La reconocida actriz mexicana estuvo hace algunas semanas en La Paz, por un tema empresarial, y aprovechó para conocer a fondo la ciudad y la gastronomía boliviana.
Brújula Digital|18|02|26|
Aunque es más conocida por la telenovela Para volver a amar, Sophie Katz es sobre todo actriz de teatro (destacó en una adaptación de Hamlet, entre varios otros proyectos) y últimamente incursionó en teleseries como XY y en cine: El más triste adiós.
Pero esta inquieta mexicana de padres franceses, no se limita a la profesión actoral: es, además, una activa empresaria; y precisamente gracias a esta faceta, estuvo hace algunas semanas en La Paz, donde quedó asombrada por el teleférico, el vino tarijeño y el queso humacha, para no hablar del teleférico y el café… y mucho más.
Brújula Digital conversó, vía telefónica con esta bon vivant que no ahorra detalles sobre sus ajetreados 10 días en la sede de gobierno, y afirma que si algo deben hacer los bolivianos es apostar a que “se hable de Bolivia en el mundo”.
Sabemos que estuviste en Bolivia, pero no precisamente por tu actividad actoral.
Estuve en este diciembre pasado. Es la primera vez que toco territorio boliviano. Fui por dos cosas muy particulares que no tienen que ver con proyectos de actuación. Por un lado, parte de mi familia se ha dedicado al alumbrado público, a poner iluminación, luces arquitectónicas y sistemas de audio en teatros, en recintos culturales.
Ya se hizo un primer proyecto que terminó exitosamente en las calles de Cochabamba. Entonces fui a La Paz a conversar sobre este mismo esquema de negocio: un tipo de iluminación que es ahorradora, lo que hace que el gobierno gaste menos en la electricidad y esos recursos puedan ser, a su vez, reinvertidos en ya sea más iluminación o en otras necesidades de la población. Fui un poco a hacer trabajo de diplomacia para darle seguimiento a este proyecto de Teletec de México, y me reuní con el alcalde Iván Arias.
La otra, es una razón súper agradable: recientemente conocí al periodista y escritor Juan Carlos Salazar; lo conocí a través de su hijo Rodrigo Salazar, aquí en México, quien me hizo la invitación de ir a conocer La Paz y se juntaron esas dos razones.
Al margen de esta actividad, ¿qué experiencias tuviste? ¿cuáles fueron tus impresiones?
Nada más llegar sentí un poco el mal de altura, pero después de una hora de estar ahí y haberme comido una salteña, todo pasó. Probé las salteñas por primera vez en mi vida y estoy absolutamente enamorada, por una razón: porque muchas veces comes empanadas y saben secas, ¿no? Las empanadas que tenemos (en México), que vienen un poco también de la cultura argentina, no tienen tanto jugo como las salteñas, y nosotros en México somos salseros; o sea, a todo le echamos salsa, y si es picante, mejor. Entonces el hecho de que las salteñas tuvieran tanto jugo –obviamente no logré que no se me cayera todo el jugo y perdí todas mis apuestas– me fascinó. Así como todo en La Paz.
A ver, entonces, háblanos de tu experiencia paceña.
De Bolivia solo conocí La Paz y me voló la cabeza. Y todo lo demás fue conocer gente. Mira, te voy a decir, una de las cosas que me llamó muchísimo la atención: yo nunca he estado en una ciudad en donde la gente que te presenta su ciudad esté tan enamorada de ella y te hable de manera tan efusiva de ella.
La impresión que tengo de La Paz, y esto es algo como que todo el mundo tendría que saberlo, es que es una ciudad –y esto es único en su tipo– que puedes conocer prácticamente en su totalidad a nivel terrestre si la caminas, pero también a varios metros de altura si tomas el teleférico, que también es una de las arquitecturas tecnológicas únicas en el mundo.
Y también (me queda en la memoria) todas esas manifestaciones que me tocaron –estando allá en diciembre– de un pueblo que se hace escuchar, de varios sindicatos que no se intimidan por entes gubernamentales; y bueno, me tocó (ver) dinamita en las calles, en manos de los mineros, pero también, en otros días, de sindicatos de Luz y Fuerza, de trabajadores agrícolas… y bueno pues, gente protestando por este problema que tienen de ya no poder subsidiar la gasolina, que es un problema exacto que también tenemos en México.
Con seguridad, aparte de esto, hay muchas otras similitudes
Tenemos tantas cosas (en común) que de pronto… Bueno, los colores. Los colores que tienen en sus calles, en los mercados, un poco el caos vial. Todo eso me resuena muchísimo a lo que tenemos en México.
Hablas de los colores; imagino que también notaste paisajes y muchos otros elementos únicos, ¿te imaginarías filmar en Bolivia? ¿Te gustaría?
Por supuesto. Teniendo geográficamente la posición que tienen en el planeta; es decir, imagina esa imagen vista en pantalla cinematográfica. Me parece que le volaría la cabeza a mucha gente.
El problema que tenemos los países latinoamericanos es que a la cultura siempre la rezagamos hasta el último. El cine, por ejemplo, pues es un deporte caro y se necesita muchos recursos para hacerlo de manera óptima. Pero a su vez, cuando cierra, o sea, cuando se filma una película, deja recursos. Las filmaciones cinematográficas o también de televisión, son excelentes dadoras de recursos, porque se contrata gente que trabaja in situ para diferentes labores.
Volvamos un poco a tus experiencias en La Paz: paseos, comidas…
Estuve en el mirador de Killi Killi, caminé por el Valle de las Ánimas, vi a distancia el Illimani, vi toda La Paz desde el teleférico… conocí la cultura de los cholets y ¡me voló la cabeza!
Hice el recorrido por la Calle de las Brujas… me interesó toda la cultura de la coca; tienen tantas cosas: la Feria 16 de Julio, una de las más grandes de Sudamérica.
Uno de tus primeros encuentros con la cultura boliviana, contabas, fueron las salteñas, pero, entendemos que eres una amante de la gastronomía. ¿Qué probaste, qué es lo que más te gustó?
Del lado de mi madre soy muy cercana a la cultura francesa, donde hay más de 300 variedades de quesos. Me dijeron que en Bolivia ¡tienen 300 tipos de papas distintas!, eso es impactante.
Todo el mundo habla de la gastronomía peruana, pero ¿y la boliviana? De todo lo que pude conocer –soy una gran probadora gastronómica, aprecio mucho la buena comida–, te puedo decir que el chuño me fascinó, que uno de mis platillos favoritos del “mundo mundial” es el queso humacha: podría comerlo diario. Si alguien me dijera ¿cuál es la última comida que quieres?, escogería el queso humacha.
¡Y también tienen vinos! Los vinos de la zona de Tarija que pude probar son extraordinarios. Nada más por eso regresaría yo a Bolivia. ¡Y el café que tienen!: se habla del colombiano, ¿por qué no del boliviano?; se habla del cacao brasileño, ¿por qué no del chocolate boliviano?
También probé cervezas, la Paceña me fascino, pero la que me encantó más fue la Huari. Y en Navidad probé la picana, como se debe; y probé el singani, solito, como se debe.
Diez días no son mucho tiempo para conocer una ciudad, y menos un país, pero por lo que cuentas, los aprovechaste al máximo. ¿Qué puedes decirles a los paceños, a los bolivianos, tras tu primer encuentro?
Si en algo tiene que invertir Bolivia, es en proyectarse al exterior… sé que, de pronto, no es prioridad, que hay cosas más urgentes; pero esto, a la larga, genera recursos. Si en algo deberían poner el foco los bolivianos, es en la posibilidad de que se hable de Bolivia en el exterior. Solo pisé La Paz, 10 días, y todavía no entiendo por qué el mundo entero no habla de este país, por qué no sabe más de este país.
BD/KD/MZS