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Deportes | 27/03/2026   07:20

|OPINIÓN|90 minutos para torcer la historia|Sergio Garnica|

Para la “Verde” hay partidos que no cambian la historia pero sí cambian la forma en que un país se anima a mirarse así mismo.

Un grupo de jóvenes festeja los resultados de la Selección Boliviana. Foto APG.
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Brújula Digital|27|03|26|

Sergio Garnica 

Hay partidos como los de anoche que no se juegan en la cancha. Se juegan mucho antes: en la historia, en las cicatrices, en esas limitaciones que uno aprende a aceptar aunque duelan. Bolivia, como tantas veces,  comenzó perdiendo, y yo me quería morir, como todos los que estábamos viendo el partido, pero entonces pasó lo que pocas veces le sucede a un boliviano: cerré los puños, aguanté el llanto y desenredé el nudo de la garganta para gritar: ¡Vamos que se puede!

En El fútbol a sol y sombra, Eduardo Galeano escribe sobre Bolivia con esa mezcla de ternura y fatalismo: un fútbol que resiste más de lo que compite, que sobrevive más de lo que domina. Durante años nos acostumbramos a resistir, a mirar desde lejos y hacia arriba, a competir sabiendo que, en el fondo, el mundo del fútbol parecía tener lugares asignados de antemano, y Bolivia, casi siempre, estaba del lado de los que aguantan, no de los que imponen.

Porque hay países que juegan para confirmar lo que ya son. Y hay otros –como Bolivia– que juegan para discutir lo que les dijeron que siempre serían.

¿Qué definió el resultado?

Si uno se gobernara por las estadísticas diría: tiros al arco, posesión del balón, pases completo; pero el fútbol tiene momentos de ruptura en los que las ganas de hacer historia pesan más que los números. Contra Surinam fue uno de esos momentos.

Fueron 90 minutos en los que, como pocas veces, todo pareció comprimirse: las frustraciones acumuladas, las expectativas nuevas, esa intuición de que algo podría ser distinto.Cuando sonó el pitazo final, nadie salió a la calle porque sí; salimos porque no entrábamos en casa, porque el grito necesitaba aire, porque el abrazo necesitaba otro cuerpo, porque había algo –no sé bien qué–que ya no se podía quedar adentro.En una esquina de La Paz, un tipo lloraba con la camiseta puesta, lloraba sin vergüenza, como lloran los que no están acostumbrados a ganar, como lloran los que aprendieron a esperar demasiado. En Santa Cruz, en Cochabamba, en pueblos donde la esperanza siempre llega antes que las obras, la gente salió igual;  bocinas, banderas, desconocidos que se decían “hermano” sin conocerse. Por un rato, Bolivia fue eso.

Contra Irak tal vez Bolivia no sea favorita, tal vez nunca lo sea en estos escenarios, pero hay algo profundamente subversivo en salir a la cancha e intentar, porque ahora sabemos que se puede, que lo improbable no es imposible; porque nos va a quedar en la memoria la imagen de un país que, por un rato, dejó de discutirse a sí mismo para abrazarse.

Si Bolivia gana, no será solo un resultado; será una grieta, una pequeña fisura en esa idea persistente de que hay lugares fijos para cada uno en el mundo. Será la prueba breve, imperfecta, pero real de que a veces la historia se puede torcer.

Y si pierde… Si pierde, el camino seguirá siendo el mismo: largo, difícil, lleno de restricciones, pero incluso ahí, incluso en la derrota, puede quedar algo valioso, la sensación de que ya no alcanza con resistir, que es momento de aspirar.

Para la “Verde”.hay partidos que no cambian la historia pero sí cambian la forma en que un país se anima a mirarse así mismo.

Sergio Pablo Garnica Pantoja es economista.





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