Venezuela no es solo una crisis nacional, es el espejo de un nuevo orden hemisférico que ya no promete democracia, sino control. Y la pregunta que queda abierta no es si este modelo es moralmente aceptable, sino si es políticamente sostenible.
Brújula Digital|14|01|2026|
Hugo San Martín
La captura de Nicolás Maduro no abrió una transición democrática; abrió algo más incómodo y descarnado: el retorno explícito del poder duro como principio ordenador de América Latina.
Donald Trump no habló de democracia, de elecciones ni de reconstrucción institucional; dijo algo mucho más concreto: “Nosotros estamos a cargo”.
Con esa frase clausuró décadas de retórica diplomática y dejó al descubierto lo que durante años se practicó con eufemismos: Estados Unidos concibe a América Latina como un espacio de seguridad propio, una esfera de influencia en la que la estabilidad importa más que la legitimidad, y el control más que la forma.
Venezuela se convirtió así en el laboratorio de una nueva doctrina hemisférica que combina tres elementos: tutela política, disuasión tecnológica y demostración pública de superioridad.
En otras palabras, el petróleo es importante pero lo que realmente está en juego es el desplazamiento de las redes de influencia que las potencias extrahemisféricas han ido consolidando en el continente: China como socio económico estructural y comprador privilegiado de crudo y materias primas; Irán como proveedor de tecnología militar ligera, producción de drones y asesoramiento operativo a través de Hezbollah; y Rusia, como suministrador de armamento pesado, entrenamiento y soporte militar.
El objetivo de Estados Unidos es reconfigurar la presencia de estos actores en Latinoamérica e inhabilitar su capacidad de operar desde Venezuela como centro neurálgico de influencia y proyección estratégica.
Continuidad antes que democracia
La reacción de Washington tras la captura de Maduro confirma una lógica histórica que suele incomodar: las potencias no imponen de inmediato al líder más popular, sino al actor que reduce el riesgo de colapso. Por eso no hay entusiasmo en Washington por una transferencia inmediata hacia una oposición con mayor legitimidad social y vencedora de las últimas elecciones. Primero se preserva la cadena de mando, el control territorial y el funcionamiento mínimo del Estado. Después –si las condiciones lo permiten– vendrá la disputa democrática.
No es nuevo. Tras la muerte de Trujillo, en República Dominicana, Estados Unidos sostuvo a Joaquín Balaguer como figura de continuidad antes de permitir la llegada de Juan Bosch. La historia terminó demostrando que la legitimidad sin control efectivo del poder real no garantiza estabilidad. Venezuela parece recorrer un guion similar.
La disuasión del siglo XXI
Pero hay una diferencia clave con el pasado: la tecnología.
Los testimonios que circularon tras la operación en Venezuela –que mencionan a fuerzas neutralizadas sin bajas estadounidenses, colapsos físicos inmediatos, como sangrados nasales, imposibilidad de mantenerse en pie– no describen una batalla clásica; describen una demostración de disuasión tecnológica.
No se trata de matar, sino de incapacitar. No de ocultar, sino de mostrar. El mensaje no va dirigido solo al derrotado, sino a toda la región y al mundo: esto fue sin guerra, imaginen si lo fuera.
En términos estratégicos, se trata de una señalización calculada para quebrar voluntades, desalentar resistencias y acelerar negociaciones internas. La guerra que no se libra es la más barata y la más eficaz.
El hemisferio como prioridad
Esta lógica encaja con la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos: repliegue relativo del escenario global y concentración en el hemisferio occidental. El verdadero adversario no es Venezuela, Cuba ni México, es China. América Latina importa no por sí misma, sino porque es infraestructura, energía, minerales, puertos y rutas comerciales. Controlar el entorno inmediato es la condición para competir en el mundo.
Por eso el lenguaje de valores fue reemplazado por el de premios y castigos. No hay socios estratégicos; hay gobiernos funcionales y gobiernos problemáticos. La democracia dejó de ser condición, la obediencia geopolítica pasó a ser el criterio.
El riesgo de confundir la fase con el destino
Esta doctrina puede ser eficaz en el corto plazo. Reduce incertidumbre, disciplina actores y ordena el tablero, pero conlleva un riesgo central: confundir la fase de contención con el destino final. La estabilidad impuesta no es gobernabilidad sostenible, la disuasión tecnológica no reemplaza legitimidad y el control sin consenso genera dependencia, resentimiento y, tarde o temprano, reacción.
Trump ha quitado los disfraces al poder estadounidense en América Latina. Eso tiene una virtud porque obliga a la región a pensar con realismo, pero, al mismo tiempo, deja la advertencia de que cuando el orden se sostiene solo en el miedo, basta que éste cambie de bando para que todo vuelva a moverse.
Venezuela no es solo una crisis nacional, es el espejo de un nuevo orden hemisférico que ya no promete democracia, sino control. Y la pregunta que queda abierta no es si este modelo es moralmente aceptable, sino si es políticamente sostenible.
Hugo San Martin Arzabe es abogado, máster en ciencias políticas y máster en estudios estratégicos y seguridad internacional.