Para los jóvenes de hoy, la democracia es una entelequia. No les aporta nada. No les da nada. No los representa y su mirada hacia el autoritarismo es cada vez más preocupante. Su precariedad laboral es cada vez más evidente, su imposibilidad de lograr una independencia económica es casi irreal y sus aspiraciones de conformar una familia con un solo hijo o hija son fantasmagóricas.
Viven aislados o con un bajísimo nivel de socialización y sus temores aumentan cada vez más a causa de las redes sociales con su abismal capacidad de generar odio. Se sienten incapaces de encontrar una pareja. De hecho, es la generación que menos sexo tiene y cuya interacción social cara a cara son casi minúsculas.
En 2011, cerca de 1.200 millones de personas vivían en regímenes plenamente democráticos, lo que representa aproximadamente el 16 % de la población mundial. Desde entonces, esa cifra no ha dejado de descender. Ya para inicios del 2024, menos de mil millones de personas habitan en países considerados democracias plenas, mientras el contexto internacional premia cada vez más las tesis nacionalistas, proteccionistas y autoritarias.
Estamos viviendo un tiempo de depredadores. Trump, Erdogan, Bukele, Ortega, los hermanos Rodríguez en Venezuela –que al final fue un mero cambio de piezas del régimen corrupto y mafioso de la herencia de Chavez y Maduro –, y quizás el más emblemático de todos el criminal Putin junto a su socio desquiciado Kim Jon-un bajo la atenta mirada del enigmático Xi Jing Pin.
La crisis de las democracias no es solo una cuestión de números, sino que es un fenómeno complejo que pone en vilo a todo el mundo occidental, donde los sistemas democráticos enfrentan desafíos estructurales que erosionan su legitimidad y hasta su supervivencia. Europa vive una erosión muy profunda y su futuro es incierto. Gobiernos extremistas, nacionalistas ponen en un riesgo el desmembramiento de la Unión Europea. Es el fin de un ciclo geopolítico, social y económico mundial. El mundo ya no es lo que era o lo que solíamos ver después de la caída del muro de Berlín.
En 2011, cerca de 1.200 millones de personas vivían en regímenes plenamente democráticos, lo que representaba aproximadamente el 16 % de la población mundial. Desde entonces, esa cifra no ha dejado de caer.
Para 2024, menos de mil millones de personas habitan en países considerados democracias plenas, mientras el contexto internacional premia cada vez más las tesis nacionalistas, proteccionistas y autoritarias.
La crisis de las democracias no son solo una cuestión de números: es un fenómeno complejo que afecta especialmente al mundo occidental, donde los sistemas democráticos enfrentan desafíos estructurales que erosionan su legitimidad.
Para el sociólogo Gabriel Kessler, el descontento hacia las democracias puede expresarse de dos modos: por un lado, el descontento horizontal que produce una polarización electoral y social en la que existen organizaciones que representan y movilizan a los actores de diversos bandos, frente a un descontento vertical que empuja una fragmentación electoral y un rechazo a las elites políticas.
Esta severa crisis está –también– directamente relacionada con el deterioro de los partidos políticos tradicionales. Basta ver cómo los partidos dejaron de existir en Bolivia y sus ideologías fueron guardadas en un cajón, mientras ofrecían sus siglas al mejor postor. Rematando el descalabro con más de tres mil candidatos para cinco mil puestos públicos.
¿Fiesta o bochorno democrático? Por décadas, las opciones de centroderecha y centroizquierda se movieron hacia el centro del espectro político hasta hacerse prácticamente indistinguibles unas de otras.
Este repliegue generó redes clientelares, endogamia institucional y una profunda desconexión con las preocupaciones reales de la ciudadanía. En Bolivia surgió el MAS como único partido hegemónico durante casi 20 años para luego implosionar a causa de un canibalismo interno de poder y un caudillismo asfixiante.
Cuando los partidos dejan de representar a amplios sectores de la población toda la arquitectura democrática se resquebraja.
En todo este zafarrancho surge un tercer problema que está haciendo que las democracias en Latinoamérica literalmente estallen: el crimen organizado. Para nadie es una sorpresa su incrustación en instituciones llamadas a combatir el delito del narcotráfico, venta ilegal de armas y tráfico y trata de personas. Esta red criminal afecta a Estados débiles y también a sistemas políticos que otrora se consideraban blindados como Chile y Uruguay. Ahora el país oriental, por ejemplo, ya es un país con niveles preocupantes de narcotráfico.
De hecho, el narco más buscado en la región es nada menos que un uruguayo: Sebastián Marset Algo completamente inimaginable hasta hace una decena de años atrás.
Esta expansión del crimen organizado se ha cimentado y está dinamitando las democracias. Lo mismo ocurre con naciones como Suecia, Países Bajos y Bélgica, que enfrentan niveles de violencia «narco» sin precedentes.
Pero en realidad, la violencia es mala para el negocio porque genera visibilidad social y atrae la atención de la opinión pública. El mejor crimen organizado y el más próspero es el que no se ve. Sino vean lo sucedido en Jalisco, México con la muerte de uno de los criminales más buscados, Nemesio Oseguera, alias “El Mencho” que puso en la mira a una mafia gigantesca con conexiones a nivel mundial.
La innovación y su capacidad de diversificación delictual es alarmante: están metidos en la tala de árboles, la minería ilegal, el tráfico de hidrocarburos, el mercado de apuestas, la extorsión a negocios, el tráfico y explotación de migrantes, el mercado inmobiliario, el blanqueo de capitales, todos son negocios muy prósperos a las que solo identificamos como traficantes de droga.
Toda esta radiografía nos indica que las democracias o están secuestradas o estén al borde de morir o simplemente están siendo estalladas por los aires. El mundo ya no es lo que era. Es el nacimiento de una nueva era convulsa y caótica.
Javier Medrano es periodista y cientista social.