Cuando la potencia que escribió las reglas decide que ya no cree en ellas, no estamos ante un cambio de ciclo; estamos ante un acto de autodestrucción.
Brújula Digital|29|01|26|
Horacio Calvo
Ningún imperio cae por sorpresa: primero se convence de que puede prescindir de las reglas que lo hicieron fuerte.
Durante años, el Foro de Davos se presentó como el cerebro de la globalización: el lugar donde se afinaban consensos, se trazaban rutas tecnológicas y se proclamaba que la interdependencia económica haría la guerra obsoleta. Pero, si uno mira con frialdad el estado actual del sistema internacional, el problema ya no es la desconexión de las élites. Es algo más grave: la principal potencia del orden que ellas diseñaron parece decidida a dinamitarlo.
El verdadero suicidio geopolítico no se está gestando en los Alpes suizos. Está ocurriendo en Washington.
Estados Unidos fue el arquitecto del mundo posterior a 1945: instituciones multilaterales, comercio abierto, alianzas militares estables, reglas previsibles, dólar como ancla financiera. No era altruismo, era estrategia. Crear un orden significaba convertir su poder en estructura. Cuando las reglas son tuyas, el sistema juega a tu favor. Ese fue el genio norteamericano: hegemonía con legitimidad.
Hoy, ese mismo país parece empeñado en desandar esa lógica. En lugar de ejercer su primacía, la está erosionando voluntariamente.
El giro es evidente en tres frentes.
Primero, el abandono del multilateralismo como instrumento de poder. Washington pasa de liderar instituciones a despreciarlas cuando no producen resultados inmediatos. Acuerdos comerciales cancelados, organismos paralizados, compromisos climáticos que dependen del ciclo electoral. El mensaje al mundo es simple: la palabra estadounidense ya no es predecible. Y en geopolítica, la imprevisibilidad no proyecta fuerza, proyecta riesgo.
Segundo, la militarización de la economía. Sanciones financieras masivas, “weaponización” del dólar, controles tecnológicos extraterritoriales. Estas herramientas pueden ser eficaces a corto plazo, pero tienen un costo estratégico: incentivan a otros actores a construir alternativas. Cada sanción indiscriminada acelera la búsqueda de sistemas de pago paralelos, monedas locales, bloques comerciales autónomos. Estados Unidos, sin querer, está enseñando al mundo a vivir sin Estados Unidos.
Tercero, la fractura interna. Ninguna superpotencia puede sostener liderazgo externo con guerra civil cultural doméstica. Polarización extrema, instituciones bloqueadas, desconfianza electoral, violencia política latente. La política exterior deja de ser estrategia de Estado y se convierte en péndulo partidista. Aliados y rivales observan lo mismo: un país incapaz de garantizar continuidad.
Una hegemonía que rota cada cuatro años no es hegemonía, es volatilidad. Y aquí es donde Davos se vuelve irrelevante. Mientras ejecutivos discuten transición energética o inteligencia artificial, la potencia que sostenía el marco de estabilidad global se repliega hacia una lógica casi mercantilista: tarifas, subsidios proteccionistas, relocalización forzada, desconfianza sistémica hacia el comercio. El campeón histórico de la apertura adopta el lenguaje del cierre.
La paradoja es brutal. Estados Unidos ganó el siglo XX promoviendo integración. En el XXI, cree que puede conservar liderazgo levantando barreras. No puede. Y no puede porque el poder contemporáneo no se mide solo por capacidad coercitiva, sino por centralidad. Quien está en el centro de las redes financieras, tecnológicas y normativas fija las reglas. Si te autoexcluyes o te vuelves imprevisible, otros ocupan el espacio. China no necesita derrotar a Estados Unidos: le basta con esperar mientras este se aísla y desgasta su credibilidad.
Eso es el suicidio geopolítico: no una derrota impuesta, sino una erosión autoinfligida. Roma cayó más por decadencia interna que por invasiones externas. Gran Bretaña perdió su imperio cuando ya no podía sostener los costos políticos y sociales del liderazgo. Las potencias rara vez son destronadas. Se cansan, se dividen o se equivocan: Estados Unidos hoy combina las tres.
El drama es que el resto del mundo no tiene un sustituto claro. La retirada estadounidense no produce un orden alternativo, sino fragmentación: bloques regionales, competencia tecnológica, zonas grises, conflictos localizados. Menos reglas, más fricción. Menos previsibilidad, más cálculo de fuerza.
En ese contexto, Davos se vuelve casi decorativo. Puede producir diagnósticos sofisticados, pero no puede reemplazar la voluntad estratégica de la potencia que creó el tablero.
La lección es incómoda: el mayor riesgo para el orden liberal no es China ni Rusia ni el Sur Global; es la pérdida de fe de Estados Unidos en su propio proyecto histórico. Cuando la potencia que escribió las reglas decide que ya no cree en ellas, no estamos ante un cambio de ciclo; estamos ante un acto de autodestrucción.
Y ningún foro en la nieve puede impedirlo.