La estabilización no consiste solo en cerrar la brecha cambiaria, sino en restablecer una estructura de precios que favorezca producción, inversión y crecimiento económico.
Brújula Digital|12|03|26|
Carlos Jahnsen
Bolivia enfrenta hoy un problema macroeconómico evidente: la coexistencia de un tipo de cambio oficial artificialmente bajo con tipos paralelos más altos. Esta brecha no es solo una distorsión de precios; es una señal de inconsistencia económica.
Cuando existen dos precios del dólar, lo que está en juego no es solo el mercado cambiario, sino la credibilidad monetaria. La experiencia histórica de estabilización, incluida la reforma iniciada con el Decreto Supremo 21060, muestra que la unificación cambiaria es necesaria para recuperar coherencia.
Sin embargo, el debate –como plantea Juan Antonio Morales en su artículo La unificación cambiaria (https://brujuladigital.net/opinion/la-unificacion-cambiaria) –no puede limitarse a cerrar la brecha. La pregunta central es otra: ¿qué nivel de tipo de cambio permite estabilidad macroeconómica y desarrollo productivo?
Para responder conviene observar la economía desde una lógica simple de balances: los saldos del sector público, privado y externo deben compensarse. Si uno presenta déficit, otro tendrá superávit.
En Bolivia, la situación reciente puede resumirse así: el sector público registra un déficit cercano al 7 % del PIB, el sector externo alrededor del 3 % y el sector privado un superávit cercano al 10 %. Mientras el Estado financia déficits fiscales y externos, el sector privado acumula liquidez y activos en divisas. Empresas y hogares buscan proteger su riqueza en dólares, reduciendo la demanda por moneda nacional y alimentando mercados paralelos.
Esta configuración no es sostenible. Si el país mantiene déficits externos mientras el Estado gasta más de lo que recauda, la economía solo puede financiarse con reservas internacionales. Cuando estas caen, el ajuste termina trasladándose al tipo de cambio.
Por eso la unificación cambiaria no es una opción ideológica, sino una necesidad económica. Sin un precio único del dólar, el sistema monetario pierde coherencia y los incentivos se distorsionan.
Pero el problema no termina allí. El dinero funciona ante todo como una institución de confianza. Cuando las personas perciben que el tipo de cambio oficial es insostenible, aumenta la preferencia por ahorrar en divisas y disminuye la demanda por moneda nacional. La brecha cambiaria se convierte así en señal de desconfianza.
Restablecer esa confianza requiere un tipo de cambio único y sostenible. El tipo de cambio no es solo un precio financiero; es un precio clave de competitividad. Cuando está sobrevaluado, las importaciones se abaratan y la producción nacional pierde terreno frente a bienes importados.
El resultado es conocido: aumentan las importaciones, se debilitan las exportaciones y cae la inversión productiva.
Por el contrario, un tipo de cambio competitivo mejora la rentabilidad de producir y exportar. Cuando exportar se vuelve rentable y competir con importaciones es posible, las empresas tienen mayores incentivos para invertir y ampliar producción.
Desde esta perspectiva, la unificación cambiaria debería acompañarse de un tipo de cambio suficientemente alto para restablecer el equilibrio externo y fortalecer la producción nacional.
Un escenario plausible podría comenzar con una unificación que ubique el tipo de cambio cerca del mercado paralelo consolidado, por ejemplo entre Bs 10,50 y Bs 11,50 por dólar. Esto eliminaría incentivos a la subfacturación de exportaciones, al contrabando y a la acumulación de divisas fuera del sistema financiero.
La devaluación inicial generaría un aumento de precios. En economías parcialmente dolarizadas como la boliviana, una devaluación cercana al 50 % podría traducirse en una inflación adicional de 10 % a 15 % durante el primer año. Este efecto puede moderarse con política monetaria prudente y mayor disciplina fiscal que reduzca gradualmente el déficit público.
Con un tipo de cambio más competitivo, los incentivos productivos podrían cambiar gradualmente. Las exportaciones no tradicionales –manufacturas, agroindustria y turismo– podrían crecer entre 8 % y 12 % anual, mientras la sustitución de importaciones ayudaría a reducir el déficit externo.
En ese escenario, la economía podría evolucionar hacia mayor equilibrio: menor déficit público, mayor estabilidad externa y recuperación gradual de reservas internacionales.
La conclusión es clara: el tipo de cambio no es solo un precio financiero, sino una pieza clave del desarrollo económico. Cuando está artificialmente bajo, genera déficits externos, reduce reservas y desalienta la producción.
Bolivia enfrenta hoy una decisión estratégica. Mantener la brecha cambiaria prolonga distorsiones y acelera la pérdida de reservas. Unificar el tipo de cambio y establecer un nivel competitivo permitiría recuperar estabilidad macroeconómica y crear condiciones para un crecimiento más sólido.
La estabilización no consiste solo en cerrar la brecha cambiaria, sino en restablecer una estructura de precios que favorezca producción, inversión y crecimiento económico.