Gustavo Fernández, exministro de Estado y hombre público, rememora su vida y su paso por episodios cruciales de Bolivia en su libro La caravana sigue, donde la memoria personal dialoga con hechos trascendentes de nuestra historia reciente.
Brújula Digital|26|02|26|
Gustavo Fernández S.
“Aunque tenue ceniza ya navega al misterioso mar
donde se llega sólo de noche bien anochecido,
él está aquí y es uno renacido con cuerpo y alma ilesos
en el nido perfecto de su casa solariega”
Con estos versos, de la pluma bendecida de Antonio Terán, voy a llamar, aquí, a mi lado, a Jimmy Calvo, mi compañero de toda la vida, mi cómplice, mi ejemplo.
Si hubo un amigo, fue él. Si hubo un hermano, fue él.
En la introducción del libro y en su presentación en La Paz, mencioné los dos afluentes que lo alimentan. La memoria íntima y el registro de los acontecimientos en los que estuve presente, por esas cosas misteriosas del destino.
Las primeras páginas están escritas desde las entrañas. Son tanto una evocación como un homenaje. Con el telón de fondo de la urbe campesina, un niño como tantos otros construye castillos en la imaginación, se refugia y crece en el regazo de las abuelas y la madre. Joven, descubre el amor, mira afuera, escucha y aprende, una mano desconocida lo guía y conduce en los cruces de caminos. Comienza su travesía.
Es el texto que me descubre. Ese soy yo. Allí está “mi ser profundo”, en el comentario de Fernando Reyes Matta, un querido amigo chileno. Quiero creer que el anciano que hoy juega con sus bisnietos es el mismo niño que subía corriendo las cuestas de las colinas andinas.
En los otros capítulos, el sujeto es la historia. O las historias. De varias épocas. De la Revolución Nacional, del Che, de la lucha armada, de la guerra sucia, de la integración latinoamericana, de la democracia, del exilio, del gobierno, del mar. Contadas como las viví, en primera persona. Mi presencia en horas memorables y mi relación con figuras legendarias de la historia boliviana y latinoamericana.
Tal vez por eso, al leerla, alguien me dijo, sorprendido, “hiciste tantas cosas, viviste tantas vidas, en tantos lugares”.
Ambos apartes son fruto de la memoria, inconstante y veleidosa, del encuentro de la imaginación y del recuerdo. Al fin de cuentas, tu memoria es tu vida, irreparable e irrepetible. Voy a pedir la ayuda de Roberto Calasso, otra vez, que escribió en las Bodas de Cadmo y Armonía, que “lo que existe por una sola vez y por poco tiempo no puede ser comparado con ningún otro bien”
Si, eso es cierto, pero Marco Antonio Mastrobuono –la tarde atroz que me contó que su hija estaba gravemente enferma– me enseñó que somos parte de algo más grande, que llamó la caravana, cuya caminata empieza en tu familia, tus amigos, tu sangre.
Y, en la escala de la política, tu país, tu gente, tu cultura, tu historia, tus montañas y tu paisaje.
Tu vida se explica por la caravana. No estás solo, nunca estás solo.
Ahora que he vuelto a ver este libro, ya completo, encuadernado, encuentro que, sin quererlo, sin proponérmelo, se filtra entre líneas un mensaje sobre el país, el centro real de mis andanzas, como una fuga del subconsciente. En realidad, lo había escrito antes en un artículo que publicó El Deber, en agosto de 2022, que terminaba con estas palabras:
“Para ser franco, no me atormentan mucho las peleas de cantina de las redes sociales ni el desorden y pobreza de las organizaciones políticas, en este momento universal de confusión y búsqueda. Estoy convencido, porque lo he visto en las calles de todo el país en las jornadas dramáticas de estos últimos años, que se acerca un radical cambio generacional de ideas y liderato.
Tampoco me hago ilusiones sobre una travesía apacible. Registro todos los días cómo crece la sombra del narcotráfico, el crimen organizado, el fundamentalismo de todos los colores. No será un viaje fácil y placentero. Nunca lo ha sido. Bolivia, no es un pueblo castigado, perdido y olvidado ni un paraíso oculto en las montañas y la selva. Es un país antiguo y nuevo, que sigue construyéndose, cada día más cerca de su destino”.
Dejemos aquí estas disquisiciones. Volvamos al libro.
Samantha Nogales, amiga y consejera, me comentó que escuchaba mi voz cuando lo leía, le parecía que yo le hablaba, inclusive con pausas, desde la página abierta, Florencia Ballivián me dijo lo mismo. Las dos me dan pie para citar de nuevo la hermosa frase de María Couto, “detrás de las letras están las voces”.
En mi caso, cuando lo escribí, primero escuché las voces y luego traté de ponerlas en el papel.
Era la memoria que se abría paso y quería hacerse oír. Sin que yo la convocara, tocaba la puerta. Quería volver.
Al final, estas quinientas y tantas páginas son eso. Una manera de volver.
De esa forma, retorné al mar y a las montañas; a los huertos de Cochabamba. En medio del paisaje y el tumulto, uno a uno, los personajes tomaron cuerpo, ocuparon su lugar y mi escritorio empezó a poblarse y las páginas a escribirse…
Cada llamado, venía no solo con la imagen, sino con el ambiente, la luz, las circunstancias. El humo del cigarrillo en el escritorio del Dr. Siles en Palacio Quemado; la habitación desnuda del gobierno en la clandestinidad en Cota Cota; la sala de Gabinete con la silla vacía del Dr. Siles, tres entre varios momentos.
Esa jornada se cierra esta noche con mi regreso a mi ciudad, Cochabamba, en la que ya no vivo pero de la que nunca me he ido. Con los ojos nublados, vuelvo a ser, por un instante, el que era entonces. Siento en los huesos que es mi tierra, mi llajta. Me dice: buenas noches, estás en casa, en tus principios. Esta es tu gente, la de antes y la de ahora. Abrázala, agradécele.
Es lo que quiero hacer con todos, con ustedes y con los que partieron, abrazarlos, agradecerles desde el fondo del corazón, empezando por cierto con quienes presentan el libro esta noche: Marité Zegada, Erika Brockmann, Roberto Laserna y Lucho Gonzáles, que han sido tan generosos conmigo esta noche de febrero.
Y a ti, Jimmy, por tu vida.
BD/RED