La continuación de la vida facilita el olvido, que cuando llega nos ayuda a superar la tristeza y el dolor. ¿Acaso recordamos los golpes militares, el encierro angustioso durante la pandemia, el dólar a Bs 20 o las filas infames para comprar gasolina?
En Prosas apátridas, Julio Ramón Ribeyro señala que “podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Si nos fuera posible revivir el placer que nos procuró una mujer o el dolor que nos causó una enfermedad, nuestra vida se volvería imposible. En el primer caso se convertiría en una repetición, en el segundo, en una tortura.”
Es importante tener presente esta variable humana, pues el recuerdo que realiza el gobierno del desastre dejado por el MAS ingresa en ella, y si no es manejada de manera comunicacionalmente equilibrada puede producir complicaciones. La necesidad de enfrentar el pasado para superarlo y así vencer el atropello convive con la urgencia de una nueva agenda que nos devuelva la sonrisa. ¡Qué paradoja perfecta!
Haciendo un análisis semántico, los discursos y la acción del gobierno proponen un nuevo relato en actitud, visiones y consignas; hay que reconocer también –como ha reflexionado Roberto Barbery Anaya, con una ironía exquisita– que 60 días son insuficientes para resolver dificultades estructurales y sería un acto farisaico el demandarlo.
Como seguirán apareciendo entuertos, actos de corrupción, habrán otros que se rasgarán las vestiduras y se cometerán errores, deberemos estar atentos para que sus consecuencias no pongan en riesgo esta nuestra democracia, y para fortalecerla –al estar la sociedad boliviana entre el entierro, la elaboración del duelo y la apelación a la resiliencia para continuar la vida– este momento debe servir también para convocar en todos los pueblos y plazas, a nuestra reserva de poetas, músicos, creadores culturales, titiriteros, pintoras, talladores, ipayes, amautas, abuelos, duendes, druidas y magos para que nos ayuden a superar el tránsito.
Me ha tocado evidenciar y compartir que el país cambió desde el 17 de agosto y compruebo en la ciudadanía conductas más firmes y comprometidas para que lo logrado en democracia y en paz no tenga retroceso.
Para tranquilizar entusiasmos habrá que repetir que el nuevo gobierno no ha tenido tiempo para desmantelar la corrupción administrativa del MAS. Aunque existen algunas señales, suponer que terminó el “arancel de coimas” impuesto en la administración judicial, que se restablecieron a plenitud los derechos humanos y desapareció la violencia desproporcionada del aparato represor sería una ingenuidad.
Como muestra, ahí está una orden judicial contra Evo Morales que no tiene jurisdicción en la soberanía del Chapare. A la prebendal organización masista, que sigue siendo coadministradora del aparato burocrático y se articula con la dirigencia de las organizaciones sociales para imponer bloqueo, los cambios electorales producidos (cupulares y de urgencia) no causan estado por la ausencia de un bloque histórico y hegemónico en ejercicio del poder que garantice organización, disciplina y objetivos colectivos, y permita control, por la fuerza y por los consensos construidos. Es imprescindible enfrentar esta tarea por la necesaria continuidad del gobierno y por la gobernabilidad del Estado.
Ratificando que el actual proceso no puede desconocer el valor de la protesta democrática, necesitamos acudir a Nicos Poulantzas, Antonio Gramsci, los estudios de Hernán A. Roitbarg, Leonardo Granato, Moisés J. Rech, y releer las propuestas de Antonio Negri, Michael Hardt, Sandro Mezzadra Mauro Cerbino, Isabella Giuntat, García Linera y Luis Tapia sobre los movimientos sociales.
Es un trabajo que debemos profundizar con quienes creen que no es necesario el debate ideológico, al recordarles que quienes vestían polleras y ponchos y superaban más del 50% del voto han migrado a las ciudades y la sociedad boliviana sigue siendo joven, informal y solidaria.
Frente a ese volumen de tareas complicadas que necesitan ser ejecutadas resultan desubicadas las aspiraciones policiales del Vicepresidente Lara, que abandona sus competencias de construir cohesión social y no abre el debate para la reforma constitucional.
En estos momentos de multiplicación de ciudadanía por las próximas elecciones regionales (nunca en la historia se habían presentado tantos candidatos) y siendo una oportunidad de aprendizaje cívico para profundizar la autonomía, debemos estar atentos con quienes creen que podrían encandilarnos con méritos sospechosos, lejos de la idoneidad, para ejercer la función pública propuesta por Confucio hace 4.550 años. ¿Se darán cuenta que en esa parodia nos divierten tristemente? Tenemos que lograr con el ejercicio del voto, informado y crítico se imponga la racionalidad.
Para facilitar una tarea de reflexión necesaria esperamos de los medios de comunicación y los comunicadores, como ciudadanos en ejercicio, un esfuerzo en favor de la democracia para orientar esta energía creativa y que "la sociedad sea productora de bienes democráticos", como lo plantea la politóloga venezolana Elsa Cardozo. Necesitamos que se multiplique en todo el país:
1. El debate ideológico, político y filosófico de nuestra vida en sociedad.
2. La necesidad de recuperar la organización que canalice la soberanía popular, y,
3. La identificación de una agenda con temas estratégicos y productivos para que, apoyando a los candidatos, podamos ordenar nuestra vida en comunidad.
Tenemos cinco años y 10 meses para trabajar en estos temas. La Bolivia joven del 2030 lo agradecerá.
Carlos Hugo Molina es investigador social.