Llegamos al final de un año complejo, cargado de enseñanzas y desafíos. Llegamos con las fuerzas justas. El cierre del año, al menos en el mundo occidental, suele convertirse en un ejercicio de balance: revisar lo que fue valioso y también aquello que pesó, lo que se hizo, lo que no se hizo, lo que quedó pendiente.
Para pensar este momento, resulta inevitable volver a una imagen tan antigua como vigente: la de los hermanos Caín y Abel. La presencia del bien y del mal antecede históricamente a cualquier arquetipo de relación y se instala como uno de los núcleos fundacionales de la experiencia humana. Desde hace miles de años, esta escena da cuenta de una tensión que no se limita a conflictos externos, sino que habita en cada individuo y en cada sociedad.
La historia es conocida: dos hermanos hijos de Adan. De Abel se dice poco; su figura aparece apenas esbozada; justo, silencioso e inocente. Lo que perdura es la reacción de Caín, su imposibilidad de tolerar la dicha ajena y el acto que quiebra el vínculo más elemental. El hermano que asesina a su hermano. Esa escena sigue interpelándonos porque pone en evidencia aquello que se transforma en mal.
Los gravísimos conflictos armados en las que la humanidad continúa sumida no hacen más que intensificar este arquetipo. Que se manifiesta hoy con crudeza extrema y con el horror convertido en rutina, sea en Gaza, Ucrania, u otros varios territorios donde la guerra persiste. Allí, el drama no se expresa en discursos ni en estadísticas, sino en muerte y desolación.
Vivimos en una época empeñada en nombrar cada día y clasificar cada fenómeno. Algo similar sucede en otros ámbitos, donde se multiplican diagnósticos y categorías. Sin embargo, la atención puesta en la reparación, en la cura o en el gesto que restituye suele ser escasa. Los templos se han vaciado en búsqueda de aquello, que no se encuentra al azar. Por ello, quizá, dia que pasa, el humano esta más distante de su humanidad.
Recordar vivamente el nacimiento de Jesús es motivo de júbilo, no desde una perspectiva confesional, sino desde una dimensión espiritual que atraviesa al hombre, más allá de los credos, el individuo abraza su fe, y da la bienvenida al hijo del hombre. Justamente por estos motivos Navidad es un ritual significativo para amplios sectores de la sociedad boliviana, la Natividad significa agradecer por la vida y a la vida.
Los rituales, más allá de los sistemas de creencias, delinean el interactuar de las comunidades, las familias y los individuos. Operan como marcos simbólicos que ordenan, que ofrecen sentido y que permiten una mirada a lo esencial. En ese contexto, los mismos abren una reflexión sobre valores como la nobleza, la empatía, el perdón, antes que con la otredad, con uno mismo.
La Navidad simboliza, para muchos, un momentum de riqueza incalculable y, al mismo tiempo, una exigencia: advertir que el progreso técnico y científico de nuestros días no acompañan al desarrollo del alma.
Tal vez sea oportuno incluir en estos rituales un momento de memoria por quienes hoy padecen heridas, tristeza, o abandono. Tal vez la incomprensión o la indiferencia de un puñado de privilegiados se transfigure en solidaridad con los despojados. Sea cual fuese su ritual, ya sea en el ámbito familiar, entre amigos o en espacios compartidos, no pierda de vista ese gesto primigenio que nos recuerda la dicha de estar vivos. Es una época en la que muchos buscan respuestas lejos de lo interior, por ello le invito a que recupere ese espacio. Esta columna es un recordatorio, más allá de los credos: una pausa, una tregua, una posibilidad de revisión y de renovación.
Sí, llegamos cansados, pero atentos, y con grandes aprendizajes. Atentos a la necesidad de diálogo, a la convivencia posible y también a la comprensión de que la humanidad seguirá recorriendo caminos complejos, y que entre los humanos también habita lo disímil. El dolor seguirá presente, así como el amor; vivo. El bien y el mal continuarán expresando la tensión que ya encarnaban Caín y Abel. Mas, el año puede comenzar con aire de esperanza, por ello respire, respire hondo, y si le sobra aire, regale un respiro a su prójimo. Que cada ritual encuentre sentido.
Es en este sentido que deseo hacerle llegar mis deseos de bienestar a cada uno de ustedes; querido lector, querida lectora. Qué el pan compartido alcance, que la mesa sea espacio de encuentro y que los gestos cotidianos conserven su valor. En tiempos donde abundan las declaraciones vacías, se vuelve imprescindible sostener acciones concretas y criterios elevados de amor.
“El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra de sombras, una luz les brilló” (Isaías 9, 2). Le dejo esa imagen de renovación, persiste una clave para comprender el tiempo que comienza, el sendero no se hace solo.
Milan Gonzales es periodista y fotógrafo boliviano, reside en Alemania.