Su desenlace dependerá menos de una batalla decisiva que de la resistencia, la economía, la política interna y la voluntad colectiva de sostener o terminar la lucha.
Brújula Digital|27|02|26|
Horacio Calvo
Cuatro años de guerra que desmontaron la ilusión de una victoria rápida y transformaron el conflicto en un prolongado pulso estratégico.
Cuatro años después de la invasión a gran escala lanzada por Rusia contra Ucrania, el conflicto se ha convertido en algo que pocos analistas anticiparon en su verdadera dimensión: una guerra larga, estática en términos estratégicos y profundamente reveladora sobre la naturaleza del poder en el siglo XXI. En febrero de 2022, Moscú apostó por una operación rápida, casi quirúrgica, que buscaba desarticular al Estado ucraniano en cuestión de días o semanas. Cuatro años después, el frente sigue allí, apenas desplazado en comparación con las ambiciones iniciales del Kremlin.
El contraste entre los objetivos y los resultados es, quizá, el dato más elocuente del conflicto. Cuando Vladimir Putin ordenó la invasión, el cálculo parecía claro: superioridad militar relativa, sorpresa estratégica, presión política sobre Kiev y una supuesta fragilidad interna del Estado ucraniano. La lógica era la de una blitzkrieg, una guerra relámpago destinada a provocar el colapso político antes de que la comunidad internacional reaccionara de manera decisiva. Pero esa hipótesis falló desde el principio.
La resistencia ucraniana, combinada con la movilización social, la reorganización militar y el apoyo occidental en inteligencia, armamento y financiamiento, transformó el conflicto en algo distinto: una guerra de posiciones. En muchos sectores del frente, el paisaje bélico recuerda más a Verdún que a las guerras rápidas que caracterizaron varias campañas del siglo XXI. Líneas fortificadas, kilómetros de trincheras, campos minados, artillería constante y rotaciones de unidades agotadas definen hoy la realidad del combate.
Lo paradójico es que esta guerra, que comenzó como una demostración de poder convencional, ha terminado revelando los límites de ese poder. Rusia no ha logrado sus objetivos políticos fundamentales: no ha tomado Kiev, no ha quebrado la soberanía ucraniana ni ha impuesto un rediseño del orden europeo favorable a sus intereses. Ucrania, por su parte, ha resistido, ha recuperado territorios en ciertos momentos y ha consolidado su identidad nacional en torno a la defensa del Estado, pero tampoco ha conseguido expulsar completamente a las fuerzas rusas ni restaurar plenamente sus fronteras previas a la invasión.
Así se configura el equilibrio incómodo que define el cuarto aniversario de la guerra: ninguno de los dos actores ha perdido decisivamente, pero tampoco ninguno ha ganado. Y ese es precisamente el terreno donde las guerras se vuelven largas.
La imagen de la “nueva guerra de trincheras” no es solo una metáfora militar. Es también una descripción del estancamiento estratégico que hoy caracteriza al conflicto. En la superficie, la tecnología parece dominar el campo de batalla: drones de reconocimiento y ataque, inteligencia satelital, guerra electrónica, sistemas de precisión. Pero debajo de esa capa tecnológica se encuentra una lógica clásica: controlar terreno, resistir, desgastar al adversario y esperar que el tiempo incline la balanza.
La guerra en Ucrania también ha puesto en evidencia algo que durante años muchos gobiernos prefirieron ignorar: la guerra convencional entre Estados no había desaparecido. Durante décadas, gran parte del debate estratégico se concentró en conflictos híbridos, terrorismo o guerras limitadas. Ucrania cambió ese paradigma. Hoy, Europa vuelve a hablar de defensa territorial, producción industrial militar y movilización estratégica.
Pero quizás el impacto más profundo de esta guerra no está únicamente en el campo militar, sino en el orden internacional. En estos cuatro años, el conflicto ha acelerado cambios estructurales: la ampliación de alianzas, el rediseño de cadenas energéticas, el fortalecimiento de industrias de defensa y una nueva discusión sobre la relación entre poder militar y legitimidad política. Rusia buscaba demostrar que la fuerza podía redefinir las reglas del sistema internacional. Lo que ha ocurrido, en cambio, es un escenario más complejo: el uso de la fuerza ha provocado resistencia, alineamientos nuevos y una guerra que Moscú no logró cerrar rápidamente.
En ese sentido, el frente que hoy parece inmóvil es, en realidad, el reflejo de una batalla más amplia: una disputa sobre el futuro del orden internacional, sobre la viabilidad de las guerras de conquista en el siglo XXI y sobre la capacidad de las sociedades para sostener conflictos prolongados.
Las guerras de trincheras, en la historia, rara vez terminan de forma rápida. Su lógica es distinta: desgaste económico, presión política interna, cambios en alianzas y, eventualmente, negociaciones que solo se vuelven posibles cuando el costo de continuar supera el costo de detenerse. Ucrania parece haber entrado en esa fase, donde el movimiento ya no es territorial sino estratégico y político.
Cuatro años después, el dato más significativo no es solo que la guerra continúe, sino que la apuesta inicial de una victoria rápida fracasó. Moscú quiso una guerra corta para rediseñar el mapa político de Europa. Lo que obtuvo fue una guerra larga que está redefiniendo, lentamente, el equilibrio global.
Por eso Ucrania se ha convertido en la nueva guerra de trincheras de nuestro tiempo: un conflicto que no avanza mucho en el mapa, pero que está cambiando profundamente el mundo. Y como ocurre con todas las guerras largas, su desenlace dependerá menos de una batalla decisiva que de la resistencia, la economía, la política interna y la voluntad colectiva de sostener o terminar la lucha.