05/09/2020
Otra vuelta

Apuntes sobre una economía chatarra

Marco Gandarillas
Marco Gandarillas

Los debates bolivianos sobre la sustentabilidad de los cultivos agropecuarios de exportación, promovidos con más fuerza por el movimiento ecologista después de la catástrofe de los incendios de 2019, han generado una reacción visceral de los líderes del agronegocio, que han pasado del enojo a la amenaza, entre otros, de promover el desabastecimiento alimentario.

Un elemento que apenas resalta en estos debates, a pesar de las lecciones que nos deja del COVID-19 sobre la relación entre alimentación y la salud, es precisamente la calidad de los alimentos que consumimos y el tipo de economía que está por detrás de los mismos.

Somos un país agrobiodiverso. Como señala el estudio de Pablo Villegas (2008), además de ser el centro de origen de una extensa variedad de tubérculos, raíces, granos, leguminosas, cucurbitáceas y frutas, a nuestros ecosistemas han adaptado una gran variedad de otras plantas alimenticias de origen tropical y subtropical, incluyendo las oleaginosas cuyas plantaciones actualmente ocupan alrededor de 2,5 millones de hectáreas.

Las oleaginosas son los monocultivos más plantados porque se orientan, principalmente, a mercados externos. Menos del 20% de la soya se consume aquí. Entre 2006 y 2019 esos empresarios exportaron un valor de 9.590 millones de dólares (el 8,26% de las exportaciones nacionales de ese periodo). Los principales mercados son los países vecinos: Colombia, Perú, Ecuador y Chile. Ellos son los que resultarían verdaderamente desabastecidos de hacerse efectiva la amenaza señalada. 

Como han advertido estudiosos del tema, más allá de la publicidad, estos cultivos arrastran males crónicos. Con todo y los paquetes transgénicos (la soya es desde hace mucho 99% transgénica) tienen los rendimientos más bajos de la región y son completamente dependientes de un sinfín de subsidios: energéticos, financieros, tributarios, ambientales y territoriales.

Son tan “prósperos” que necesitan continuamente la inyección de fondos públicos para pagar sus deudas de insumos. Recordemos que, en 2017, en el marco del plan de salvataje estatal de deudas de los soyeros, se les otorgó un fondo de 150 millones de dólares para pagar con dinero de las AFP, es decir expropiándonos a la clase trabajadora aportante, las deudas en semillas transgénicas, pesticidas y maquinaria. En resumen, reciben más de lo que dan y lo que dan es muy discutible.   

Su aporte alimentario nacional consiste en estimular a otras cadenas de agronegocios que también generan importantes impactos. Por ejemplo, la cadena de carne avícola. El producto que define a la dieta boliviana del siglo XXI es la carne de pollo. Hemos pasado, en menos de 20 años, del consumo de 10 kg/persona/año a 43 kg/persona/año. Bolivia es ahora el segundo país latinoamericano de mayor consumo de pollo per cápita.

En esta empresa se sacrifican 215 millones de aves cada año. Entre los principales insumos se cuentan, de acuerdo con un informe de la Autoridad de Empresas (2011), el maíz, la soya, el sorgo y el girasol. El principal destino de esta carne son las cadenas gastronómicas que lo ofrecen, mayormente, frito. Es la comida chatarra más extendida del Estado plurinacional, que propugna el “vivir bien”, pero practica el “comer mal”.

¿El país que “venció” a McDonald’s?  En efecto. Sostengo que no fue por el rechazo social a la comida chatarra, sino, por los altos precios en los que ofrecían sus productos.

Aquí no solo se come mal, también se bebe pésimamente. Junto con el pollo frito, se tiene un altísimo consumo de bebidas carbonatadas. La última vez que se contó (2013), el consumo rondaba los 100 litros/persona/año, acercándose al de los líderes regionales que consumen 135 litros/persona/año. ¿De dónde sale tanta diabetes?

No es extraño que, bajo una dieta alta en carbohidratos, azucares y grasas saturadas, la obesidad atraviese a grupos sociales y regiones muy diversas. Estudios de la Fundación Tierra (2018) señalan que seis de cada 10 residentes de Santa Cruz sufren de sobrepeso y que El Alto presenta cifras muy similares.

Que la mitad de la población esté enferma por una causa directamente alimentaria no parece un dato menor. Tremenda contradicción que en un territorio tan agrobiodiverso se ingiera tanta chatarra. ¿Es un asunto económico? Sí.

Los agronegocios del oriente boliviano se presentan a sí mismos como la vía modernizante, el motor económico del país, pero no llegan más allá de una economía chatarra. Comparten similares características con ese tipo de productos: pomposa publicidad y alto consumo de recursos (naturales y públicos). Su continua expansión es un síntoma de problemas más que de beneficios. Genera una suerte de dependencia adictiva. Se asocia con otros hábitos igualmente malsanos. Y, finalmente, mata. 

Marco Gandarillas es sociólogo.