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Cultura y farándula | 12/02/2026   01:04

|RESEÑA|Cierto, es tinta indeleble|Raúl Rivero|

"Tinta indeleble" reúne más de 35 años de periodismo de Raúl Peñaranda: crónicas, defensas del oficio, denuncias judiciales y retratos de figuras como Paz Estenssoro y Vargas Llosa. El libro combina memoria, ética y viajes, y deja una huella crítica y duradera en el lector.

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Brújula Ditigal|12|02|26|

Raúl Rivero Adriázola

Al recopilar más de un centenar de artículos y recuerdos de 35 años de ejercicio profesional, Raúl Peñaranda nos permite dar un sustancioso repaso a su carrera periodística en Tinta indeleble –unos dramáticos, otros fascinantes y también los hay insólitos, risueños y muy personales–. El libro deja marcas imborrables en la mente del lector, o sea, es efectivamente tinta indeleble. Empero, me atrevo a afirmar que es algo más, es impresión a fuego en la conciencia, la memoria y también los prejuicios de quien se sumerge en él.

Con la obvia dificultad de abarcar en un artículo de opinión todos sus ensayos y enfoques, nos podemos referir a algunos que son imperdibles. Por ejemplo, su defensa de Kapuscinski –un maestro del periodismo para los entendidos y maravilloso narrador para nosotros los profanos– no solamente es justa, sino que nos permite recordar que el buen periodismo no está reñido con la especulación, mientras esto se le aclare al lector, ya que puede servir para mejorar o, incluso, esclarecer el contexto del relato.

También en la línea del alegato, esta vez en el ámbito estricto de la justicia –la urgente y siempre postergada tarea pendiente que sufrimos los bolivianos de parte de nuestros gobiernos y sus legisladores–, los artículos referidos a los terribles casos del doctor Jhiery Fernández, Odón Mendoza  y William Kushner nos estremecen y nos recuerdan que el periodista –como hace Raúl– tiene la obligación de cuestionar a la sociedad, cuando ésta asume para sí el equivocado rol de tribunal con derecho a imponer su veredicto, más allá de leyes y evidencias.

Sabemos de las dificultades y problemas que sufrió Raúl durante la larga noche masista, por eso es que, sin recurrir al victimismo y manteniendo su reconocida ética profesional, la disección que hace de ese ominoso período para la prensa libre es muy útil, recogiendo momentos o acontecimientos, así como haciendo ejercicios de imaginación, que nos permiten no solamente comprenderlo mejor, sino encontrar argumentos para impedir que Bolivia atraviese a futuro por un período similar.

Llama la atención su retrato escrito de quien ha sido, seguramente, el personaje más importante de la política boliviana en el Siglo XX, Víctor Paz Estenssoro, con quien tuvo el raro privilegio de conversar en su retiro de Tarija y al que lo califica como el homo politicus por excelencia, inmerso en esa obsesión hasta el último día de su vida. Siempre hermético y poco dado a las efusiones personales, el Dr. Paz muestra una poco frecuente empatía con su entrevistador, lo que hace más valiosos los testimonios obtenidos en esos encuentros.

Personalmente, me parece envidiable el tiempo que le dedicó a Raúl el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, aunque no sorprende a quienes lo conocimos en persona que sus respuestas hayan sido amables, sencillas y, lo más destacable, llenas de afecto hacia este país y, sobre todo a Cochabamba, la ciudad que –como él siempre se encargaba de recordar– fue escenario de lo mejor que se sucedió en la vida: aprender a leer y escribir. Imagino el sonrojo de Mario cuando confiesa que metió la pata develando que su personaje el escribidor Camacho era inspirado en Raúl Salmón.

Y sorprenden por lo disímiles y por el buen gusto con que los enmarca, sus artículos dedicados a vivencias viajeras en la Patagonia, Japón, Jerusalén, las Islas Malvinas o la Muralla China; más aún, las dedicadas a paisajes y lugares de Bolivia, cuya variedad y capacidad de sorprender al viajero no acabamos de reconocer y valorar los propios bolivianos. Como relata Raúl, todavía me estremezco al constatar que dos osados periodistas cruzaron el río Acre a ¡nado y a medianoche! Los que conocemos ese lugar diríamos que sólo la osadía suicida o una gran desesperación puede llevar a lograr tal hazaña y, además, salir indemnes para contarla.

Por último, considero que hace bien Raúl en incluir en la obra sus recuerdos infantiles y juveniles, que sirven de contexto para entender de dónde la nace la vocación y el gusto por su profesión y, sobre todo, el interés por temas tan diversos, los que en sus artículos maneja con soltura y sólido conocimiento.

Como se trata de un ambicioso viaje en el tiempo, en el espacio y en el pensamiento de más de tres décadas de periodismo, el libro de Peñaranda no está concebido para leerlo de una sentada y, con seguridad, será un buen texto de lectura para todo estudiante de periodismo y también un gran compañero en la mesa de noche, para leer y releer algún artículo en momentos de curiosidad o de desvelo, o entre lecturas más largas. Tinta indeleble sirve para recordar cosas interesantes y también temas importantes, aquellos que vuelven a estar vigentes y otros que tras largos años aún siguen siendo incógnitas o aún no encuentran solución cuestionando a quienes les “calza el guante”.

Raul Rivero es economista y escritor.





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