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Cultura | 12/01/2022

El largo viaje de Carlos Decker a Ítaca

El largo viaje de Carlos Decker a Ítaca

Juan Carlos Salazar del Barrio

Lo primero que me pregunté al tener el libro de Carlos Decker en mis manos es por qué el autor había elegido el título que eligió, “Viajar no es morir un poco”. El título me trajo a la memoria una frase de Víctor Hugo: “Viajar es nacer y morir a cada instante”, una frase que, si mal no recuerdo, el novelista pone en boca de Jean Valjean en Los Miserables.

El viaje es una metáfora de la vida misma, como toda aventura que tiene un nacimiento y una muerte, dos momentos vitales en la existencia de un ser humano. Llegar es nacer, partir es morir. 

Carlos nos dice en el título de su libro que “viajar no es morir un poco”, pero, al decir “poco”, relativiza su afirmación. A lo largo de su maravilloso texto, nos sugiere que viajar es “morir algo”.

“Cada viaje nos despoja un poco de nosotros mismos”, nos dice el autor. Se muere un poco en cada partida y se renace otro poco en cada llegada; se “muere algo” al abandonar el paisaje de origen, y se “renace algo” al llegar al paisaje nunca antes visto.

El largo viaje de Carlos es una aventura integrada por pequeñas muertes y pequeños renacimientos, que nos hablan de viejos y nuevos lugares, habitados por personajes conocidos y desconocidos, que son él mismo o muchos como él. O como todos nosotros.

Según el dicho popular, un viaje se vive tres veces: cuando lo soñamos, cuando lo vivimos y cuando lo recordamos.  El libro recoge los sueños, las vivencias y los recuerdos de Carlos de ese largo periplo.

Ibn Battuta, el gran explorador marroquí que recorrió durante veinte años parte de África, Europa, Oriente Medio, Asia central y China a mediados del siglo XIV, y contó todo lo que vio, dijo que “viajar te deja sin palabras”, pero que esos viajes te convierten después en “un narrador de historias”.

Son, pues, los viajes, los que convirtieron a Carlos en un narrador de historias. Como Roberto Bolaño, Carlos cree que la palabra exilio no existe si va unida a la palabra literatura, porque Carlos Decker ha  hecho de la palabra, aunque él no lo diga, su patria adoptiva.

No ha viajado para escapar de la vida, sino para atraparla; no ha viajado para cambiar de lugar, sino para encontrar nuevos paisajes, nuevas personas y, sobre todo, nuevas ideas, novedades que se traducen en textos como el que presentamos ahora.

Carlos Decker recorrió el mundo en su doble condición, de exiliado y periodista. Como exiliado, víctima de las dictaduras militares que asolaron el Cono Sur de América Latina en los años 70 y 80, una época  en que los conosureños se dividían, como decía Eduardo Galeano, en “aterrados, encerrados, enterrados y desterrados”. Y como periodista, conoció el terror, el encierro, las tumbas y los destierros de otros como él, pero en otras tierras calientes del orbe, como la antigua Yugoslavia, el Medio Oriente y Centroamérica, 

Pero también, como decía Cicerón, aprendió que “el destierro no es un castigo, sino un puerto de refugio contra el castigo”. En su larga odisea rumbo a su propia Ítaca, Carlos se apeó en las dársenas de muchos puertos hasta desembarcar en el definitivo, el de Suecia.

Como escribe uno de los prologuistas, Diego Valverde Villena, el libro de Carlos es “peculiar”, narrado por una voz, pero al mismo tiempo por muchas voces; la historia que cuenta, contiene muchas otras. O como dice el otro prologuista, Ken Benson, catedrático de literaturas hispánicas de la Universidad de Estocolmo, es una “miscelánea literaria en la que se mezclan reflexiones, ficciones, recuerdos, crónicas, anécdotas, apuntes y diarios”.

Yo diría que es una suerte aguayo, donde las franjas paralelas encuentran sentido y armonía en el conjunto del lienzo multicolor.

Carlos está presente en el narrador y en sus personajes. Reflexiona con voz propia y dialoga con los caminantes que transitan por el mismo camino, como quien piensa en voz alta, sobre temas que siempre estuvieron ahí, latentes y actuales para su momento, aunque la globalización nos diga que nunca fueron lo que son ni estuvieron donde están.

Y así, en ese gran aguayo multicolor aparecen tejidas y entrelazadas, unas con otras, cuestiones tales como la emigración, el racismo, la segregación, la integración, la ciudadanía, el clasismo, el etnicismo, la corrupción política, las identidades y las ideológicas, y también su preocupación por la identidad perdida, la igualdad inexistente,  la libertad perseguida y la censura siempre vigente.

En la primera parte del libro, “la breve historia de Sebastián Pérez Condori”, Carlos apela a un personaje del mismo nombre de Waldo Peña Cazas para reflexionar sobre Bolivia y los bolivianos, porque, según nos dice, conocer a Sebastián Pérez Condori, una síntesis de “dos malos vecinos metidos dentro del mismo pellejo”, es explicar a Bolivia y a los bolivianos.

Un personaje que es uno solo, Perez Ticona, y dos al mismo tiempo: Pérez, por una parte, y Ticona, por otra, pero que, sin embargo, cohabitan en una sola persona en su largo transitar por la vida. Ahí están el Pérez Ticona emigrante en la villa miseria o la zafra argentina, el Pérez Ticona soldado, el militante, hijo de la Revolución Nacional, el revolucionario exiliado en Chile; el camarada embarcado en el “viaje social del proletario y el indígena” a Moscú, Pekín o Tirana y el emigrante a Suecia…

El Pérez Ticona, en fin, que buscando la dictadura del proletariado termina encontrando la democracia. Los viajes ideológicos son tan importantes como los geográficos.

Es, pues, Carlos y los otros Carlos de la época. Uno y muchos rostros, o lo que es lo mismo, el rostro de Carlos que esconde otros rostros. Una y varias voces, unidas en el recuerdo y la palabra del autor, en una evocación inmersa en lo que él mismo describe como el “laberinto de identidades”.

Pérez Ticona es como el Juan Cutipa de Alfredo Domínguez, el pintor y guitarrista tupiceño que describió e interpretó la “vida, pasión y muerte” del hombre del pueblo, el hijo de la tierra, en una saga de 12 piezas musicales y 12 óleos de hondo contenido autobiográfico: Juan Cutipa campesino, Juan Cutipa minero, Juan Cutipa soldado, Juan Cutipa zafrero.

Pero es tal vez la segunda parte, la que da el título al libro, “Viajar no es morir un poco”, para mi gusto el texto mejor logrado, pleno de imágenes y metáforas poéticas, la que más fielmente retrata a nuestro Odiseo, el niño prendido de la mano del abuelo que se embarca en el tren provinciano rumbo a Parotani.

El niño que creció y que sintió que sus piernas se cansaron de tanto escapar y sus ojos se cansaron de tanto mirar; el niño que no entendió, porque aún era muy chico para entender, porque le faltaba ver más muerte y más guerras. ¡Y más despedidas! El niño que se hizo periodista y que vivió las pesadillas propias y las ajenas, el periodista que comprobó que toda dictadura no es otra cosa que el espejo de todas las dictaduras.

Carlos cita el poema del griego Constantino Kavafis:

“Ten siempre a Ítaca en tu mente/ Llegar allí es tu destino/ Mas no apresures nunca el viaje./ Mejor que dure muchos años/ y atracar, viejo ya, en la isla, enriquecido de cuanto ganaste en el camino/ sin aguardar a que Ítaca te enriquezca”. 

Carlos nos muestra en su libro que siempre tuvo a Ítaca en la mente, su isla de  la igualdad, la libertad y la identidad integradora;  que no apresuró el viaje, que se enriqueció en el camino sin esperar a enriquecerse en su destino.

Recorrió el camino no como el exiliado que mira y lamenta el pasado, sino como el emigrante que ve el futuro con esperanza, como todo caminante, llevando a Bolivia consigo, como el explorador que lleva la carga vital en la mochila, pensando, tal vez, como John Dos Pasos, que “se puede arrancar al hombre de su país, pero no arrancar el país del corazón del hombre”, porque, al fin y al cabo, nadie puede abandonar eso que el autor llama el “frasco del recuerdo”.

Recorrió el camino, como dije antes, en su condición de emigrante, pero también de periodista, oficio que le permitió ver los paisajes y a su gente con el ojo observador del corresponsal viajero y, en algunos casos, del corresponsal de guerra, y acumular en su mochila cuadernos de viaje, anotaciones, papelitos, como él los llama, a la manera de los exploradores de antaño.

Anotaciones que cristalizaron después en la escritura, una escritura que pasó, además, como dice uno de sus prologuistas, por “el filtro de la reflexión”, una reflexión plural, producto no solo de la observación, sino también de la lectura, una lectura enciclopédica, como se ve en el libro.

Después de tanto ir y venir, el caminante, que es Carlos, piensa que “viajar es morir una y otra vez”, pero también que es “renacer”.

Carlos cita el mito de Wu Tao-tzu, el preso chino que se dedicó desde el primer día a pintar un tren en la pared de su celda y cuando estuvo terminado, se subió a uno de sus vagones, partió rumbo a la libertad y no volvió nunca más al encierro.

Así lo imaginé al autor, pintando de niño su propio tren, al que se subió, empujado por su propio sino, en el inicio de un largo recorrido, no en la huida del abuelo, sino en procura del ideal de todo viajero, el Ítaca de los cazadores de utopías, los que persiguen “la tierra de los sueños, lejana de las leyes de los hombres”, como escribió  alguna vez nuestra Adela Zamudio.

(Texto leído por el autor en la presentación del libro “Viajar no es morir un poco” el 17 de diciembre de 2021).





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