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Cultura y farándula | 11/03/2026   02:12

|OBITUARIO|Mi relación con Bryce Echenique|Raúl Rivero|

Ahora que el escritor nos ha dejado, me consuelo pensando que, tal vez, haya sido mejor mantener esa satisfactoria relación autor–lector sólo en el ámbito de sus libros, quién sabe cuál hubiera sido el resultado de mi entrevista entre los vahos del vodka que se bebía como si de agua se tratara.

Bryce Echenique (1939-2026) Foto RRSS.
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Brújula Digital|11|03|26|

Raúl Rivero

Me acuerdo que fue una excepcionalmente calurosa tarde de verano paceño en el último año del siglo pasado que, mientras departíamos en un café hablando de esto y de lo otro, Eric Schulze, contumaz y disperso lector, me preguntó si había leído La vida exagerada de Martín Romaña, de Alfredo Bryce Echenique.

Le contesté que no, que aún no había leído nada del novelista peruano. Poniendo énfasis en sus palabras, me animó a hacerlo; así que, unos días después me sumergía en las delirantes aventuras y desventuras del protagonista de esa sabrosa historia. Acabado el libro, me apresuré a llamar a Eric para agradecerle por el consejo, contestándome con una pregunta:

—¿De veras te ha gustado?

—¡Pero, claro! Y mucho, es amena y divertida.

—¡Ah, qué bueno! No me estaba animando a leerla; pero, ahora que me recalcas lo buena que es, me animaré a hacerlo.

Conocedor del humor del que hace gala mi amigo, no tuve más remedio que soltar una carcajada y agradecerle su original forma de aconsejarme a “echarle el diente” a la obra de Bryce, por lo que no tardé en adquirir otra de sus obras. Aunque su más conocida es Un mundo para Julios, por algún impulso del instinto de cazador de libros, preferí dejarla para más adelante; esta vez, la escogida fue su libro de memorias Permiso para vivir.

Llegado a un punto de la atrapante lectura de sus avatares existenciales, me encontré con la siguiente rememoración del autor de sus primeros días en Francia, que merece transcribirse al completo:

—“Subo al primer metro que tomé en París y me encuentro con Pity Dibos, un amigo peruano cuya dirección no había traído a París. Pity me acompañó a una dirección de correos, a dejarles una carta a mis padres contándoles que había llegado sin novedad a París y aparece el cineasta norteamericano Alan Frankovich, viejo compañero de colegio cuyas huellas había perdido desde hace años. Era como si el azar y la necesidad estableciesen vínculos por detrás de toda reflexión de mi parte, pero París como que empezaba a completarse para mí. ¿Qué faltaría entonces?

“Esto lo supe un par de días después, mientras hacía la cola para entrar a un pequeño cine de la rue Champollion. De pronto, Pity y yo nos fijamos en la nuca como de terciopelo de una chica parada delante de nosotros. Nos miramos con angustia más que con inquietud, y la chica simplemente volteó para ver de dónde venía tanta timidez y desconcierto.

Nos sonrió a Pity y a mí, nos habló casi, pero llevaba un elegantísimo saco de terciopelo marrón, mucho más caro y más bonito que todo lo que nosotros llevábamos puesto. Por consiguiente, nos correspondía a nosotros el gesto de preguntarle una estupidez. 

El tormento de encontrar una estupidez continuó hasta que entramos en el cine, siempre después de aquella sonrisa aparecida, y empezó la película y se apagaron las luces y ni Pity ni yo vimos la película por andar planeando rematar nuestra timidez y darle el encuentro a la muchacha de belleza irremediable, con el estúpido coraje de una estúpida frase cualquiera a la salida del cine. Lo demás fue silencio, silencio en la rue Champollion al terminar la película y ver cómo esa muchacha hasta detenía el paso en espera de nuestra solución al problema de lo inalcanzable.

“Años y años han transcurrido y Pity vive en Bolivia, pero ha habido encuentros en distintos lugares y siempre hemos recordado aquella escena con absoluta convicción de que nuestra vida en París y nuestra vida entera, probablemente hubiera sido distinta si hubiéramos logrado pronunciar aquella estúpida frase”.

Frené en seco mi lectura y, ya con la absoluta convicción de que el peruano se refería al mismo Pity que yo conocía y frecuentaba en Cochabamba –me lo había presentado un par de años antes Jorge Maclean, primo de su esposa Grace–, con quien habíamos charlado sobre mil cosas, pero nunca sobre esa amistad. 

Sintiendo que Pity me debía una explicación, inmediatamente tomé el teléfono fijo y lo llamé. Cuál no sería mi sorpresa al escuchar que quien contestaba al otro extremo del hilo telefónico era nada menos que Jorge, quien residía y reside aún hoy en La Paz.

—Vaya, Jorge, ¡qué sorpresa! ¿Qué te ha traído por Cochabamba?

—He venido porque hoy es cumpleaños de Pity.

Me quedé mudo. No podía creer en tanta casualidad. Acababa de enterarme que Pity era amigo de Bryce, que aparecía en un fragmento de sus memorias y, para más, el día que leo eso resulta ser el de su cumpleaños. 

Ya recibidas mis felicitaciones, pedí a Pity Dibos que me diga por qué nunca había comentado sobre esa amistad en nuestras frecuentes charlas y tertulias –las que, es verdad, se centraban más en escuchar buena música, aprovechando la fabulosa colección de discos de mi amigo—, aclarándome que, si bien la familia Bryce vivía a pocas casas de la suya en Lima, por edad, Alfredo era más amigo de su hermano mayor. Luego, con tono resignado, reconoció que, efectivamente, lo que cuenta Bryce en sus memorias es absolutamente cierto:

—Cada vez que rememoramos con Alfredo esa anécdota no podemos evitar volver a ponernos colorados de vergüenza; bueno, fue nuestro debut de tímidos e inexpertos sudacas en la ciudad de la luz.

Unos años después, en los años dorados del Espacio Patiño, cuando se traían a Bolivia escritores de fama y reconocida trayectoria, se anunció la llegada a Cochabamba de Alfredo Bryce Echenique. Poco antes de ese arribo, Pity me comentó que su amigo le había pedido que lo aloje en su casa durante su estadía en la Llajta. Inmediatamente, le pedí que aprovechara de esa visita para presentármelo y poder hacer autografiar uno de los varios libros suyos que ya llevaba leídos.

El día señalado, que era el de su anunciada presentación en el palacio de Portales, el dueño de casa me llamó para decirme que pasara después de mediodía, a fin de que me presentara al escritor; pero, advirtiéndome que:

—Como alguna vez ya te comenté, Alfredo bebe como esponja. No me ha pedido ningún plato de comida en especial, lo único que ha exigido es tener siempre a su disposición una botella de vodka y ¡no sabes cuántas ha terminado ya desde su llegada! Así que, ruega para que esté en condiciones de charlar y firmar algún libro; es más, temo por el estado en que se presentará esta noche.

Lamentablemente, los temores de Pity se cumplieron puntualmente. Llegado a su casa, Grace me dijo preocupada que, en ese momento, su esposo estaba llevando al alojado a su habitación, pues se había dormido en la mesa del comedor. 

Ya adentro, esperé pacientemente más de una hora, sin tener la suerte de ver a Bryce. Frustrado y con la condolida y silenciosa mirada de mis amigos como único con suelo, tuve que volver sin hablar con Bryce ni tener su autógrafo en su libro de memorias.

Para peor, esa noche, Pity trabajosamente pudo llevar a Portales a su amigo, que no se había repuesto de su curda. En esas condiciones, la presentación que hizo ante el público, con voz arrastrada y pastosa, fue lamentable. No pudiendo soportar el espectáculo, opté por retirarme antes de que termine su exposición.

Para mi pena, visto ese fracaso, mi única relación con Alfredo Bryce Echenique se dio en el mundo de la lectura de sus obras, la mayoría hábiles combinaciones de humor y ácidos comentarios sobre su vida y su entorno,  en el Perú como donde le tocó vivir en el extranjero.tanto.

Ahora que el escritor nos ha dejado, me consuelo pensando que, tal vez, haya sido mejor mantener esa satisfactoria relación autor–lector sólo en el ámbito de sus libros, quién sabe cuál hubiera sido el resultado de mi entrevista entre los vahos del vodka que se bebía como si de agua se tratara.

Raúl Rivero es economista y escritor.



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