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Economía | 12/02/2026   02:37

|ANÁLISIS|Bolivia y la inversión directa: cuando el sótano no puede confundirse con recuperación|Carlos Jahnsen|

Mientras la inversión extranjera directa se mantenga por debajo del 2 % del PIB, Bolivia seguirá atrapada en una zona de estancamiento externo. Solo a partir de un rango sostenido del 2–4 % del PIB en IED se habilita una estrategia de desarrollo exportador real.

Ciudadanos circulan por una de las avenidas de la ciudad de La Paz. Foto ABI. Archivo.
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Brújula Digital|12|02|26|

Carlos Jahnsen

El anuncio del ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, de que Bolivia proyecta captar alrededor de $us 700 millones de inversión extranjera directa (IED) en la presente gestión, con una meta de $us 2.000 millones hacia 2027 en minería y agroindustria, marca un giro relevante en el discurso económico oficial. Por primera vez en años, se reconoce de forma explícita que sin inversión directa orientada a exportaciones no existe una estrategia de desarrollo viable.

Sin embargo, conviene ser claros: esto no es una noticia para celebrar, sino una advertencia. Incluso asumiendo –razonablemente– que los $us 2.000 millones corresponden a IED y no a exportaciones, la magnitud sigue siendo insuficiente para alterar la trayectoria económica del país. Los $us 700 millones proyectados para este año representan una mejora frente a un período aún peor, pero mantienen a Bolivia en el sótano regional de la inversión extranjera directa.

Salir del subsuelo no equivale a despegar.

Desarrollo exportador: una cuestión de escala, no de intención

La evidencia internacional es inequívoca: ningún país ha transformado su estructura productiva sin alinear simultáneamente cuatro pilares. Primero, una estrategia explícita de exportaciones como motor del crecimiento, no como residuo. Segundo, un tipo de cambio real competitivo (subvaluado en el caso de Bolivia) y sostenido que haga rentables los sectores transables. 

Tercero, volúmenes significativos de inversión extranjera directa orientados a producción y exportación, no a operaciones marginales. Y cuarto, reformas estructurales creíbles que reduzcan el riesgo país y amplíen el horizonte de decisión de los inversionistas.

Bolivia ha fallado históricamente en al menos tres de estos frentes y hoy sigue fallando en uno decisivo: la escala de la inversión. La reciente mejora es apenas una primera golondrina; insuficiente para anunciar cambio de estación. Sin masa crítica de capital, no hay salto productivo posible.

La lección peruana: volumen, continuidad y credibilidad

La experiencia minera de Perú es ilustrativa no porque deba replicarse mecánicamente, sino porque muestra órdenes de magnitud reales. Durante casi dos décadas, el país captó entre $us 6.000 y 8.000 millones anuales de inversión extranjera directa, con picos aún mayores en años de grandes proyectos. Ese flujo sostenido permitió expandir exportaciones, acumular reservas, estabilizar expectativas macroeconómicas y crecer incluso en contextos externos adversos. 

En la última década, la minería concentró más del 20 % de la IED, y en muchos años fue el principal destino de la inversión en sectores transables. Solo en 2024 se anunciaron 81 nuevos proyectos de inversión por cerca de $us 10.000 millones, principalmente en infraestructura, energía y minería, lo que evidencia un pipeline robusto de capital comprometido, más allá de los flujos efectivamente registrados ese año.

El contraste con Bolivia es marcado. Durante años, el país operó con IED inferior a $us 1.000 millones, un tipo de cambio rígido y apreciado en términos reales, y un marco normativo volátil. El resultado no fue desarrollo con soberanía, sino restricción externa crónica. Mientras Perú captó $us 6.800–6.900 millones de IED en 2024, Bolivia recibió apenas $us 247 millones. La brecha no es ideológica: es macroeconómica y de escala.

Moneda competitiva, subvaluada: condición necesaria, no consigna política

Una estrategia de desarrollo basada en exportaciones exige una moneda real subvaluada de forma persistente. No como corrección puntual ni como discurso, sino como ancla estructural. Sin ella, la minería pierde atractivo marginal, la agroindustria no escala y la inversión directa se vuelve episódica o especulativa.

Aquí Bolivia enfrenta una desventaja crítica frente a economías desarrolladas como Japón, que lidian con problemas propios de su alto nivel de desarrollo. Bolivia, en cambio, parte sin una moneda que funcione como instrumento de competitividad externa, lo que vuelve aún más exigente la necesidad de atraer IED en gran volumen.

¿Alcanza con $us 2.000 millones hacia 2027?

No. Es un piso técnico, no una estrategia de desarrollo. Las experiencias internacionales exitosas muestran que un país que busca transformar su matriz productiva necesita sostener flujos de inversión extranjera directa del orden del 3–4 % del PIB anual durante varios años consecutivos. 

Para Bolivia, esto implica alcanzar y mantener niveles cercanos a $us 1.700–1.900 millones anuales, no como una aspiración lejana, sino como horizonte explícito de política económica. Dado el punto de partida extremadamente bajo –alrededor de $us 250 millones anuales –tasas de crecimiento elevadas de la IED (del orden del 20–40 % anual) son inevitables en la fase inicial si se quiere construir masa crítica.

Sin embargo, una vez alcanzado el umbral del 3–4 % del PIB, el objetivo deja de ser crecer aceleradamente y pasa a ser sostener volumen y calidad de inversión. En ese sentido, el verdadero desafío no es la tasa de crecimiento en sí, sino el salto estructural desde el sótano actual hacia un nivel de IED compatible con una estrategia exportadora, algo imposible sin un paquete coherente: tipo de cambio real competitivo, seguridad jurídica, reglas fiscales previsibles, infraestructura logística y energética adecuada, y un mercado laboral alineado con sectores transables.

Reformas: sin coherencia, no hay confianza

Las reformas anunciadas –en inversiones, minería, hidrocarburos, sistema tributario y eventualmente legislación laboral– van en la dirección correcta. Pero la inversión directa no responde a anuncios aislados. Responde a coherencia intertemporales.

Cada dólar que entra no solo financia un proyecto: reduce prima de riesgo, ancla expectativas y habilita más inversión futura. Sin escala, ese círculo virtuoso no se activa.

Conclusión: salir del sótano no es suficiente

Bolivia debe decirlo sin eufemismos: $us 700 millones no son un éxito; son una señal de cuán bajo es el punto de partida. $us 2.000 millones no son una estrategia; son apenas un umbral mínimo. El desarrollo no se logra administrando la escasez, sino creando masa crítica de inversión, exportaciones y divisas. Hacia ese objetivo debe orientarse todo el esfuerzo de la política económica. 

Mientras la inversión extranjera directa se mantenga por debajo del 2 % del PIB, Bolivia seguirá atrapada en una zona de estancamiento externo. Solo a partir de un rango sostenido del 2–4 % del PIB en IED se habilita una estrategia de desarrollo exportador real. Persistir fuera de ese umbral no es prudencia macroeconómica: es resignación, es administrar el estancamiento como si fuera desarrollo.



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