Gustavo Fernández Saavedra continúa y seguirá dialogando con todas las generaciones de bolivianos en el paso de las caravanas que atraviesan un país, muchas veces bravo y complejo, que hizo definitivamente mejor.
Brújula Digital|20|01|26|
Salvador Romero
Gustavo Fernández Saavedra abraza su tiempo. Lo hace a su estilo y a su modo, con inteligencia, energía, convicción y compromiso. En el tiempo extenso de más de medio siglo que cubre La caravana sigue ha recorrido extensos territorios, y entre el punto de partida, en las calles, las oficinas y las canchas de Cochabamba, y el de llegada, en la casa familiar en Obrajes en La Paz, sus pasos lo han conducido por Lima, Ginebra, Brasilia, Santiago y tantas otras capitales y ciudades, en estadías más o menos prolongadas.
Se ha sentado, hablado y negociado con presidentes, cancilleres, ministros, altos funcionarios, intelectuales y líderes políticos. En esos encuentros, ha forjado su destino, una trayectoria que le ha granjeado respeto y admiración, pero también ha influido y determinado el curso de la historia boliviana.
En un entrelazamiento que define su lugar en el mundo, ha sido un hombre de acción y de reflexión. Hoy, exhibe ambas facetas desde la atalaya de sus memorias, para recordar, narrar, meditar, compartir los episodios salientes de su vida pública.
Sintetizar tantas décadas y acontecimientos de una vida prolífica, que son una y varias a la vez, es una empresa exigente, de aquellas que se acarician mucho tiempo antes de que empiece la primera línea, y que se ejecuta en un lapso igualmente largo, demandante de constancia y paciencia. El desafío no es tanto qué incluir, sino qué sacrificar y qué dejar de costado, no porque menos interesante, sino porque no encaja plenamente en el proyecto.
El libro se centra sobre todo en la actuación del hombre público; no es la autobiografía de Gustavo, que abarcaría más dimensiones y todas las etapas de su vida. Sin embargo, se abre con páginas de un tono más que personal, con escenas y recuerdos íntimos, emotivos de la niñez, la adolescencia, las relaciones familiares que empiezan en un hogar humilde en la serranía quechua del país.
Voces, gestos y marcas que influyen una y otra vez en la personalidad, el temperamento, la visión del país y del mundo. Si bien la vida privada permanece en un discreto margen, Gustavo comparte con el lector su profundo amor por Rosario, Charito, en la eclosión de sentimientos en el nacimiento del enamoramiento que se transformó en un matrimonio compenetrado, al que solo la muerte puso término.
Entonces, las memorias empiezan con el veinteañero en Cochabamba, que va comprendiendo el funcionamiento del Estado y de su compleja relación con la sociedad y los actores políticos, más aún en una coyuntura y una región recién sacudidas por la tumultuosa Revolución de 1952.
El joven militante de izquierda está decidido a ser partícipe de la historia colectiva, aunque ignore y desconozca, quizá ni siquiera imagine o sueñe en ese momento, los papeles que le tocarían encarnar. Concluyen con su gestión como canciller a principios del siglo XXI, en el umbral de otra transformación sociopolítica de calado.
Poco o nada menciona de la etapa siguiente, aunque en ella no cesaron los aportes y contribuciones, las actividades interesantes, la participación en momentos fuertes de la historia regional, como jefe de misiones de observación electoral, asesor internacional o, en el campo académico, como director del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad Católica Boliviana.
Es la trayectoria notable y sorprendente de un joven que, entre mente privilegiada y tesón en el trabajo, desbordó por mucho los confines de una de las provincias con menos oportunidades de Bolivia.
La caravana sigue posee numerosos ejes, relevantes y suficientes para aprehender la densidad de la vida pública de Gustavo Fernández. Figura la del funcionario internacional que participa con entusiasmo en los albores de la construcción de la integración andina, el ambicioso proyecto económico y político de logros importantes, pero que, falto de perseverancia de los países miembros, languideció, sin alcanzar su potencial.
Esta primera experiencia internacional estuvo marcada por Lima, tal vez la ciudad más entrañable de todas aquellas en las que vivió fuera de Bolivia. Repetiría esa línea, pero en Ginebra, en el inicio de otro proceso, este de consecuencias e impactos mundiales, con el armado de reglas, instituciones y lógicas que facilitaron y favorecieron el crecimiento exponencial del comercio mundial, en una de las transformaciones mayúsculas de la historia. Tal pudo ser toda la vida de Gustavo, un exitoso funcionario internacional.
Sin embargo, siempre escogió Bolivia. Entonces, una y otra vez vuelve. Es su faceta política, fundamental y decisiva, a título personal, pero también para los cursos de la historia nacional. En una trayectoria curiosa y no exenta de paradojas, el hombre que reivindica la política, subraya el valor de la militancia, se compromete con organizaciones y proyectos y partidarios, participa, al final, sin más etiqueta que su nombre y su prestigio, aportando a su labor la mezcla de acción política, experiencia, metodología técnicas y conocimiento de las realidades más allá de lo visible y lo obvio de las superficies.
Entonces, Gustavo será en la historia de Bolivia uno de los personajes que puede reivindicar haber trabajado con más presidentes, en una diversidad de carteras ministeriales.
En efecto, en los años de la dramática transición democrática, entre golpes y elecciones, exilios y negociaciones parlamentarias, ocupó el ministerio de Integración con David Padilla y la Cancillería con Wálter Guevara. Vale la pena el apunte. El hombre que asoció su nombre a uno de los mayores triunfos diplomáticos debía ocupar una cartera de corte económico y solo el azar de las carambolas políticas, de los ajustes de último momento, lo condujo a la Cancillería.
Los imprevistos, lo inesperado, los caprichos de la fortuna y el azar alteran las planificaciones e introducen desvíos, atajos y curvas notables en las vidas.
Volvió a la Cancillería en el gobierno de Hernán Siles, ocupó el ministerio de la Presidencia durante todo el mandato de Jaime Paz y regresó a la Cancillería con Jorge Quiroga.
Ciertamente, dos gestiones sobresalen. Por un lado, en el brevísimo lapso que se desempeñó como Canciller con Guevara, ni siquiera un trimestre, consiguió el decisivo reconocimiento de que el enclaustramiento de Bolivia y su salida al Pacífico constituían un asunto de interés multilateral y no de un exclusivo diálogo bilateral con Chile.
Ese hito diplomático se plasmó en el documento final de la Asamblea General de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en La Paz en 1979 y ha permanecido, sin que pudiera ser desvirtuado por el grotesco y sangriento golpe de Estado de Alberto Natush, apenas unas horas después de la clausura de la Asamblea.
Por otro lado, en un paso fecundo por el ministerio de la Presidencia, cumplió un papel imprescindible en el tejido de los acuerdos multipartidarios de 1991 y 1992. Ofrecieron un valioso zócalo de construcción institucional de la democracia y el Estado de derecho, con amplitud de miras, pluralismo y el sustento de valores democráticos.
Si la institucionalización de la Corte Nacional Electoral se recuerda como el buque insignia de los pactos, su alcance fue evidentemente mayor pues establecieron la hoja de ruta de la reforma política durante una década, con gobiernos de distingo signo.
Mar y democracia, dos pasiones. A ambas les aportó una dedicación meditada y hechos relevantes para que rindan frutos para el bien común. Su importancia se plasma y confirma muchas décadas después, cuando desde distintas corrientes y ya varias generaciones evocan esos hitos para continuar edificando el país.
Se añade la dimensión del diplomático, en su caso, no como carrera inscrita en escalafones, sino en inmediata consonancia y vínculo con su vocación política y su concepción del papel y la valoración realista de las oportunidades de Bolivia.
En dos oportunidades, representó al país como embajador: una vez, nombrado por Siles, en el Atlántico, en Brasil, pronto a convertirse en un socio fundamental del país, mientras proseguía su ascenso hacia las principales ligas de la economía mundial; otra, designado por Banzer, en el Pacífico, en Chile, donde demostró que su prioridad por la cuestión marítima no lo encerraba en la repetición de fórmulas, por exitosas que hubiesen sido, sino que se adaptaba a los cambios de las realidades geopolíticas y económicas, del país y de la región.
Se trata, sin duda, de un rasgo sobresaliente. Cuenta con la voluntad de entender las realidades con objetividad y sabe que ese propósito se reduce a vana intención sin reflexión permanente, sin la actualización que brindan las lecturas y los análisis, de lo que se escribe en Bolivia y más allá de nuestras fronteras, sin el diálogo con su privilegiada agenda de contactos y amigos que, a lo largo y ancho del continente, han ocupado y ocupan cargos de primer rango.
Así, a lo largo de décadas, ha conversado de manera abierta y horizontal con presidentes, ministros, investigadores, intelectuales, hombres y mujeres cuya credencial primera es el talento y la capacidad.
Sean los capítulos como funcionario internacional, político o diplomático, cada uno aporta información valiosa para entender a cabalidad los resortes del hombre público, es decir sus prioridades, sus objetivos, sus inquietudes, sus ambiciones.
Asimismo, por los cargos que desempeñó, las secciones permiten conocer mejor cómo se concretaron eventos políticos fundamentales pues entreabre las puertas de las negociaciones y discusiones en sedes oficiales y casas privadas que desembocaron en las decisiones.
En ese camino, esboza también semblanzas de algunos de los personajes decisivos de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo de aquellos bolivianos con los cuales ha sentido una especial cercanía, en la juntura de la amistad y la admiración política e intelectual.
Con todo, el libro lo ha escrito el doctor Gustavo Fernández, Toto, el apodo por el cual todos lo conocemos, solo emerge de tiempo en tiempo, ocasionalmente, aportando los chispazos de humor e ironía que posee en la conversación distendida.
En efecto, predominan la descripción y la explicación de los contextos, los procesos, las dinámicas, las correlaciones en los cuales se sitúa su acción y la interpretación de las consecuencias. Tal vez se guardaron en el tintero más revelaciones de aquellos detalles pequeños que reconvierten a los personajes en personas y que ofrecen la mirada singular, única e irremplazable del actor y del testigo, y que ayudan también a entender de otra manera las extraordinarias circunstancias que se describen en la obra.
He tenido la fortuna de ver en acción al doctor Gustavo Fernández Saavedra, en especial en el terreno internacional, como jefe de misión de la observación electoral de la OEA en países centroamericanos.
Su presencia impone autoridad. Alto, y aún más para un boliviano de su generación, robusto y erguido, como si el porte de basquetbolista nunca lo hubiese abandonado, analizaba las situaciones con la mirada extensa que combinaba la consideración de la historia, la economía, la geopolítica, las relaciones internacionales con la experiencia de quien ha pasado por coyunturas políticas de todo pelaje. Sus interlocutores escuchaban siempre atentos y alertas. Aprendí, y mucho, en especial del marco de sus abordajes, aquellos que sirven luego en cualquier tiempo y lugar.
También he tenido el privilegio de disfrutar de la amistad de Toto. Muchas veces lo he visitado en su biblioteca en Obrajes, su refugio en el mundo, el salón de lecturas, internacionales y bolivianas, de textos clásicos y de la más candente actualidad en revistas de alta gama. Simplemente para conversar, alrededor de una taza de té y galletas, en intercambios de humor, sobre los asuntos humanos y divinos.
En algunas ocasiones, ya esbozaba el proyecto de las memorias y desde siempre alenté a su escritura, convencido de la importancia y la riqueza de ese testimonio. Al cabo de la lectura, capítulo a capítulo, confirmé la pertinencia de aquella intuición y el valor de esta obra.
Gustavo Fernández Saavedra continúa y seguirá dialogando con todas las generaciones de bolivianos en el paso de las caravanas que atraviesan un país, muchas veces bravo y complejo, que hizo definitivamente mejor.
Salvador Romero Ballivián es cientista político. Fue presidente del organismo electoral en dos ocasiones.