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Cultura | 12/05/2024

Los diversos rostros de Ripley

Los diversos rostros de Ripley

Andrew Scott en Ripley.

Brújula Digital|12|05|24|

Rodrigo Ayala Bluske | Tres Tristes Críticos |

Ripley, miniserie de ocho capítulos, es uno de los estrenos más interesantes que Netflix ha realizado en las últimas semanas. Se trata de un ejercicio de estilo, en el que el guionista y productor Steven Zaillian construye una particular forma de retratar el personaje. 

Varias de las representaciones que Ripley, carácter creado por la novelista Patricia Highsmith, ha tenido en los formatos de imagen en movimiento (antes el cine, ahora la televisión), se han constituido en títulos de referencia, probablemente por los rasgos amorales del personaje, que posteriormente fueron copiados y desarrollados innumerables veces; un antihéroe con acciones éticamente cuestionables, pero que logra la identificación del espectador. 

La historia básica de Ripley ha sido difundida universalmente: joven ladronzuelo y estafador que es contratado por el padre millonario de un conocido para ir a Europa y convencer a su hijo, que vive en vacaciones permanentes, para que vuelva al redil y la empresa familiar.

El ambiente “europeo-norteamericano” que retrata Highsmith en su primera novela centrada en el personaje, El Talentoso Mr. Ripley (1955), de la que se han hecho las principales adaptaciones, entre las que destaca la película de 1999, con Matt Damon, Jude Law y Gwyneth Paltrow en los roles principales, y que obtuvo cinco nominaciones al Oscar.

La novela retrata una larga tradición de las clases pudientes inglesas en principio y luego norteamericanas, realizar el “Gran Tour”; se trataba de un largo viaje que los muchachos y muchachas de la elite realizaban por Italia al culminar sus estudios universitarios a fin de conocer “mundo”, entendido este como arte, cultura, roce social, etc. Lo cual se traducía en muchos casos en vacaciones extendidas y casi interminables y en la creación de una “subcultura del disfrute”.

Ripley, un muchacho con problemas de identidad, experto en falsificaciones caseras, se encuentra de repente con ese mundo, a través de la relación contradictoria que entabla con “Dickie” el hijo millonario de su contratante y la novia de este, Marge. Y nuestro protagonista no solo queda fascinado, sino que con una indudable capacidad de improvisación y “talento”, tal como reza el título de la novela original, se va apoderando de él, poco a poco.

En este caso, el tono elegido por Zaillan para retratar a Ripley es melancólico e inclusive tiene algo de languidez, aunque sin duda los ocho capítulos de duración le dan el espacio necesario para retratar el detalle de la ambientación, que en este caso tiene una importancia crucial. La Italia que nos refleja la serie es bellísima, aunque sombría. No es casual que para su realización se haya elegido el blanco y negro y con él se pone acento en las estatuas, la arquitectura, las formas en general. A momentos el realizador, sobre todo en las noches y amaneceres, quiere hacernos recuerdo al viejo cine realizado en estudio, donde la naturaleza era reconstruida como parte de la escenografía.

Dicho tono también se refleja en los personajes, también solitarios y absolutamente contenidos. La relación entre Tom, Dickie y Marge refleja esa hostilidad latente, pero no explicita, propia de la aristocracia. Ripley en este caso es un personaje cerebral, en esencia sombrío. Dickie tiene un brillo medido, mediado por el ambiente general.

Vale la pena destacar la construcción de ciertos momentos, especialmente los que tienen que ver con los asesinatos, en los que el detalle y el realismo en su ejecución se concatenan con el preciosismo expresado en las formas.

El Ripley de esta serie contrasta con el de la versión cinematográfica de 1999, dirigida por Anthony Minghella (director que tenía detrás el éxito mundial de El paciente inglés, 1996). En ella se destacaba sobre todo su asombro (parecido al de un niño en circunstancias análogas), complementado con una extrema frialdad. Dickie, por su lado, era un ser radiante y su relación con Ripley en parte se explicaba por la fascinación que ejercía sobre él. Además, la Italia retratada en colores cálidos albergaba un ambiente festivo, con una fuerte dosis de frivolidad.

Ambos casos difieren de A pleno sol (1960), la versión francesa de esta historia, dirigida por René Clément, protagonizada por Alain Delon y considerada como una obra maestra por el conjunto de la crítica. En ese caso, si bien la historia básica sigue siendo la misma, el tono es radicalmente distinto: el Ripley cerebral, descubridor de un nuevo mundo de los dos anteriores casos se ha convertido en un asesino audaz e impulsivo. Por su parte, Dickie, que en las nuevas versiones es un miembro de la clase alta, refinado, dotado de simpatía y aspirante a poseer reconocimiento artístico, nos es mostrado como un matón caprichoso y consentido. A mi entender, lo que Clément hizo es convertir una historia que trataba sobre la identidad y el autodescubrimiento en un thriller bien ejecutado, pero, me animo a decir, de alcances limitados.

¿Vale la pena ver la presente propuesta de Ripley? Sin duda, a nuestro juicio es ampliamente disfrutable. Lo que nos preguntamos, sin embargo, es ¿cómo hará el realizador Zaillian, si es que hay una continuidad basada en las siguientes novelas de Higsmith (existen otras cuatro protagonizadas por el personaje) para desarrollar un Ripley dotado de un liderazgo y presencia que en esta propuesta no se alcanza a vislumbrar? Es posible que si se da el caso tengamos sorpresas agradables.



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