Las teorías de violencia y conflicto de Kalyvas nos recuerdan que la violencia política no es un desbordamiento irracional, sino un proceso complejo y racionalizado que tiende a reproducir ciclos de represión y fragmentación sin soluciones.
Brújula Digital|20|01|2026|
Franco Gamboa
Las violentas protestas en Irán y la represión brutal de los ayatolas se han expandido masivamente con demandas económicas, sociales y políticas, generando miles de muertos y la criminalización sistemática de los manifestantes. Aunque las movilizaciones expresan un deseo profundo de transformación democrática, varios “obstáculos estructurales” dificultan que estas protestas generen una solución duradera y democratizadora.
Una de las claves explicativas radica en la teoría del politólogo griego Stathis Kalyvas, para quien la violencia no es un fenómeno caótico ni irracional, sino que sigue dinámicas estratégicas, ligadas al control territorial y a los incentivos de los actores políticos y civiles.
En el caso iraní, el Estado mantiene un monopolio casi absoluto sobre los instrumentos coercitivos: fuerzas del orden, Guardia Revolucionaria, inteligencia militar y aparatos de seguridad que emplean violencia indiscriminada para suprimir la disidencia, con el objetivo explícito de neutralizar cualquier desafío político serio.
Este uso de la violencia estatal no sólo reprime las protestas, sino que desarticula la organización civil, disolviendo redes de movilización y desgastando el tejido social necesario para construir fuerzas democráticas cohesionadas. La violencia estatal se convierte en un impuesto estratégico para prolongar el régimen, no en una anomalía desbordada por el conflicto.
Las protestas en Irán incluyen un espectro amplio de demandas y grupos sociales, desde sectores económicos urbanos afectados por la crisis, hasta jóvenes, mujeres y minorías étnicas. Sin embargo, no existe una dirección unificada capaz de articularlas en una alternativa política viable. Los intentos de organizar coaliciones opositoras, incluso entre figuras prominentes de la diáspora, han fracasado por tensiones ideológicas, estratégicas y problemas de confianza.
Esta fragmentación debilita la capacidad de construir un discurso y estrategia comunes, obstaculizando las negociaciones con el Estado y bloqueando el apoyo de algunas partes del aparato estatal, que podrían inclinar la balanza hacia una transición pacífica.
Desde la perspectiva de Kalyvas, los conflictos y protestas no siguen un único eje de acción, sino que emergen de interacciones complejas entre múltiples actores locales y nacionales. La ausencia de una lógica de organización colectivamente compartida, hace más probable que la violencia se perpetúe, sin conducir a una institucionalización democrática.
Si la violencia estatal puede ser más efectiva para fragmentar y confundir a los oponentes, aislando selectivamente a los opositores reales o eventuales, entonces se entiende mejor por qué el régimen emplea tanto la violencia indiscriminada como la selectiva y por qué no cede ante las demandas democráticas.
Una solución democratizadora requiere, en teoría, que el aparato de seguridad se divida o se desmantele desde adentro. Sin embargo, el control estrecho que el régimen mantiene sobre las fuerzas armadas y los grupos paramilitares, reduce dramáticamente la probabilidad de defectos significativos hacia la oposición. Esto, en lugar de facilitar la democratización, profundiza el ciclo de represión y miedo.
La transición democrática sostenible exige una sociedad civil organizada |partidos políticos, sindicatos, una prensa independiente, organizaciones comunitarias que puedan construir consensos amplios y mediar la articulación de demandas. Pero en Irán, décadas de represión han erosionado estas instituciones y el vacío institucional se traduce en la falta de canales legítimos para canalizar demandas dentro del sistema político existente.
Esta ausencia institucional también implica que gran parte de la violencia y la protesta operan en un terreno de improvisación, lo cual puede agravar los conflictos porque otros actores no alineados formalmente con un proyecto común, podrían actuar de forma oportunista, incrementando la fragmentación y los ciclos de violencia, sin avanzar hacia una solución política estructurada.
El régimen iraní ha promovido discursos que atribuyen las protestas a “agentes extranjeros” desgastando la legitimidad interna de las demandas y reforzando el discurso de una crisis de seguridad nacional.
La instrumentalización de amenazas externas puede legitimar más represión interna y dificultar que los procesos de cambio democrático aparezcan como fuerzas genuinas, algo crucial para el éxito de las transiciones democráticas duraderas.
La percepción donde se supone que los cambios son impulsados desde el extranjero, puede polarizar más a las estructuras sociales internas y bloquear los puentes de confianza que son esenciales para una solución pacífica.
Estos obstáculos –violencia estratégica del Estado, fragmentación de la oposición, debilidad institucional y discurso dictatorial dominante— constituyen barreras profundas a una transición democrática sostenible.
Las teorías de violencia y conflicto de Kalyvas nos recuerdan que la violencia política no es un desbordamiento irracional, sino un proceso complejo y racionalizado que, sin contrapesos institucionales fuertes o rupturas internas en el poder del Estado, tiende a reproducir ciclos de represión y fragmentación sin soluciones estructurales.