La película boliviana –en coproducción con Perú y Uruguay– está rodada casi en su totalidad en quechua y repasa el mundo de las parteras en el área rural.
Brújula Digital|12|03|26|
Alida Juliani
Si entendiéramos la vida como un ciclo, aprendiendo del pasado para mirar el futuro, comprenderíamos el mensaje de La hija cóndor, la película que el cineasta boliviano Álvaro Olmos ha llevado al Festival de Cine de Málaga (España), un retorno a las raíces de las culturas andinas que surgió del impacto personal del director con la zona donde fue rodada.
Ese lugar es un área del departamento de Cochabamba, que Olmos ya conocía después de filmar allí Wiñay (2018), su anterior trabajo, “pero con actrices y una historia más urbana”, señala el director en una entrevista con EFE durante el certamen en el que su película compite en la sección oficial con otras 22 producciones, diez de ellas latinoamericanas.
Así que “conecté con un amigo mío de la zona y le dije: quiero hacer otra película aquí. Ayúdame a conectar con la gente y ver qué puedo contar”, explica. De ahí surgió la historia de La hija cóndor, una coproducción de Bolivia, Uruguay y Perú, protagonizada por una partera que quiere dejar su legado a su hija, frente a las aspiraciones de la joven de abandonar la comunidad y labrarse un futuro como cantante en la ciudad.
La figura de la partera estuvo inspirada en un personaje real, que el amigo del director conocía, “porque le trajo al mundo”, y con la que Olmos entabló una relación de amistad que concluyó el día que ésta falleció en un accidente. “Empecé a visitarla con frecuencia, a tomarle mucho cariño y a conocer su mundo, el mundo rural, las tradiciones. A partir de ahí también conocí a otras parteras de distintas regiones de Bolivia. Me fui interiorizando en ese universo”, indica. “Creo que mucha gente, sobre todo en el área urbana, no conocen esa realidad del país, y sin embargo esas son nuestras raíces, todos estamos conectados con eso, tenemos esa mezcla, ese mestizaje. En mayor o menor medida tenemos cultura y sangre quechua corriendo por nuestras venas, independientemente del color de piel”, argumenta.
Una realidad que atraviesa culturas
El objetivo de La hija cóndor, filmada en quechua en su mayor parte, “o en quechuañol”, matiza Olmos, era “contar una buena historia, hacer una buena película, con un guion sólido, una búsqueda profesional que fue abriéndose a otros significados”. “Lo bonito es que, además de esa conexión local, gente de muchos lugares también conecta con la historia, porque es una realidad que atraviesa cualquier cultura”, considera el director.
En la cinta coexiste lo tradicional y lo occidental (en la figura de la llegada de la medicina moderna frente a las tradiciones ancestrales a las comunidades rurales), y eso “nos ha formado como sociedad"”.
Y los beneficios de esa mezcla “no son malos”, dice Olmos en referencia a las políticas de subsidios para la natalidad implementadas en Bolivia en los últimos años. “Pero siento que muchas de ellas, incluso viniendo de un gobierno proindígena como el de Evo Morales, se aplicaron imitando modelos de otros lugares sin entender del todo cómo funcionan las dinámicas locales”. “En ese proceso, en cierto modo, se ha terminado anulando el rol de las parteras en la vida rural”, subraya el cineasta.
El cóndor y la espiritualidad
En la tradición andina, los cóndores representan la conexión entre el mundo de los dioses y el mundo terrenal. “Son mensajeros entre ambos. Las parteras cumplen un rol similar: están conectadas con lo espiritual y con la vida cotidiana, por eso hice ese paralelismo en la película”, explica Olmos.
Y al igual que en esa visión que pervive en las comunidades rurales bolivianas, el director también quiso poner en el foco el uso del quechua, una idea “que tiene que ver con la resistencia”.
“Preservar la lengua es una forma de resistir. En Cochabamba antes, incluso gente blanca o de clase acomodada hablaba quechua en la ciudad, era algo normal. Pero durante muchos años distintos gobiernos intentaron que el quechua dejara de hablarse, asociándolo solo a los indígenas. Eso provocó que se perdiera mucho y ahora se está tratado de recuperar”, recalca.
Olmos se pregunta cómo recibirá el público boliviano su trabajo, que se estrena el 7 de mayo. “Es una incógnita”, dice. Pero en los festivales europeos en los que ya se ha presentado, como en Francia o Suiza, “la gente se conecta mucho con la historia. Pensaba que sería difícil por estar en quechua, pero es una película muy humana”.
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