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Cultura y farándula | 06/02/2026   07:18

|COMENTARIO|La interpelación de Gisela Derpic en sus palabras|Mateo Rosales|

El libro "En mis palabras", de Gisela Derpic, es un ejercicio honesto y crítico de memoria política. Desde su origen sureño, la autora revisa su vida, la izquierda, la fe, el poder y la democracia.

“En mis palabras. Recuento de mi vida política” de Gisela Derpic/Editorial
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Brújula Digital|06|02|26|

Mateo Rosales  

Cuando empezaba a leer el libro “En mis palabras. Recuento de mi vida política” de Gisela Derpic, me percaté de estar frente a un ejercicio profundo de memoria, de conciencia crítica y de valentía intelectual, que no nace de la nostalgia ni de un ajuste de cuentas, sino de la decisión de pensar la propia vida como materia legítima de reflexión histórica y política. Una reflexión que ella hace sin complacencias, sin silencios estratégicos y sin disfraces ideológicos. 

Gisela reivindica la cuna sureña de su palabra, esa región que abraza a Chuquisaca, Potosí y Tarija, siempre confinada a los pies de nota de los grandes relatos sobre la historia de Bolivia. Desde ese punto neurálgico es que la autora vive, piensa, interpela y siente el ciclo de su vida y el desarrollo político de su país. No se trata de un mero dato geográfico; es una toma de posición a considerar para la comprensión cabal de su escrito.

En tiempos donde la palabra suele ser liviana, la palabra selectiva y los pensamientos egoístas, “En mis palabras” nos ofrece más bien un texto exigente, elegante sin estridencias, que puede resultar incómodo para algunos pero profundamente necesario para el mundo democrático entero. Sin consignas y sin odio, desafío pendiente para el mundo académico. 

La incomodidad provocada por este libro viene de lo políticamente incorrecto, del cuestionamiento de los relatos heroicos, de la denuncia de abusos normalizados y de la negativa a aceptar que la historia reciente, la democracia, la libertad y la esencia misma de las personas tengan dueños exclusivos. 

“En mis palabras” es la historia de una niña formada en el catolicismo riguroso, que fue seducida por la utopía revolucionaria, habiéndose convertido en una militante en la lucha contra la dictadura y que hoy es una intelectual crítica del poder, con un alto grado de madurez que se manifiesta en este libro que es el espejo de las tensiones que han marcado el poder en Bolivia y América Latina donde de alguna manera nosotros mismos nos vemos reflejados, como individuos y como sociedad. 

Desde las primeras páginas la autora asume el papel de juez y parte con una imparcialidad poco frecuente, y nos presenta su historia, con pasajes desconocidos para muchos como yo que no sólo la descubren a ella a través de la lectura, sino a la política boliviana. Están narrados en la misma prosa cuidada de los artículos semanales que Gisela publica regularmente cada semana.

Comienza desde su Potosí natal y va a través de los laberintos de la militancia de izquierda durante las dictaduras militares, pasando por la transición democrática, el ejercicio de la función pública, del liderazgo, hasta el profundo desencanto por ese fenómeno terrible que se ha denominado como “socialismo del siglo XXI”. 

El recorrido personal, histórico y reflexivo de Gisela en ese camino no es lineal ni cómodo. Es como la vida misma, lleno de quiebres, contradicciones, aprendizajes y heridas que en estas páginas no sólo se relatan sino que se reflexionan. Ese es uno de los grandes méritos de esta obra, su cuestionamiento permanente.

Especial atención merece la honestidad con que se abordan las propias convicciones, en un testimonio que revise sin cinismo ni egoísmo pero a la vez sin indulgencia también, la relación entre fe, izquierda, revolución y poder, tan presente en ese contexto histórico en Bolivia y en otros países de Hispanoamérica. La democracia se fortalece cuando se escucha a quienes se atreven a pensar distinto, incluso cuando vienen de nuestras propias filas. Tiene mayor importancia en la actualidad.

Gisela se atreve a decir en varios pasajes “me equivoqué”; pero con más valentía aún se atreve a explicar por qué no fue un error ingenuo, sino el resultado de una constelación de ideas, afectos, influencias religiosas, familiares e intelectuales que marcaron a tantas generaciones en esas décadas tan difíciles. 

“En mis palabras” es un libro atravesado por el afecto. Es que no hay política sin afectos ni memoria sin dolor.  Las figuras familiares, los maestros, los compañeros, los muertos, los silencios, sobre todo ese hilván que han marcado y todavía marcan a todos los bolivianos. Esa dimensión humana hace que la obra sea un testimonio vivo que interpela desde el cual la autora invita a leerla con algunos fragmentos como: “Tomar conciencia de la concurrencia de los grandes y pequeños acontecimientos del curso de la vida” o “la libertad y la justicia existen parciales e imperfectas en la compleja realidad de nosotros mismos”. 

Esta es una obra compleja y real escrita con un nivel de pensamiento maduro, con una idea que la atraviesa longitudinalmente y de forma silenciosa: la consecuencia. No la consecuencia dogmática sino la ética que se corresponde con la fidelidad a la verdad, tal como se la comprende en cada momento de la vida, y la valentía de revisarla cuando la realidad la desmiente. 

Abogado especialista en relaciones institucionales y asuntos públicos. Gestión, engagement, incidencia positiva.





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