Habrá que oír entonces si las campanas de la relación binacional repican el 11 de marzo. También podría pasar que otras prioridades dejen la renovada balada de estos meses sin lírica.
Brújula Digital|07|01|2026|
Gonzalo Mendieta
En 2025, el entonces precandidato chileno José Antonio Kast declaraba con optimismo: “Nuestras ideas ya ganaron: en Estados Unidos, en Italia, en Argentina”. La BBC lo asignaba por eso al equipo de la mandataria italiana Georgia Meloni y su “Dios, patria y familia”. Kast atemperó luego su afición por la batalla cultural. El candidato Johannes Kaiser, escorado más a la derecha, lo empujó al centro en términos relativos.
Si el eslogan “Dios, patria y familia” encaja para situar al conservador católico Kast, Rodrigo Paz juró a la presidencia con el mismo lema. Paz viene de una tradición católica, pero familiarmente originada más bien en los cristianos revolucionarios sesentistas. Sin embargo, no solo Boric se sorprendió al oír las armonías de Rodrigo Paz con tonos más conservadores que socialcristianos. Paz efectivamente es menos ideológico que Kast, pero ha heredado el don de político proteico de su padre, el expresidente Jaime Paz.
Las coincidencias políticas nunca han sido determinantes, empero, para resolver los desencuentros entre países, se trate de Víctor Paz e Ibañez del Campo, Allende y Torres o Banzer y Pinochet.
Para dar un ejemplo de anteayer, en los papeles Arce y Boric sintonizaban, pero su primera charla después de la posesión del santiaguino acabó por desafinar. Silbaban una tonada acorde, pero no coreaban la misma letra.
El proactivo canciller boliviano, Fernando Aramayo perfiló en diciembre la ruta que tomaría La Paz. Si bien no aseguró aún la presencia del presidente Paz el 11 de marzo en Valparaíso –donde asumirá Kast la presidencia–, anticipó un viaje “en el primer trimestre a Santiago, no solamente para darle la bienvenida a este bloque democrático al presidente Kast”. A corto plazo, agregó, se recorrería un camino abandonado “por posiciones chovinistas, ideológicas”.
Aramayo llegó a afirmar que Chile sabe que Bolivia no renunciará a su reivindicación marítima, pero hay fronteras, comercio, recursos hídricos y minería para “retomar una relación histórica”. Estas coplas de apertura se añaden al hecho de que Bolivia está ahora tan próxima a Washington como lejos de La Habana, Caracas y Teherán. En La Moneda concilian el sueño mejor, conjeturo sin que me conste.
El candidato Kast tuvo gestos que lo distinguieron de su colega Kaiser al referirse a Bolivia. No obstante, solo los sordos no escuchan que la migración irregular está en el pentagrama central del siguiente gobierno de Chile. La posible expulsión de más de 300.000 migrantes ya ha causado algún chirrido en Perú. Convengamos que, si tamaña empresa tuviera lugar, la expulsión no sería por barcos y aviones. Pedirle a Milei que se encargue de los migrantes seguramente tampoco será opción. Bolivia y Chile tal vez ya estiman anticiparse. Hay ocasiones en que los problemas no se ven venir; vienen.
En este país andino–amazónico ya no tocan los tambores de la controversia. Falta ver si el gobierno entrante en Santiago bailará al son que proponen desde el Palacio Quemado. En el entorno de Kast se hallan quienes van del escepticismo secular al estribillo de que la mejor relación con La Paz es no tenerla. Esa tradición tuvo exponentes históricos como Pedro Daza, último embajador en Bolivia y delegado en la Asamblea General de la OEA de La Paz, en 1979.
También en Santiago hay quienes prefieren cultivar solo los taquiraris de Santa Cruz a tolerar los boleros de los doctores de Charcas. Estos últimos son un anacronismo, parecen susurrar, precipitadamente.
Habrá que oír entonces si las campanas de la relación binacional repican el 11 de marzo. También podría pasar que otras prioridades dejen la renovada balada de estos meses sin lírica.
Gonzalo Mendieta Romero es abogado. Una versión de este artículo fue publicada en la revista Realidad y Perspectivas, del Programa de Relaciones Internacionales de la Universidad de Chile.