Que el uso de la tecnología impida que el poderoso manipule la mano del juez; que, por encima de cualquier conveniencia, se imponga siempre la verdad y la justicia en este noble deporte.
|Brújula Digital|21|03|26|
Eduardo Salamanca
La máxima aspiración del ser humano, aquello que sosiega el espíritu y permite la convivencia armónica, es la justicia. No existe definición más cristalina que aquella que la describe como el "principio moral que inclina a obrar y juzgar respetando la verdad y dando a cada uno lo que le corresponde". Sin embargo, en el microcosmos del fútbol –ese espejo vibrante y a veces distorsionado de nuestra sociedad– la justicia suele ser una visitante esquiva, eclipsada por la sombra alargada de la arbitrariedad.
El fútbol boliviano y mundial convive con el VAR (Árbitro de Asistente de Video) desde hace un tiempo. Pero, lejos de ser el bálsamo de transparencia que prometía, su aplicación se ha convertido en un foco de polémica inagotable. ¿Es la tecnología la que falla, o es la mano humana que la manipula la que perpetúa la inequidad?
La memoria del engaño y la épica de la resistencia
La historia del balompié está cincelada por momentos donde la trampa se disfrazó de viveza. Cómo olvidar aquel 1977, cuando en la final del torneo argentino, Independiente se enfrentaba a Talleres en Córdoba. Un gol flagrante con la mano de Ángel Bocanelli puso en ventaja a los locales, desatando la indignación.
Tres jugadores del "Rojo" –Trossero, Galván y Larrosa– fueron expulsados por reclamar la verdad. Ante el impulso de abandonar la cancha por la impotencia, surgió la voz del "Pato" Pastoriza: "No se vayan, jueguen, sean hombres, se puede ganar". Bochini convirtió la invocación de Pastoriza en hazaña e hizo justicia donde el árbitro falló, pero el gol de Bocanelli nunca debió existir.
Esa misma sombra se proyectó en el Mundial de México 86, cuando el puño de Maradona venció la estirada de Shilton ante la mirada del árbitro que validó lo inválido.
O, más cerca de nuestras fronteras, aquel fatídico 12 de septiembre de 1993, en Montevideo, donde Uruguay doblegó a Bolivia con goles viciados, bajo una tolerancia arbitral vergonzosa. Luis Héctor Cristaldo lo resumió con el dolor de quien se sabe vulnerado: "Nos robaron en Uruguay".
El presente: la arbitrariedad como norma
Hoy, la historia se repite. En el reciente encuentro entre Always Ready y Bolívar, resultó evidente que la balanza no estaba equilibrada. La falta de VAR en este torneo "amistoso" –jugado mientras el resto del continente compite oficialmente– fue el argumento para que el árbitro, actuara con injusticia. El capitán del equipo alteño permaneció en el campo tras una falta que, en cualquier reglamento honesto, habría ameritado la expulsión antes que la de su colega celeste, por jugadas de violencia equivalente.
Es aquí donde reside el núcleo del problema: la percepción de parcialidad. Cuando los dirigentes, jugadores y la hinchada perciben que el árbitro protege intereses ajenos al deporte, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en un foco de escándalos, agresiones e invasiones de campo.
La tecnología, que en el tenis ofrece un argumento inobjetable, en el fútbol ha sido maniatada por una reglamentación de la FIFA que parece diseñada para mantener incólume la capacidad de manipulación, decidiendo arbitrariamente qué se revisa y qué se ignora.
Una propuesta por la transparencia: el VAR "bajo demanda" y otros cambios
Para que el VAR deje de ser una herramienta de sospecha y se convierta en un instrumento de verdad, urgen reformas en el fútbol, sencillas pero profundas:
Derecho a revisión (challenge). Desde que lo vi en el tenis, planteo que cada director técnico debe tener el derecho de solicitar la revisión de una jugada al menos tres veces por tiempo. La justicia no debe ser una concesión del árbitro, sino un derecho de los protagonistas.
Universalidad de la duda. El árbitro debe estar obligado a utilizar el VAR para revisar cualquier jugada que genere duda, sin importar si terminó en gol o en qué sector del campo ocurrió. E, igualmente, los árbitros del VAR, en caso de advertir cualquier jugada viciada o que amerite revisión, deben obligatoriamente, comunicar al árbitro para que aplique lo que en justicia corresponde.
Sanción al engaño. La tecnología debe perseguir la simulación. Jugadores que recurren de forma sistemática a fingir faltas en cualquier lugar del terreno, deben ser sancionados con tarjeta amarilla. El fútbol es engaño, sí, pero en la gambeta de Pelé, Maradona, Cruyff, Ronaldinho, Ronaldo Nazario o Messi; no en la mentira del ardid premeditado o el favor arbitral.
Equilibrio conductual y ético. Es imperativo que el VAR se utilice para medir el comportamiento con una vara equitativa.
Actualmente, se sanciona el racismo de un modo que, en mi opinión resulta excesivo y no considera la presunción de inocencia; sin embargo, se observa una pasividad alarmante ante jugadores que recurrentemente provocan y se burlan de sus colegas, de la hinchada y de los propios árbitros. Estas conductas de provocación deben ser sancionadas con el mismo rigor que una expresión o manifestación racista.
Rigurosidad reglamentaria. Implementar sanciones automáticas: amarilla para quien adelante la barrera, amarilla obligatoria tras la tercera infracción de un mismo jugador y expulsión en la siguiente infracción, y un respeto irrestricto al arquero en su área, hoy desprotegido ante el acoso físico en los córners.
En suma, el VAR debe evitar la “arbitrariedad” del árbitro
Es imperativo distinguir que, mientras el árbitro es la autoridad investida de la facultad de aplicar las reglas con imparcialidad para preservar la esencia del juego, la arbitrariedad es su antítesis: el acto de proceder por capricho, voluntad propia o interés ajeno, ignorando la justicia y la norma.
Lo que defiendo es que el VAR se convierta en el baluarte que anule esa “arbitrariedad”, sirviendo como herramienta para que la mentira, la trampa, la violencia, el ardid, la simulación o el gol ilegítimo sean sancionados sin dilación. En suma, que el uso de la tecnología impida que el poderoso manipule la mano del juez; que, por encima de cualquier conveniencia, se imponga siempre la verdad y la justicia en este noble deporte.
Eduardo Salamanca es abogado y afiliado a la Federación de Trabajadores de la Prensa de Cochabamba.