La lección es tan incómoda como real: cuando las instituciones fallan, el justiciero se vuelve tentación. Puede ser contradictorio con el derecho internacional, puede indignar a los puristas, pero si logra lo que durante años pareció imposible, se convierte –para millones– en una forma de justicia.
Brújula Digital|24|01|2025|
Marco Agramont
En The Dark Knight (2008) hay una escena que con los años dejó de ser puro cine y empezó a parecer una clase acelerada de política internacional.
Un banquero mafioso, refugiado en Hong Kong, se ríe de la justicia estadounidense desde la comodidad de una frontera. Cree que la soberanía es una muralla, que el sello de un pasaporte es una absolución y que los mapas son barrotes de acero.
Y entonces aparece Batman: entra, lo captura, lo extrae y lo entrega al otro lado del mundo como si la geografía fuera un trámite y los tratados una cortesía.
El espectador no abre un manual de derecho internacional: aplaude. Porque lo que late en esa escena –y en el corazón del público– no es la obsesión por la forma, sino una pulsión antigua, feroz, casi infantil: cuando el sistema tarda, alguien quiere un justiciero.
Enero de 2026 nos devolvió, sin música épica y con costo real, esa misma escena. Una operación estadounidense en Venezuela terminó con Nicolás Maduro capturado y con el mundo partido en dos mitades que ya no se escuchan: los que hablaron de “ilegalidad e imprudencia” y los que, sin tratados ni tecnicismos, sintieron una palabra casi olvidada en nuestra región: justicia.
Porque la política internacional cambió de humor y de método; se agotó la diplomacia de comunicados correctos y condenas de terciopelo, incapaz de mover una piedra frente a sociedades hartas de ver intocables eternos. Y los números lo confirman con frialdad: Reuters/Ipsos registró a Estados Unidos dividido en tercios (33% a favor, 34% en contra, 32% indeciso), pero con un dato que desnuda el nervio de la época: 72% teme que Washington se involucre “demasiado”, como si incluso el aplauso ya trajera escondido el vértigo del precedente.
Y sin embargo –y esto también hay que decirlo– la captura fue eficaz en el único terreno donde los pueblos exhaustos todavía reaccionan con fe: el simbólico.
Durante años, Maduro no fue solo un presidente cuestionado; fue el rostro de una tragedia larga, la máscara de un derrumbe que parecía incurable.
Verlo fuera del escenario, aunque fuese por una vía polémica, encendió en millones esa sensación primaria de alivio: por fin algo se movió. Pero Venezuela no se cura con la caída de un hombre; se cura, si acaso, con el cambio de reglas. Y lo primero que apareció fue la continuidad: Delcy Rodríguez asumió como Presidenta interina y el chavismo, sin mudar de piel, intentó demostrar que aún respira.
No hubo cambio de régimen, hubo cambio de figura, y aun así el clima puede sentirse menos asfixiante por simple contraste. Pero ese “mejor” es relativo, porque lo verdaderamente difícil empieza después: construir seguridad física para que la vida deje de ser huida, y seguridad jurídica para que el país vuelva a ser confiable, con reglas estables, jueces creíbles y contratos que no se quemen al primer capricho del poder.
La economía no renace con discursos sino con confianza, y la confianza solo se fabrica con instituciones que resistan.
Ahí está el punto que separa el golpe espectacular de la transformación verdadera: Venezuela no necesita una “democracia” de utilería, sino una democracia creíble. Una democracia que no se sostenga en el aplauso sino en el voto; no en el relato, sino en la ley; no en la propaganda, sino en la posibilidad real de alternancia.
Creíble significa algo brutalmente concreto: elecciones que no den vergüenza, un árbitro que no sea decorado, libertades que no dependan del humor del poder y un Estado que deje de ser botín. Sin esa credibilidad, el petróleo será promesa perpetua y el país seguirá oscilando entre la oportunidad para unos pocos y la ruina para la mayoría.
Por eso Delcy gobierna en una rareza histórica: continuidad interna, sí, pero condicionada por un orden externo que manda sin proclamarse. Miraflores administra con el ojo puesto en quien movió el tablero, como si hubiera –más allá de las formas– un rey y un virrey vigilando la partida, y Caracas supiera que el aire, la economía y el margen de maniobra ya no dependen solo de su voluntad, sino de un equilibrio que se negocia cada día. En política, la soberanía suele ser un discurso; la dependencia, en cambio, es un hecho.
En medio de ese terremoto simbólico, María Corina Machado –al entregar a Trump una medalla del Nobel como gesto político– recordó una verdad incómoda de este tiempo: los símbolos ya no son homenajes, son contratos.
No hay decisión que no busque convertirse en imagen, no hay imagen que no aspire a convertirse en poder. En el siglo XXI se gobierna también con fotos: una medalla puede pesar más que un programa de gobierno cuando lo que está en juego es quién encarna el “nuevo orden”.
Y como toda historia de poder necesita un eco histórico, reapareció Groenlandia, y con ella el recordatorio de que el mapa no siempre fue sagrado.
En 1917, Estados Unidos compró a Dinamarca las entonces Indias Occidentales Danesas –hoy Islas Vírgenes estadounidenses– por $us 25 millones en oro. Es un dato frío, irrebatible: hubo un tiempo en que las islas se compraban como se compra una hacienda. Y aunque hoy la forma sea distinta, el instinto de época asoma: el poder vuelve a hablar un idioma directo, y el mundo, cansado de discursos, parece dispuesto a escuchar ese idioma.
En ese contexto aparecieron “las viudas”: no tanto de Maduro como del viejo ritual diplomático, esa liturgia internacional que sirve para indignarse sin hacer nada y, de paso, conservar el prestigio intacto.
Viudas de oficio, de privilegio y hasta de contrato, capaces de llorar con la misma soltura con que ayer firmaban cheques, como si el dolor también tuviera tarifa, recibo y horario. Incluso se dejó ver por ahí algún ex presidente del Tribunal Supremo Electoral –antes llamado así, con toda la solemnidad de la época– derramando indignación como quien derrama perfume: sin pudor, sin matices, sin memoria.
Hubo sermones de soberanía y escándalo cuidadosamente ensayado, y ese eco llegó –como era inevitable– hasta Bolivia, donde los temblores ajenos se sienten como si vinieran por la misma pared.
Aquí unos vieron justicia y otros peligro, pero lo más elocuente no fue el debate, sino el miedo: esa sustancia invisible que ordena silencios. El portador del dengue, fiel a su instinto de supervivencia, eligió el arte de la retirada: apagó el micrófono y se replegó en su laberinto. No por biología –que sería excusa– sino por cálculo.
Porque cuando el mundo cambia de temperatura, los que ayer gritaban “patria o muerte” se vuelven, en los hechos, los primeros sacerdotes del temor: predican valentía, pero practican cobardía; recitan épica, pero ejercen instinto.
Y mientras las viudas de la indignación lloraban en público, la viuda verdadera, Delcy, ya había terminado el luto. Miraflores no se quedó sin dueño: solo cambió de amo. Y obedecer –como siempre– volvió a ser la forma más pragmática de gobierno.
La lección es tan incómoda como real: cuando las instituciones fallan, el justiciero se vuelve tentación. Puede ser contradictorio con el derecho internacional, puede indignar a los puristas, pero si logra lo que durante años pareció imposible, se convierte –para millones– en una forma de justicia. Y ese es el dilema del nuevo orden: la gente aplaude la eficacia, aunque presienta el precedente.
Venezuela hoy está mejor que ayer en una cosa concreta: Maduro ya no está. Pero todavía no está bien. Falta lo más difícil: pasar de la operación al Estado, del golpe simbólico a la normalidad institucional; del héroe a las reglas, del aplauso del momento a la construcción paciente de una democracia que el mundo pueda creer, invertir, respetar y acompañar sin sospecha.
Porque capturar al villano puede ser una escena perfecta.
Pero reconstruir un país es una novela larga.
Y el verdadero final, como siempre, no lo dicta la fuerza: lo dicta el tiempo.
Marco Agramont es analista de asuntos políticos.