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Cultura y farándula | 01/02/2026   02:20

|CUENTO|El príncipe de las máscaras fracturadas|Rodrigo Muñoz|

La orgía mental lo precipita todo hacia una vorágine donde la estabilidad muere y el caos, una vez desatado, no distingue entre reyes y súbditos

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Brújula Digital|01|02|26|

Rodrigo Muñoz Reyes

Aquella madrugada de junio, Santa Cruz despertaba azotada por una fría llovizna que traían los gélidos vientos del sur. Muy temprano, cuando la niebla empezaba a despejar, Elmer Vera salió de su humilde morada con la mente fija en las diversas tareas que ese día quería realizar. Se dirigió apresurado al viejo depósito donde guardaba fardos de ropa usada que iba distribuir a miembros de su gremio de comerciantes. Cargó varios bultos en una carretilla hechiza de tres ruedas que hizo con una bicicleta vieja, y se dirigió pedaleando a la feria del miércoles con los bultos a cuestas. Las ruedas chirriaban aplastando el barro de las callejuelas, viejos alumbrados empujaban la penumbra matinal. “Hoy me ganaré buenos pesos si logro colocar esta merca”, pensó, pero una ansiedad maldita no dejaba de atormentarlo.

De adolescente, en esas mismas calles donde emigrantes de provincia desafían a diario la pobreza urbana, años antes, Elmer soñaba con imponer justicia y remediar las desgracias que castigan a sus vecinos al llegar a la ciudad. Su vida encarnaba la frustración de una generación criada bajo la propaganda oficial de un “buen vivir”, que solo engendró más pobreza y una oscura decepción. Creció observando de lejos el derroche público más vil de un régimen populista impostor, hundido en un lodazal de corrupción sin par en la historia de su país, mientras la élite devoraba los sueños y esperanzas de toda su generación. Al terminar la escuela fiscal –de las muchas que deambuló–, decidió que ser miembro de la fuerza del orden sería el camino más efectivo para escapar de la pobreza en que creció. En la plaza central vio con fascinación a oficiales desfilar montados en enormes y briosos caballos. Imaginó el sabor a gloria y poder; muy dentro de sí, fantaseaba con sentir esa autoridad en los desfiles cívicos, luciendo el uniforme verde olivo bien planchado y reluciente, y juró llegar a ser uno de ellos.

En el silencio del amanecer, mientras acarrea los fardos a la feria, Elmer escucha voces furtivas que murmuran en su cráneo: “Eres el único que puedes combatir la corrupción de esos abusivos. Solo tú puedes liderar a los oprimidos y hacerles justicia”. Su mente –laberinto de espejos rotos– lo proyecta como libertador glorioso, pero antes debe convencer a compañeros que discuten sus ideas, o luchar contra quienes traicionan al pueblo. A media mañana, ante un vendedor que duda bloquear las calles del centro, con impaciencia y ojos inyectados en sangre lo grita: “¡Decídete de una vez, carajo! ¡No seas maricón, o quieres morir a la sombra de los ricos!”. El hombre retrocede, presagia conflictos e intuye en esa ira estar frente a un dictador en potencia.

Ahora, luego de dos largas décadas, dentro de su ostentosa oficina en el palacio de época republicana, Elmer se relame los labios, incrédulo aún de saberse dónde ha llegado. Con la mirada fija en la cámara de su celular, empieza a grabar otro mensaje más para sus redes sociales. Está orgulloso de su habilidad para comunicarse con “su pueblo”. “¡Ellos me conocen, pronto seremos invencibles!”, repite en su mente, mientras imagina miles de pantallas que se iluminan como un mar de antorchas. Una penetrante alucinación lo embriaga: él, un emperador imponente, pisoteando ingratos gusanos que se retuercen a sus pies. Sueña con miles de seguidores disparando emojis de fuego, que coléricos repiten sus acusaciones. En la turbulencia de su mente, divisa dudas –no admite ninguna disidencia–. Pronto, su rostro se contrae; el tirano interior despierta, bloquea cuentas que osan cuestionarlo. “¡Ingratos de mierda! ¡O me siguen o los elimino!”, piensa con bronca, y el aire se espesa con el peligro de su paranoia impulsiva. Pasan las horas y otra sospecha crece descontrolada dentro de su ser: “¡estos traidores de mierda están gestando a mis espaldas un decreto contra el pueblo!”. Entonces se disparan mil ideas para denigrar a sus exsocios políticos.

Recuerdos del pasado lo agobian de nuevo. Se ve con trece años, acurrucado bajo un techo de calamina que gotea promesas rotas del “buen vivir”. Su madre tose sangre en la penumbra, mientras él debe buscar comida en basurales del mercado, por encima del lodo. La academia nacional de agentes del orden resultó una falsa ilusión y una farsa total –materias aburridas, peleas con camaradas, reglas rotas y denuncias de corrupción ignoradas– culminaron en su expulsión. Ese vacío existencial lo perdió en un eco de exclusión devastadora, que ahora brilla en sus TikTok nocturnos. Aquel alejamiento forzado inició su leyenda personal: el “Justiciero Solitario”. Encontró su lugar en redes sociales como paladín de una “limpieza moral” implacable, exaltando rencores y venganzas justicieras. Pero hoy, en las profundidades de su refugio interior –un laberinto de espejos quebrados, donde las sombras susurran traiciones–, el Justiciero se resquebraja como mosaico de ánimos en guerra. Su mente es un torbellino de almas venenosas devorándose recíprocamente. De improviso, lamentos resentidos escapan de sus labios:

–“Me botaron a la oscuridad… quisieron anularme, malditos corruptos, ¡pero yo regresaré para aplastarlos como cucarachas!”, cavila en su soledad.

Varios años después, Elmer nuevamente se encuentra solo, aferrado a su celular, el único aliado en quien deposita su total confianza. La angustia lo carcome ahora en el nuevo refugio que desconoce. La noche cerrada desciende lamiendo montañas que protegen la agitada ciudad, centro del poder político del país, donde miles de luces colgadas de las laderas son testigo de intrigas que se repiten en su tradición. Afuera, las calles bullen en un caos incesante de bocinas, motores y almas que se mueven sin descanso. Su mente no para, gira en un torbellino de ansiedad, tejiendo traiciones en cada TikTok. Emerge entonces el Paranoico en otro video que produce con obsesión. Denuncia a camaradas que venden lealtades por migajas, acusa a socios de pactos ocultos con el enemigo, nunca cree necesario incluir evidencias. Más tarde, con ojos velados por lágrimas, invoca una grave dolencia de su esposa para avivar compasión. Un día antes, personificado del Víctima, confiesa una intimidad, cuenta una infidelidad marital con su mejor amigo. Horas después, para total sorpresa de la perpleja población, amplía su máscara del Víctima y denuncia que la historia fue fraguada por sus enemigos para perjudicarlo. “¡Noches de sufrimiento me forjaron para soportar esto y más!”, solloza; quiere capturar lástima masiva, aunque sus pupilas desorbitadas delatan el abismo interior: telarañas de conspiraciones en cada mensaje explotan, hasta que el Paranoico irrumpe, rompiendo alianzas sin un atisbo de razón.

Apenas siete semanas después del juramento a la bandera, envuelto en un uniforme prestado –símbolo efímero de una dignidad esquiva–, ya se erige como piedra incómoda contra el gobierno que debería sostener. Seguidores, entre jóvenes desilusionados con las falsas promesas de la última década y lumpen digital e ignorante, siguen identificados con su atrevido coraje, inflaman el éter con furia contenida y vuelven a caer en falsas promesas populistas. El absorto en delirios efímeros sueña con el trono donde su figura domina, pero momentos después, en otro arrebato paranoico, vislumbra la conjura: sus exaliados traman su encierro. Su respuesta es incendiaria, aviva las redes. Su actuar son ecos del régimen caído –al final son hermanos en ideas que confluyen como ríos–. “¡Me discriminan, malditos! ¡Yo los llevé al poder, y así me pagan!”, gesticula, soñando purgas que destruyen pactos y calles que hierven en revueltas justicieras.

En la penumbra de su alcoba palaciega, un Elmer frágil gime: “¡Déjenme respirar!”, intuye sin entender las luchas que se gestan dentro de sí. Pero las máscaras lo devoran, y el Príncipe resurge en otro TikTok maniático: “¡Yo conduje a las masas a la victoria!”. Su mirada vidriosa y mueca entrecortada no son otra cosa que un presagio del colapso. Entretanto, su actual enemigo, ocupado en conducir el reino a buen puerto, opta por gobernar ignorando el caos que causa, mientras voces públicas y privadas debaten cómo contener la hemorragia de incoherencias que inunda las redes sociales.

La psique del Príncipe, quebrada en múltiples personalidades, no solo alimenta su obsesión voraz por el poder: él se vislumbra como el Rey absoluto, no como un actor secundario. Se siente coronado por un destino que él mismo forja en sus delirios. El trono es suyo por derecho divino, un cetro que purga traidores y eleva masas hechizadas a su gloria personal. Sueña con decretos que disuelven parlamentos rebeldes y políticos corruptos. Fantasea multitudes en plazas iluminadas, extasiadas ante su imagen de Emperador, con un reino depurado donde cada disidencia se elimina en purgas silenciosas. Este “soberano en gestación” no busca alianzas: las devora, imaginando un reinado eterno donde su voz digital dicta leyes y decretos, y un pueblo, convertido en corte inquebrantable, aclama su liderazgo. Pero estas visiones desquiciadas, lejos de estabilizar, carcomen el tejido gubernamental con una toxicidad corrosiva.

La paranoia caprichosa del Príncipe filtra secuelas letales al Reino. Alianzas se deshacen en acusaciones venenosas: socios clave lo abandonan, temen engrosar la lista interminable de “traidores”. Órdenes erráticas paralizan la burocracia del reino en un laberinto de contradicciones. Su conspiración digital desborda las calles: protestas fragmentadas arden, instigadas por oportunistas del régimen anterior, con bloqueo de carreteras, saboteando la reconducción del país. Inversores huyen de la inestabilidad y divisas se evaporan bajo la sombra de revueltas inminentes. Instituciones vitales –justicia, parlamento y el ejército– se resquebrajan con su irracionalidad, mientras exaliados, agotados por la hemorragia de ataques incoherentes, debaten cómo contener un mando que antepone venganzas personales a la gobernabilidad.

El complot no acecha en sombras lejanas: palpita en las entrañas mismas del Príncipe. Un veneno psíquico corroe el poder. Cada estallido digital polariza calles, desata rencores fratricidas, hunde mercados en caos y abre grietas de desconfianza. Este soberano desquiciado no gobierna: conspira contra su propio trono, aniquila esperanzas y arrastra al pueblo al abismo de espejos quebrados. La orgía mental lo precipita todo hacia una vorágine donde la estabilidad muere y el caos, una vez desatado, no distingue entre reyes y súbditos.  Fin



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