Epstein fue, por todo ello, el símbolo más visible de un sistema de justicia de doble estándar: indulgente con quienes detentan poder económico y conexiones políticas e hiper severa y eficiente con integrantes de comunidades pobres, especialmente afroamericanos.
Brújula Digital|17|02|26|
Durante más de dos décadas, el nombre de Jeffrey Epstein no solo estuvo asociado a denuncias de abuso sexual contra menores, sino también a una constelación de vínculos con figuras influyentes en la política, la academia y el mundo empresarial.
Las primeras acusaciones se remontan a 1996. Pasaron 12 años hasta su primera condena, en 2008. Sin embargo después de esta y su arresto en julio de 2019, el financista mantuvo contactos, prestigio y acceso a espacios de poder que contribuyeron a sostener una impresionante red de protección.
Más que la historia de los crímenes de un individuo, el caso revela la arquitectura de relaciones que le permitió operar con una sorprendente impunidad tras declararse culpable en 2008 por un delito menor (contratar a una menor para prostitución). Ese fue un terrible error de la justicia debido a que tres años antes, en 2005, la policía de Palm Beach, Florida, comenzó a investigar a Epstein después de que una madre denunciara que había abusado sexualmente de su hija de 14 años. Las autoridades identificaron en breve tiempo a otras 35 menores, algunas de tan solo 14 años, a quienes Epstein había abusado sexualmente. Sin embargo, la justicia le permitió que en 2008, se declarara culpable solo por caso de prostitución. Estuvo 13 meses detenido, pero con extensos “permisos de trabajo” que le permitían salir de la prisión.
Según The Crimson White, incluso después de que su condena fuera pública, Epstein siguió vinculado a instituciones de élite y mantuvo interlocución con académicos y benefactores. Universidades como Harvard aceptaron donaciones suyas aun conociendo sus antecedentes, lo que abrió un debate sobre el precio del silencio institucional.
La dimensión política de esa red volvió al centro del debate la semana pasada, cuando la fiscal general de Estados Unidos, Pam Bondi, compareció ante la Cámara de Representantes.
La escena fue elocuente: seis víctimas presentes en la audiencia se pusieron de pie a pedido de la congresista demócrata Pramila Jayapal, pero Bondi evitó mirarlas y no ofreció disculpas. Le Monde describe cómo la fiscal desvió críticas hacia su antecesor, Merrick Garland, señalando que durante la presidencia de Joe Biden no fue interrogado en esa sala por el mismo caso.
El republicano Thomas Massie replicó que el problema trasciende administraciones: “Esto es más grande que Watergate. Abarca cuatro administraciones”. Para Massie, el encubrimiento se extendió por décadas. El principal citado por los files de Epstein es el actual presidente de EEUU, Donald Trump, primer interesado en tapar los hechos.
Bondi ha evitado que se conozcan los nombres de los cómplices de Epstein, que los ha borrado sistemáticamente, mientras ha divulgado los nombres de algunas víctimas que pedían el anonimato porque no habían divulgado todavía a sus círculos más cercanos los abusos cometidos contra ellas.
Epstein fue, por todo ello, el símbolo más visible de un sistema de justicia de doble estándar: indulgente con quienes detentan poder económico y conexiones políticas e hiper severa y eficiente con integrantes de comunidades pobres, especialmente afroamericanos.
La dimensión internacional del caso quedó subrayada tras la publicación de nuevos documentos por parte del Departamento de Justicia estadounidense. Según informó la agencia EFE, nueve relatores y expertos de Naciones Unidas sostuvieron que los archivos revelan atrocidades de tal magnitud, carácter sistemático y alcance transnacional que podrían encuadrarse como “crímenes de lesa humanidad”.
Entre los posibles delitos mencionados figuran esclavitud sexual, violencia reproductiva, desaparición forzada, tortura y tratos degradantes. También denunciaron que los hechos se produjeron en un contexto de misoginia extrema, corrupción y deshumanización de mujeres y niñas.
La convergencia de estos tres planos –institucional, político y transnacional– permite entender cómo Epstein tejió una red que fue más allá de amistades influyentes. Se trató de un entramado basado en intercambio de favores, donaciones estratégicas, acceso a élites académicas y una justicia que, durante años, hizo la vista gorda.
Entre 2008 y 2019, pese a su condena, conservó prestigio social suficiente para seguir operando en círculos de alto nivel. Solo en julio de 2019, cuando fue detenido, los lazos fueron interrumpidos. Epstein murió en su celda un mes después en extrañas circunstancias.
BD/RPU