Porque al final, como bien sabemos quienes amamos estos territorios, el vino, singani o café, los textiles y el cacao, entre otros, no solo son un gesto de celebración, son una forma de decirle al mundo quiénes somos y hacia dónde queremos ir.
Brújula Digital|07|02|26|
Pablo Pizarro
Cuando hablamos de diplomacia, no siempre pensamos en una copa que brinda, en un destilado que seduce o en el aroma del café que despierta los sentidos. Sin embargo, la diplomacia también puede ser eso: una invitación a experimentar Bolivia desde sus sabores y aromas de altura auténticos.
Recientemente, desde el Foro Económico Internacional de la CAF en Panamá, Bolivia proyectó al mundo no solo cifras y acuerdos, sino también parte de su identidad productiva y cultural. Allí, entre conversaciones de inversión y destinos económicos, emergió un gesto definitorio: poner sobre la mesa nuestro vino de altura, el singani elaborado con uva moscatel y, por supuesto, el café de Los Yungas, uno de los más prometedores de Sudamérica.
La nueva diplomacia positiva, que impulsa el presidente Rodrigo Paz Pereira, va más allá de los tratados y los respaldos financieros. Es una diplomacia que se construye desde lo que somos auténticamente: un país capaz de producir vinos de altura; un singani que, con su delicadeza aromática, está conquistando paladares y críticas especializadas fuera de nuestras fronteras; y un café yungueño que, con su complejidad y carácter, comienza a situarse en el mapa de la excelencia cafetera mundial.
No es casualidad que en la revista Moscatel, hayamos celebrado cómo el vino y el café se miran al espejo: como obras artísticas que comparten un lenguaje universal y que invitan a ser contados y reconocidos.
Cuando un producto boliviano traspasa fronteras, ya sea brindando con un Tannat de altura o sirviendo una taza de café de Los Yungas, está diciendo algo mucho más profundo que su origen geográfico. Está diciendo: “Esto es Bolivia. Esto es identidad auténtica. Desde aquí se genera economía”.
La diplomacia positiva no elimina los desafíos que enfrenta el país. Pero aporta algo que ninguna cifra puede igualar: confianza y narrativa. Y esa narrativa genera confianza que resuena en los inversores, turistas, catadores o amantes de nuestros productos de altura en Pekín, Shanghái, Tokio, París o Nueva York.
Porque al final, como bien sabemos quienes amamos estos territorios, el vino, singani o café, los textiles y el cacao, entre otros, no solo son un gesto de celebración, son una forma de decirle al mundo quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Es la nueva diplomacia de las causas positivas.
Pablo Pizarro es comunicador social.