Por más tecnologías y avances que registre la ciencia y por más facilidades que se den a los estudiantes, siempre habrá un elemento importante e inevitable al recurrir. Es la presencia del profesor, de ese ser humano que nació para enseñar, para compartir experiencias y conocimientos, para amar y para ponerle pasión a lo que debe hacer cada día de su vida.
El verdadero profesor, ese que George Steiner buscó a lo largo de su vida y que el mismo no debería ser remunerado. “¿Por qué se me ha remunerado, se me ha dado dinero por lo que es mi oxígeno y mi raison d’etre? Leer con otros, estudiar el Fedro o La Tempestad, introducir (de manera titubeante). Los hermanos Karamazov alrededor de una mesa, tratar de dilucidar la página de Proust sobre la muerte de Bergotte o un poema de Paul Celan: éstos han sido mis privilegios, recompensas, toques de gracia y de esperanza no comparables con ningún otro”. Enorme y plenamente revelador.
La palabra hablada, la oralidad, la exposición, el verlo de frente al profesor, que éste dialogue, hable, convenza, discuta, comparta, debata, explique, cuente una historia, un chiste, una anécdota, es la dimensión esencial en el sistema educativo, tanto a nivel escolar como universitario.
De ahí, que para el éxito o el fracaso de todo proceso de enseñanza–aprendizaje es necesario contar con hombres y mujeres que tengan condiciones para esta vocación sublime y compromiso como misión de vida. Es decir el profesor, el docente, el maestro, el theacher, el oporomboe que es determinante y al que se le deben dar las condiciones para hacer bien su trabajo. Que en estos últimos tiempos ha sido cuestionado y en otras ocasiones denunciado por no brindarse de la mejor manera a esta noble vocación de la enseñanza.
Un ejemplo único y que te puedes quedar lleno de asombro y respeto es el papel que desempeñó Louis Germain, que cuando lo tuvo de alumno al futuro Premio Nobel de Literatura, Albert Camus, le hizo despertar sus valores, sus virtudes y toda esa enorme capacidad que tenía.
El pequeño Albert, a sus 11 años, fue impulsado por su maestro para que pudiera optar por una beca en el liceo Borgeaud de Argel. Lo consiguió. 33 años después, al recibir el Premio Nobel de Literatura y consagrarse como un gran escritor, el laureado Albert Camus, en la ceremonia de premiación en Estocolmo, le dedicó al querido maestro, sus palabras de agradecimiento:
“He recibido un honor demasiado grande, que no he buscado ni pedido. Pero cuando supe la noticia, pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto. No es que dé demasiada importancia a un honor de este tipo. Pero ofrece, por lo menos, la oportunidad de decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y de corroborar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
Ese es el trabajo, la misión, el rol, la actitud, el trabajo de cada profesor o maestro. En ellos descansan las expectativas y las exigencias de los padres, parientes y amigos del niño, del adolescente y del joven que sigue sus estudios escolares y universitarios.
En esta dialéctica, definitivamente, no hay receta mágica, ni varita de Harry Potter, ni la fuerza de Superman, ni la magia de Merlín, que nos hará desviar de la suprema atención que se le debe dar a esa esencia y al motor del proceso enseñanza-aprendizaje: el profesor, ese hombre y mujer que deben despertar todos los fuegos del interior de cada uno de sus estudiantes y educandos.
Precisamente, cuando en esta nueva gestión educativa se anuncian algunos cambios de forma, que encontrarán ciertas resistencias, es que el rol del profesor en el proceso de formación del estudiante debe ser fortalecido, asumiendo que es el pilar fundamental; pero que en la tarea educativa la responsabilidad es compartida entre las familias, las autoridades educativas y los profesores.
El científico Albert Einstein tenía este concepto del profesor: “El maestro debe ser una especie de artista en su actividad. La continuidad y la preservación de la humanidad dependen, por tanto, en un nivel mayor que antes, de las instituciones de enseñanza”.
En la búsqueda del profesor ideal, sugerimos acompañar este viaje con la lectura de libros relevantes según las carreras definidas. La literatura y la filosofía, a lo largo de los años y con la contribución de numerosos autores, nos han proporcionado las directrices necesarias para enfrentar una combinación perfecta.
El sistema educativo va más allá de un simple calendario escolar o las recomendaciones de los docentes. En palabras del filósofo estadounidense John Dewey, "la educación no es cuestión de contar y que te cuenten, sino un proceso activo y constructivo". El mundo de hoy necesita un sistema educativo orientado a desarrollar al ser humano en forma integral.
Hernán Cabrera es periodista.