Alguna vez leí que Virginia Wolf decía que una autobiografía, honradamente escrita y de buena pluma, es una de las artes mayores de la literatura. Y así es La caravana sigue.
Brújula Digital|25|02|26|
Luis González
Comentario sobre el libro de memorias de Gustavo Fernández, La Caravana sigue, leído por el autor de esta crónica.
Cuando Gustavo me hizo el honor de invitarme a presentar sus memorias, primero me negué, pues soy consciente de las limitaciones propias de un militante del club de los octogenarios. La mayoría de sus miembros, como yo mismo, ya nos hemos olvidado de hablar de corrido y hasta de leer en voz alta. Pero Fernández insistió y me dijo, en términos muy suyos, es decir, con autoridad: “¡Tienes que hacerlo, tú me has metido en este lío!”.
Se refería a cuando, en épocas de la pandemia, según recuerdo, me dio a leer unas crónicas, evocaciones de los tiempos remotos de su niñez y primera juventud, envueltas en su prosa directa, vibrante, fresca.
Quedé impresionado y me reconvertí en un hincha suyo para que escribiera sus memorias. Insistí casi hasta la majadería.
Coincidí con Gustavo en el colegio Bolívar, allá por el año de 1955. Él terminaba la secundaría y yo la empezaba. Resultó que el colegio de La Salle invitó a nuestro equipo de básquet al estreno de su cancha y se programó coronar esa jornada con una esperada victoria sobre su rival histórico.
El “Negro” Fernández (después fue “Toto”), el “Pollo” Camacho y el “Tartaja” Juanito Coronel Quiroga eran la columna vertebral de nuestro conjunto que, llegado el momento, le dio a los lasallistas una soberana paliza. Yo formaba parte de la barra brava y me convertí por vez primera en hincha del “Negro” Fernández.
Ese año el Gobierno planeó intervenir las universidades para acabar con la autonomía. Los estudiantes la defendíamos. Pero solo Toto y pocos de sus compañeros dirigentes tenían alguna idea de esa causa. Nosotros, los más chicos, íbamos tras ellos por la sana aventura de romper algunos vidrios del edificio prefectural y aumentar nuestra adrenalina.
También me dio a leer sus primeros recuerdos de Arampampa, su pueblo natal, situado en las montañas que se alzan desde el río Caine, en el norte de Potosí; de los humildes conventillos en que vivió; de la Cochabamba que lo asombró en su niñez y que no abandonaría hasta salir profesional; del niño que jugaba con pelota de trapo y a pie descalzo. Y los retratos de sus abuelas y de su madre, páginas repletas de ternura y amor profundos. Después, y de ahí en más, de Charito, Rosario Méndez, el amor de su vida, su contención, la madre de sus hijos, su amiga, su cómplice y todo como diría el poeta.
Casi inmediatamente después de graduarse de abogado comenzó su camino internacional y se fue formando el hombre hecho a sí mismo que todos conocemos.
La integración con nuestros vecinos es la esencia de su trabajo, siguiendo el sueño de la patria grande que encandiló a nuestros libertadores. En su aplicado estilo narrativo, nos detalla su paso por la consolidación del grupo andino, el Acuerdo de Cartagena y el Sistema Económico Latinoamericano. Finalmente, en sus cinco años con base en Ginebra, invitado por la Cepal y Naciones Unidas, aportó en el diálogo Norte-Sur.
Aunque ya es un maestro experimentado, nunca pierde la curiosidad y siempre está listo para aprender como el primero de sus días de funcionario internacional. Los capítulos del libro van recorriendo, como en una película de acción, su gestión y sus logros… y el cariño de los amigos y compañeros de trabajo.
Esta su opera magna refleja la personalidad de Fernández, su tenacidad, su capacidad de sistematización, su disciplina y su condición de lector pertinaz. Guardo su imagen escribiendo notas en todas las reuniones del gabinete del que formamos parte desde 1989.
Volví a constatar esta su práctica en las misiones de observación electoral de la OEA: Gustavo apunta la fecha, el contenido y las conclusiones de la reunión, además del nombre de los participantes. Una fórmula que aplica siempre en sus juntas de trabajo. Estas notas archivadas constituyen también los cimiento del libro.
Aunque las ciudades y países del ancho mundo se cuelan a cada instante en “La caravana sigue…”, el autor advierte que no es un libro de viajes. Yo digo que también lo es. Las ciudades van pasando a través de su mirada de atento observador. De su mano las conocemos o las reconocemos.
Más aún, escribe reflexiones sobre los países que lo acogieron: su historia, su literatura, su economía, el carácter de sus gentes que quedan así expuestos, arropados por la cercanía de sus recuerdos, más que por los meros números y las estadísticas.
Los países de nuestra América le duelen. Las dictaduras lo agobian y él las abomina. Toto condensa esos largos años con esta frase: “Callaron los fusiles, queda apenas el silencio de los desaparecidos”. Su sentimiento solidario es tan hondo y sincero que llega a cuestionarse la comodidad de las altas posiciones conseguidas como funcionario internacional, mientras sus amigos, en varios países, son tragados por la máquina de las tiranías.
Fernández es ya el paladín de la integración regional, pero nunca abandona ni olvida su identidad cultural, su rincón, sus montañas andinas. Un reloj interior le resuena cada vez con mayor fuerza: tic tac Bolivia, tic tac Bolivia. El coro íntimo es determinante para decidir su retorno. Y Gustavo vuelve…
Inmediatamente lo fichan, le dan su lugar. Padilla inventa, para él, el Ministerio de Integración, Guevara lo nombra canciller. Entonces vuelca toda la envergadura de sus conocimientos y relaciones personales en la ensoñación de los bolivianos de volver al mar. Queda en la memoria colectiva el triunfo en la IX Asamblea General de la OEA, realizada en La Paz en 1979. Guevara y Fernández son sus artífices.
Momentos dramáticos se sustancian inmediatamente. Los frágiles acuerdos políticos culminan con el golpe de García Mesa. Nuestro escritor emprende el camino del exilio.
Una anécdota de las muchas que recoge el libro: el excanciller es un “buscado”, pero se arriesga y transita a cara descubierta por los controles de Inmigración. A veces lo obvio pasa desapercibido, como nos enseña el tierno personaje literario de Saint-Exupéry, el Principito.
Con el retorno de la democracia hace su nueva Ítaca. Repite la Cancillería con Siles Zuazo (incluido el interinato de las 24 horas dramáticas que funge como jefe del Estado durante el secuestro del presidente).
Contribuye organizar políticamente un equipo notable de profesionales independientes de tendencia socialdemócrata. Son “los galácticos“, hombres y mujeres que serán la base de la Nueva Mayoría.
El próximo destino de la caravana: la candidatura a la Vicepresidencia de la República con Jaime Paz Zamora. No obstante, pone este cargo a disposición del MIR en las tratativas para constituir el acuerdo con Banzer (ese Banzer que ya hizo su camino de Damasco para devenir en demócrata sincero).
Sin embargo, le espera arduo trabajo al lado del presidente Paz Zamora. De CasiMir (como lo bautizara años antes Guillermo Bedregal con sus decires venenosos) pasó a la militancia. Se le creó el cargo de Ministro de la Presidencia, fue jefe del Consejo de Ministros.
En esos cuatro años, Fernández jugó la acumulación de sus talentos a una sola partida; es decir, hacer resueltamente el trabajo de institucionalización y ordenamiento del Estado. Aprobó la tarea, aportando instituciones más sólidas.
De las decenas de entrevistas y amplias conversaciones que ha mantenido a nivel internacional y de las cuáles Fernández nos da cuenta, yo rescataría las que mantuvo con los presidente Ricardo Lagos y Fernando Enrique Cardoso. Son imperdibles por su importancia, profundidad y proyecciones.
Todavía servirá, con otros presidentes, como embajador en Brasil y cónsul general en Chile.
Falta decir que la autobiografía refleja fielmente al hombre y sus circunstancias. Destacan entre ellas sus amigos, sus colegas y la gente sabia de la que tanto ha aprendido.
Él es ya un importante maestro. Comprende al país en la región y en el mundo. Por eso el libro está salpicado de los entretelones de la política y de sus intrigas; de los secretos que guardan sus grandes actores y los principales colaboradores de éstos.
Ensaya distintas semblanzas, de las que sobresalen las de los cuatro presidentes civiles más importantes de la Bolivia de las últimas décadas del siglo pasado: Paz Estenssoro, Siles Zuazo, Guevara Arze y Paz Zamora, prisioneros del Palacio Quemado en la soledad del poder.
También analiza las contradicciones de la democracia ya que el libro es una historia vívida del país y del espíritu de una época.
Eso sí, escapa de las autobiografías al uso de algunos de nuestros políticos contemporáneos. No la utiliza como arma arrojadiza para expresar rencores, ni para auto exculparse, ni para cobrar cuentas a los examigos o a los adversarios.
La vida de Gustavo Fernández, como la de todo actor importante, tiene luces y sombras. De lejos, le reprochan cierta soberbia intelectual, o evitar la carcajada ruidosa y franca, o su gesto a veces severo y solemne. De cerca, lo apreciamos como el hombre andino bajo el disfraz de caballero inglés, urdiendo respuestas irónicas, de humor agudo y de travesuras dialécticas.
Pero nadie niega su talento para sistematizar, argumentar y concertar. Trata de convencer antes que vencer. Porfiado soldado de la democracia y de la modernización del Estado, tiene las ideas claras y a veces posiciones irreductibles. Sin embargo, es capaz de hacer profundas autocriticas cuando toca.
Es un hombre público de los esenciales. Además, es un ser humano emocional y tierno; y sobre todo, un leal amigo.
Su obra de hoy pareciera estar definida por las palabras de una gran literata del siglo pasado. Alguna vez leí que Virginia Wolf decía que una autobiografía, honradamente escrita y de buena pluma, es una de las artes mayores de la literatura.
Y así es La caravana sigue.