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Política | 10/01/2026   08:06

|OPINIÓN|El diálogo como concepto y como práctica|José Luis Aguirre|

Si vivimos en comunidad será porque el diálogo es y siempre será posible, y este, con su intrínseco proyecto transformador, será radicalmente opuesto a la usual práctica del monólogo.

Foto ABI. Archivo.
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Brújula Digital|10|01|2026|

José Luis Aguirre 

El concepto o noción del diálogo puede identificarse como el núcleo o base histórica de la construcción social y de la convivencia humana. El término diálogo como tal tiene recurrente presencia nominal  o se lo invoca en espacios de crisis, disolución, antagonismo o inviabilidad de entendimiento, tanto entre colectivos sociales, como también en situaciones interpersonales. 

Comúnmente se asume este concepto, el del diálogo, a partir de una lectura y percepción generalizada, la que gráficamente daría lugar a la experiencia de un intercambio entre sujetos, donde, normalmente, se alternan roles de ida y vuelta en procura de una ideal escucha mutua. 

El abordaje teórico del término diálogo muchas veces aparece simplificado creyendo que esta experiencia, que por su naturaleza es compleja, se reduce a una suerte de contacto bidireccional o de relación entre dos polos, situación que incluso fue metafóricamente ilustrada con el modelo comunicacional denominado telegráfico. O sea, una experiencia de ida y venida de argumentos o textos entre dos o más actores.  

Podemos decir que el diálogo,  por principio, es algo deseable, posible y hasta algo simple de conseguir; sin embargo, y aunque parezca contraproducente, se debe entender que el alcanzar la condición de diálogo es un proceso que exige condiciones de una pre-alimentación, de manejo, así como de continuidad y de una deseable permanencia. Estos momentos más sus respectivas cualidades harán en algún momento viable la existencia de una cultura del diálogo.

Para experimentar el diálogo entre los seres humanos se debe crear las condiciones o ambiente previo para el encuentro. Estas tienen que ver con elementos previos esenciales como la libre voluntad de las partes, la actitud de apertura para recibir el discurso del otro, y la predisposición al encuentro de espacios comunes, desarmando posturas comunes, como el tomar posicionamiento bélico o antagónico ante el otro que se anteponen a la construcción de lo común por una imagen ya anticipada de aniquilación de su interlocutor.

Por otro lado, en el durante, que debe ser siempre o deseablemente un encuentro presencial entre los dialogantes, se suman elementos propios del contacto cara a cara, se incorporan otros lenguajes que también suman y deben ser tomados muy en cuenta, como son los de la comunicación no verbal o paralingüística, donde también se habla más allá del lenguaje verbal desde el espacio de la relación, o sea el del estar cerca o lejos. Considerar además lo que media entre los sujetos y que crea distancias o proximidades  y ,sobre todo, el lenguaje del cuerpo, vale decir rostro, manos, señales y hasta el contacto que se dé a la altura de los ojos. 

Ahora, una vez abierto, el intercambio no se tratará de reponer el juego, y apariencia de diálogo, del dejar hablar pero no escuchar. La escucha es y será siempre la médula de la posibilidad de todo entendimiento. La práctica de la escucha activa, con todos los sentidos y hasta en una apertura total a la expresión del otro, resulta se la vía para un efectivo encuentro. 

Teóricamente se ha querido asemejar el alcance de este espacio de construcción de lo común, de ahí viene la noción básica de lo que es la comunicación humana –hacer o poner en común– a términos, que si bien son útiles resultan insuficientes para entender el contacto humano en su verdadera complejidad, como los de la retroalimentación o feedback e incluso la práctica de la empatía.

Estas nociones quedan cortas cuando lo que se exige no es impostar la cercanía con el otro sino entrar en la experiencia de una empatía integral la que demandará la comprensión de múltiples factores y elementos de potencialidad que harán posible el diálogo. Entonces cuenta considerar elementos de la experiencia cultural, socio histórica en relación a las condiciones del ser del otro más su misma experiencia comunicativa y de la misma práctica del diálogo, alimentadas previa y hasta generacionalmente. Nadie se lanza al diálogo, por ejemplo, cuando su historia ha estado marcada por un silenciamiento históricamente impuesto.  

¿Qué se puede decir entonces que es el diálogo entre seres humanos? Pues, el diálogo será la experiencia voluntaria, activa y de expresión por distintos canales, verbales y no verbales, para viabilizar el discurso de los interactuantes, de tal modo que se encuentren espacios de interés común, los que fortalecidos por la mirada y aporte de los dialogantes posibiliten su entendimiento, sabiendo inevitablemente que este, por las mismas condiciones humanas, será algo transitorio.

Esto quiere decir que no se dialoga para un entendimiento ni una comprensión absoluta o eterna, no; los seres humanos encontramos situaciones de intertexto y entendimiento común en determinados puntos y, a su vez, dejamos sin resolver otros espacios de nuestra narrativa que mantendrán viva aquella condición de necesaria tensión y lucha; no en el sentido de anulación del otro, sino de fuerza vital o empuje al diálogo, que más adelante serán motivo para nuevos encuentros.  

El producto de la experiencia dialógica, por otro lado, trasciende sobre la condición humana del intercambio de textos entre los sujetos que interactúan, pues será desde lo común que se activa el sentido primordial de la comunicación humana, cual será el tomar acción sobre la misma realidad o sea sobre el marco que nos envuelve. Pues no hay comunicación sin su necesaria dimensión de acción sobre el ser, y los seres descubiertos por el diálogo, y desde ellos sobre el mundo, todo gracias a la voluntad de diálogo entre seres que necesaria y existencialmente son y serán distintos. 

El diálogo, visto desde una dimensión trascendente solo es y será posible desde el encuentro entre condiciones de diversidad humana, pues nadie dialoga desde la igualdad o la absoluta semejanza, condiciones muy improbables, sino se lo hace desde la diversidad que se constituye en motor y razón de la búsqueda permanente de encuentro y diálogo con el otro y los otros, tan valiosos con sus historias, saberes y narrativas como las de uno mismo.

Si vivimos en comunidad será porque el diálogo es y siempre será posible, y este, con su intrínseco proyecto transformador, será radicalmente opuesto a la usual práctica del monólogo, el que será la práctica del discurso del ensimismamiento, del discurso propio o de la autorreferencialidad, como si fuera la de una mágica posesión de una verdad única y absoluta.

José Luis Aguirre es comunicador, investigador y docente de comunicación social.



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