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Cultura y farándula | 28/01/2026   07:00

|OPINIÓN|Nataniel Aguirre, hombre de letras y de acción|Raúl Rivero|

Como bien describe su biógrafo: “No quiso el destino brindarle mejor época para que triunfara solamente su talento. ¿Ser un escritor por entonces? ¡Imposible! Había que tirar la pluma al lado de los devocionarios y coger la espada.

Retrato de Nataniel Aguirre. Foto RRSS.
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Brújula Digital|28|01|2026|

Raúl Rivero

Desde varias generaciones atrás, Nataniel Aguirre Gonzáles de Prada es recordado y admirado como el autor de Juan de la Rosa, esa joya de la novela decimonónica y que es un referente de la primigenia literatura de ficción en esta parte de América.

Ambientada en Cochabamba, su ciudad natal, y fuertemente influida por el romanticismo de la época, parece haber sido la primera parte de una tetralogía sobre la Guerra de la Independencia, que no habría podido ser completada por el prematuro deceso del autor.

Menos fortuna han tenido para la memoria literaria nacional sus otras obras, entre las que destacan los dramas teatrales Visionarios y héroes y Represalia de un héroe; su novela La bellísima Floriana y sus ensayos históricos Unitarismo y federalismo, Bolivia y la Guerra del Pacífico, y El Libertador, demostrando la versatilidad de intereses literarios que guiaron su pluma.

Mención aparte merece su Biografía de Francisco Burdett O´Connor, el militar irlandés que tanto hizo por la lucha independentista del Bajo y Alto Perú y la consolidación de Bolivia como República, cuyo apremio por ser contada por el autor tal vez surge al enterarse de que el odiado y combatido tirano atrabiliario Melgarejo borró a O´Connor del escalafón militar.

Pero, además de su destacado paso por la política nacional, defendiendo sus principios democráticos y liberales –sobre todo, resaltan sus actuaciones en las convenciones de 1872 y 1880, y en las negociaciones del Pacto de Tregua con Chile, en 1884–, lo que poco o nada se recuerda es su faceta de hombre de acción.

Casado el 30 de marzo de 1864 con Margarita Achá, hija del presidente José María Achá, Aguirre es nombrado secretario de la Legación boliviana en Lima, donde se entera que, el 28 de diciembre de ese año, el general Mariano Melgarejo, otrora protegido de su suegro, había tomado de manera violenta el mando de la nación.

Sin pensarlo mucho, Aguirre retorna Bolivia y se pone a órdenes de los voluntarios cochabambinos que han formado una pequeña división bajo el mando de José María Santivañez y el general Idelfonso Sanjinés para enfrentar al gobernante, aún a despecho de haber conocido cómo acabó sangrientamente con la rebelión de los belcistas en La Paz. 

Estos hombres se ponen en marcha el 7 de agosto de 1865 rumbo a Sucre, donde, desde mayo se hallan levantados varios militares que, comandados por el general Nicanor Flores, esperan sumar más voluntarios para desafiar a Melgarejo. 

Los revoltosos pasan luego a Potosí, ciudad en la comienzan a torcerse las cosas. Muchos de los recién incorporados desertan y los jefes militares de cada fracción se enredan en disputas sobre el mando y sobre la estrategia a seguir para enfrentar al enemigo, aflorando lamentables actos de celos y envidias entre ellos.

Cansado Mariano Baptista de escuchar esas peleas, les exhorta: “(E)n vez de engolfarse en discusiones bizantinas, harían mejor en retemplar el coraje de sus soldados, de instruirlos y armarlos, pues el enemigo se halla a poca distancia y no tardará en presentarse” (Arguedas, Los caudillos bárbaros. Ed. Gisbert & Cía. S.A. 1975: 105).

Este desorden parece calmarse cuando se enteran de que Melgarejo arribó a Sucre y ya levantaba campamento para pasar a Potosí. Ante esta tesitura, decidieron avanzar hacia Pojo. Entretanto, el Presidente, que conocía de las disensiones que sufrían sus rivales, se tomó el tiempo necesario para hacer descansar a sus tropas, recibir refuerzos y, recién, volver a ponerse en marcha. 

Al enterarse que el tirano contará pronto con más tropas, Flores ordena a sus hombres volver a Potosí, donde se instalan en el cerro de la Cantería en posición de combate.

El 5 de septiembre se enfrentan ambos bandos en sangrienta batalla, destacándose la valentía y arrojo de las tropas cochabambinas y en las que lucha Nataniel Aguirre como asistente de Achá. 

El enfrentamiento es desigual, puesto que el Presidente cuenta con tropas formadas y fogueadas en el calor del combate; en cambio, la gran mayoría de sus rivales son combatientes improvisados, que no tardan en ser vencidos. 

Cargando con la pena de la derrota y la pérdida de amigos como Galindo y Moyano, Achá y Aguirre se unen en Oruro con el rebelde general Arguedas que, indeciso y aterrorizado ante el avance de Melgarejo, decide retirarse a La Paz y no presentar batalla, lo que irrita a los dos cochabambinos, que prefieren pasar al Perú.

Habiendo retornado a Cochabamba en 1867, engañados por un salvoconducto que les envió el propio Melgarejo, Achá es tomado preso y desterrado a la insalubre región tropical de Todos Santos, de donde escapará para fallecer poco después en su ciudad natal, en enero de 1868. 

Aguirre logra esquivar a los esbirros del gobierno y se pone a las órdenes de Lucas Mendoza de la Tapia, heredero político del fallecido expresidente, quien logra el apoyo del coronel Barrientos para provocar un nuevo alzamiento, en cuyas filas Aguirre se enrola como capitán de rifleros. 

Como no cuentan casi con armas, los sublevados se trasladan a Tarata, donde se almacena un importante parque militar, confiando que, al ser Barrientos natural de esa localidad –cuna también del tirano– se pueda convencer a la tropa allí acantonada para que se les pliegue con armas y bagajes; pero el intento se salda trágicamente con la muerte del comandante rebelde y varios de los alzados. 

Para escapar de las represalias, que siempre son sangrientas, los rebeldes se internan en sus extensas propiedades rurales, a la espera de mejor oportunidad para acabar con la tiranía.

En ese obligado retiro, Nataniel Aguirre no solamente escribe un par de obras literarias, sino que, viendo con dolor el despojamiento que sufren los indígenas de sus heredades ancestrales, como consecuencia de la inicua Ley de Exvinculación, que privaba a las comunidades campesinas de la propiedad sobre sus tierras, elabora un proyecto de ley para revertirla. 

En la introducción plasma su declaración de principios en concordancia con sus ideas liberales: “Hagamos del pobre indio un ciudadano como nosotros”; siendo, además, tal vez el primero en plantear formalmente la abolición del pongueaje.

Anoticiados de que Agustín Morales ingresó sin casi oposición a La Paz, aprovechando una de las salidas de Melgarejo en su afán de debelar levantamientos contra su gobierno, Nataniel Aguirre, su padre y Lucas Mendoza se encargan de tomar la plaza de Cochabamba en nombre de los revolucionarios. El movimiento triunfa el 15 de enero de 1871, luego de duro y sangriento combate en las calles paceñas.

Existen dos versiones –ambas extraídas de lo escrito por José Quintín Mendoza, testigo del suceso– del desagradable encontrón que sufrió Nataniel Aguirre con Hilarión Daza, que impulsó al escritor a retar a duelo al militar. 

Ambas describen los entretelones de una fiesta dada en Sucre por el presidente Morales a los miembros de la Convención Nacional y a sus más cercanos colaboradores, describiendo los discursos zalameros y obsequiosos que le brindan al anfitrión varios de los asistentes, sobre todo destacando su papel para acabar con la tiranía melgarejista.

Según Porfirio Diaz Machicado, cuando le tocó el turno de brindar, Aguirre se levantó para exclamar: “¡Brindo esta copa por el único vencedor que es el pueblo boliviano! Daza tuvo la audacia de interrumpirle con una befa odiosa. Aguirre calló y le arrojó el guante. 

Morales quedó perplejo, esperando que el militar cumpliera su deber ante el desafío, minutos después, Aguirre envió a sus representantes portando dos pistolas, a fin de que invitaran a Daza para un duelo que se realizaría al amanecer, en la puerta del cementerio. Ante la decisión del parlamentario, dudó el soldado. Daza dio las explicaciones del caso a Nataniel Aguirre” (Diaz M., Nataniel Aguirre. Ed. Los Amigos del Libro: 157-58).

En cambio, la versión que da Alcides Arguedas es más sabrosa, refiriéndose a los panegíricos lanzados por los comensales y lo sucedido entre Aguirre y Daza: “Morales sonreía sarcástica y socarronamente. Sus ojos verdes y redondos de felino relampagueaban y su abultado y cobrizo rostro de mulato se teñía de rojo… Era el alcohol que comenzaba a producir sus efectos. 

Entre los comensales muchos había que escuchaban escépticos y desdeñosos el chaparrón de frases hechas y su actitud poco recogida provocaba cólera y desdeño entre los militares. Uno de ellos era Hilarión Daza, ahora coronel y jefe del mejor batallón, no pudo contenerse y con bronco acento y actitud amenazante insultó al diputado Nataniel Aguirre (…) Aguirre repuso con arrogancia a la provocación del militar y sin consideración por el sitio ni las personas".

“Daza levantó más la voz y dirigiéndose al Presidente, como un mozalbete que acusa a su rival de clases ante el profesor, dijo: "Señor, Aguirre me insulta, ¿qué debo hacer?" Y Morales ebrio respondiendo a la voz de su instinto y sin pensar siquiera (…), repuso sin vacilar: "Pues… arrójale una botella".

Y la botella silbando pasó sobre las cabezas de los personajes e ilustres huéspedes del mandatario, para ir a estrellarse en la pared y junto a Nataniel Aguirre (…) Aguirre retó a duelo a Daza, ahora favorito de Morales, y éste al punto dictó una orden general para que el militar se trasladase inmediatamente con su batallón a La Paz y pudiese eludir el lance de honor. El soldado cobarde se apresuró a obedecer la orden” (Arguedas, Ibid.: 157-59).

Todavía otra prueba de acción habría de cruzarse en el camino de Nataniel Aguirre. Conocida en Cochabamba, la invasión del litoral por fuerzas chilenas, con Eliodoro Camacho se apresuraron a levantar un regimiento que, compuesto por tres mil hombres, aunque apenas armados y sin bagajes, se encamina a Tacna. 

A pesar de haber sido nombrado jefe de estado mayor auxiliar, el intelectual cochabambino no llega a entrar en combate, puesto que, informado el presidente Daza que tenía parientes en el Perú, lo envía como agente extraordinario a Lima, para coordinar las acciones militares y políticas con el aliado.

Posteriormente, ejerció las funciones de prefecto de Cochabamba, miembro de la Convención de 1880, ministro y embajador plenipotenciario ante la corte imperial del Brasil, falleciendo en Montevideo, el 11 de septiembre de 1888, cuando se dirigía a asumir ese puesto diplomático.

Como bien describe su biógrafo: “No quiso el destino brindarle mejor época para que triunfara solamente su talento. ¿Ser un escritor por entonces? ¡Imposible! Había que tirar la pluma al lado de los devocionarios y coger la espada; había que vivir la terrible novela de las conjuraciones; había que salir con el embozo, casi desfigurado, a cumplir obligaciones más humanas” (Díaz M., Nataniel Aguirre. 1972: 113).

Raúl Rivero eseconomista y escritor.




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