto EFE. Archivo.
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Brújula Digital|04|02|26|

Roberto Emilio Finot

En la última versión del Foro Occidental, que se celebra anualmente en Davos, el mundo fue testigo del consentimiento de los mayores extremos a los que la administración de Trump se ha permitido llegar.

En medio de sus reiteradas amenazas a todos sus socios y del retiro de su país de los foros y compromisos internacionales ligados al cambio climático, la paz y la democracia, reafirmó su desdén por la Organización de las Naciones Unidas mediante su propuesta de sustituirla, en la práctica, por un “Consejo de Paz” bajo su tutela, mientras se mantiene como promotor y sustento de conflictos en Europa, Medio Oriente, Asia y también ahora en el Hemisferio Occidental, que no solamente amenazan la paz, sino también con poner fin a la humanidad en su conjunto.

Se hace cada vez más evidente el deterioro de la credibilidad del denominado Estado Profundo, que, bajo el sustento del Complejo Militar Industrial como pilar fundamental de la economía norteamericana, impuso su indiscutible poder hegemónico durante los últimos ochenta años.

Para llegar a comprender ese deterioro, es preciso reconocer que este no coincide solamente con el desmedido protagonismo asumido actualmente por Donald Trump durante el primer año de su segundo mandato, período en el cual viene demostrando que se ha propuesto precipitar el fin de la exclusiva hegemonía norteamericana, alcanzada después de décadas de esfuerzos marcados por un hito de la mayor relevancia con la disolución de la URSS hace ya largos 35 años.

A partir de ese trascendental acontecimiento, el mismo que llegó a ser identificado como un afortunado desenlace y hasta como “el fin de la historia”, en lugar de generar la consolidación de las bases en las que se sustentó la hegemonía norteamericana, mediante la reafirmación de los principios, valores y mecanismos consagrados en la constitución de la Organización de las Naciones Unidas, se optó por la reinvención de un renovado “enemigo” que permitiera no solamente sostener, sino también profundizar, los objetivos y alcances económicos y políticos perseguidos por el Complejo Militar Industrial norteamericano.

El “éxito” alcanzado con la disolución de Yugoslavia y su balcanización se constituyó en el camino a seguir con la Federación Rusa, el país de Europa del Este y el norte de Asia, considerado demasiado grande al abarcar once zonas horarias y compartir fronteras terrestres con catorce países.

Las consecuencias de inestabilidad económica, política y social en las que se vio envuelta Rusia inmediatamente después de la disolución de la URSS alentaron la posibilidad de que se pudiera alcanzar ese espurio objetivo.

El consentimiento implícito y explícito de los sucesivos líderes europeos con ese propósito, indudablemente no declarado, pero subrepticiamente asumido, se vio inequívocamente reflejado en la expansión de la OTAN, en lugar de determinar su disolución en reciprocidad y consecuencia con la disolución del Pacto de Varsovia. 

Ese Tratado de Amistad, Cooperación y Asistencia Mutua, constituido expresamente por los países que formaban parte de la URSS en contraposición a la OTAN, se mantuvo vigente hasta el fin de la Guerra Fría; fin que se llegó a concretar, precisamente, con la inicial disolución del indicado Pacto de Varsovia el 1 de julio de 1991 y la posterior disolución también de la URSS el 25 de diciembre de ese mismo año.

Las consecuencias generadas por esa opción, además de la guerra que se mantiene en Ucrania, han determinado el principio del fin del envidiable estado de bienestar y paz alcanzado en los países de la actual Unión Europea. 

La prioridad impuesta a sus actuales 27 países miembros ha sido la inversión de sus prioridades en educación, salud y bienestar social a favor del rearme y la desproporcionada asignación del 5 % de sus respectivos productos nacionales brutos a ese propósito, con el compromiso adicional de destinar lo sustancial de esos recursos a la compra de armas producidas por el Complejo Militar Industrial norteamericano.

Consumado el proceso de sumisión de los Estados de la Unión Europea a las determinaciones y la voluntad de Trump, este ha dispuesto la renovación de la denominada Doctrina Monroe, ahora conocida bajo el término Domroe, en los términos recogidos en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, en la que se resuelve asignar prioridad a América Latina y el Caribe para el cumplimiento de sus objetivos de seguridad económica y disuasión militar, además de redefinir el Hemisferio Occidental como zona de influencia crítica para contrarrestar la actual, pero irreversible, influencia que viene consolidando China en un número cada vez más significativo y relevante de países latinoamericanos.

La intervención en Venezuela y las declaradas pretensiones sobre Groenlandia se inscriben en ese nuevo ámbito y ciernen similares amenazas o consecuencias sobre todos los dignatarios de los países del Hemisferio que se nieguen a someterse a los designios o caprichos de Trump.

La suerte está echada. El desafío, ahora, concretamente para el caso de nuestro país y para el del conjunto de nuestros países, es desestimar la opción de la sumisión y la obsecuencia y optar por la reafirmación y profundización de relaciones equitativas y de beneficios mutuos no solamente con Estados Unidos, sino también, y en primera instancia, con absolutamente todos los países vecinos, así como, concretamente, con China, Japón y Rusia, al igual que con determinados países europeos como Alemania y España, más allá de los vínculos que se puedan mantener y profundizar con la Unión Europea.

Antes de concluir, parece pertinente recordar la frase atribuida a Henry Kissinger de que “ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su amigo es fatal”, concepto con el que, indudablemente, debe coincidir más de uno de los actuales “líderes europeos”, al igual que algún político latinoamericano, tanto del pasado como del presente.

No obstante, se debe tener muy en cuenta que, pese al fin de la exclusiva hegemonía de Estados Unidos, este país seguirá manteniendo un rol preponderante en el escenario internacional multipolar que se viene gestando a un ritmo cada vez más acelerado y, en ese ámbito, no se debería desdeñar el vínculo que Bolivia tiene establecido con los BRICS, tal como lo hizo Milei, argumentando razones ideológicas que resultaron insostenibles y que lo obligaron a mantener los vínculos que Argentina tiene establecidos tanto con China como con Brasil.

El tema con el que concluimos este artículo seguramente fue abordado por el canciller brasileño en su reciente encuentro con su similar boliviano y también debió haber sido inscrito en el diálogo que los presidentes Lula y Paz Pereira concretaron en Panamá.

En el declarado propósito de reponer a “Bolivia en el mundo y al mundo en Bolivia”, la opción de la sumisión y la obsecuencia, con cualquier opción, en términos similares a los asumidos durante los últimos veinte años, no es opción.

Roberto Emilio Finot es analista político con amplia trayectoria en el servicio exterior boliviano



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