“Cuando utilizan tácticas coercitivas” el resultado “es perjudicial para los trabajadores y la economía en general”. ¿Qué dicen los señores de la COB, la Fsutmb y afines; los del MAS y los de los partidos socialistas y socialdemócratas?
Brújula Digital|12|01|2026|
Gonzalo Flores
En la conquista de la pobreza, el gran Henry Hazlitt examinó cuidadosamente las políticas dirigidas a erradicar la pobreza, y mostró claramente cuán equivocadas estaban. De particular valor es el capítulo dedicado a mostrar los efectos perniciosos del sindicalismo sobre los salarios de los trabajadores y la economía. Hazlitt parecería haber escrito para Bolivia. Extraigo algunas ideas esenciales:
Henry Hazlitt comienza señalando que existe un mito generalizado –tanto entre el público como entre muchos economistas– respecto a que los sindicatos han sido instituciones beneficiosas que han elevado los salarios reales de los trabajadores más allá de lo que habrían sido sin su intervención.
Rechaza esta idea y afirma que, en conjunto, “los sindicatos no pueden aumentar los salarios reales de todos los trabajadores”. Más aún, sostiene que “las políticas sindicales han reducido el nivel general de salarios reales respecto de lo que hubieran sido en un mercado libre”, actuando, paradójicamente, “como una fuerza anti-laboral”.
Para entender esto, Hazlitt explica que “los salarios son precios” determinados por la oferta y la demanda de trabajo, como cualquier otro precio en la economía. La demanda de trabajo depende de la “productividad marginal” del trabajo: los empleadores pagarán hasta el punto donde el costo de contratar un trabajador adicional es igual al valor que aporta con su productividad (por ejemplo, si un nuevo trabajador hace que la producción mensual aumente en 1 tonelada y el valor de esa tonelada es de Bs 1.000), lo máximo que se le puede pagar es Bs 1.000).
Si los salarios suben por encima de ese punto, los empleadores reducen el número de trabajadores, porque contratar más se vuelve más costoso que los beneficios que generan. En un mercado competitivo, con movilidad de capital y trabajo, la tendencia sería al “pleno empleo” y los salarios tienden a igualar la productividad marginal de cada trabajador.
Hazlitt reconoce que “un sindicato puede lograr que los salarios monetarios de sus miembros suban por encima del nivel de mercado libre”, por ejemplo, mediante “huelgas o amenazas de huelga”. Sin embargo, esto se logra excluyendo a otros trabajadores del empleo, es decir, “impidiendo que trabajadores no sindicalizados tomen esos puestos”.
De ese modo, los “ganadores” sindicalizados ganan a costa de los “perdedores”: los desempleados y los trabajadores no sindicalizados que quedan fuera del mercado laboral o forzados a aceptar trabajos menos remunerados.
Por lo tanto, las “ganancias” salariales de los sindicatos no representan un incremento neto de salarios reales para todos, sino que son “una redistribución que perjudica a otros trabajadores”. El resultado es que “los sindicatos no pueden elevar el salario promedio de la masa de los trabajadores”; como mucho, lo distorsionan en favor de sus miembros.
Hazlitt señala varias consecuencias negativas de las políticas sindicales:
Incremento del desempleo: Al elevar los costos laborales por encima de la productividad marginal en determinadas industrias, las empresas contratan menos trabajadores, aumentando el desempleo.
Perjuicio al consumidor: Los salarios más altos en una industria elevan los costos de producción y, por ende, los precios para los consumidores, que en su mayoría son otros trabajadores. Esto reduce el salario real de la población laboral en su conjunto.
Antagonismo entre sindicatos: Cuando un sindicato logra un aumento salarial, este aumento, al elevar costos generales, termina perjudicando a los miembros de otros sindicatos que deben pagar precios más altos. Esto desmonta la idea de una “solidaridad laboral” universal.
Uso de la coacción: Las huelgas y amenazas suelen implicar “intimidación y coerción” no sólo contra los empleadores, sino directamente contra el público en general, como cuando se paralizan servicios esenciales (transporte, recolección de basuras, energía eléctrica, etcétera), afectando a trabajadores y familias.
Desaliento de la inversión: La repetida presión sindical puede “desalentar nuevas inversiones de capital” e innovaciones tecnológicas en las industrias afectadas, ya que los inversionistas evitan sectores con frecuentes conflictos laborales. Esto es muy importante en países cuya capacidad doméstica de inversión es limitada.
Prácticas ineficientes: los sindicatos introducen deliberadamente prácticas que reducen la eficiencia (como exigir más trabajadores de los necesarios u oponerse a mejoras tecnológicas) lo cual “reduce la productividad y, por ende, los salarios reales” que una economía podría sostener.
Hazlitt también señala que, si bien los sindicatos no causan directamente la inflación, bajo políticas económicas keynesianas sus demandas de salarios más altos pueden llevar a los bancos centrales a emitir más dinero para sostener esos salarios, impulsando así la inflación.
Esto tiende a disminuir el poder adquisitivo real de los trabajadores reforzando la ilusión de que los sindicatos aumentan salarios reales cuando, de hecho, aumentan los precios.
En conclusión, Hazlitt afirma que “la influencia neta de los sindicatos ha sido la de reducir la productividad, desalentar la formación de capital, distorsionar la estructura productiva y disminuir los salarios reales del conjunto de los trabajadores respecto a lo que serían en un mercado competitivo sin coacción sindical”. Si bien reconoce que los sindicatos podrían tener funciones legítimas –por ejemplo, negociar condiciones de trabajo como horarios o ambiente laboral–, sostiene que “cuando utilizan tácticas coercitivas” el resultado “es perjudicial para los trabajadores y la economía en general”.
¿Qué dicen los señores de la COB, la Fsutmb y afines; los del MAS y los de los partidos socialistas y socialdemócratas?