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Cultura y farándula | 16/01/2026   02:35

|RESEÑA|“La rebeldía de la moderación”|Sonia Montaño|

Gracias a esa mirada “integral” Gustavo Fernández fue capaz de tejer redes con personas que, a veces, con años de distancia, jugaron un papel fundamental en las negociaciones que le tocó llevar a cabo. Sus redes dan cuenta de una larga historia de acumulación de confianzas y afectos muy propios de él.

Tapa del libro La caravana sigue de Gustavo Fernández. Foto RRSS.
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Brújula Digital|16|01|2026|

Sonia Montaño

Hace unos días tuve el gusto de presentar La caravana sigue…memorias de Gustavo Fernández Saavedra  (GFS) publicada por Plural. Antes de salir de casa me inspiré en el lema de un programa argentino, que es el que coloco como título. Y es que Fernández se distinguió por su moderación en un mundo que suele celebrar los excesos. 

Se trata de un recorrido por la historia reciente de Bolivia, contado en primera persona, analizado a la luz de las convicciones democráticas del autor, que nos lleva desde su natal Cochabamba hasta las más altas esferas de la política internacional, donde pudo haber permanecido, pero retornando siempre al país para actuar cerca del poder, corriendo los riesgos inevitables que eso implica. 

Haber vivido para contarlas – a ratos con picardía– el relato es inevitablemente controvertido. Por sus páginas pasan personajes que interactuaron con él y que ya, por si solos, pudieran llenar una sala, seguramente desafiando o aplaudiendo las versiones que nos ofrece sobre cada uno de los episodios contenidos en el libro. 

He dicho que sus memorias son  de lectura imprescindible para quienes queremos saber –más allá de las noticias– lo que ocurre detrás y durante las negociaciones políticas y diplomáticas. 

Es el relato del abrazo de Charaña entre Pinochet y Banzer, y el proceso de negociación sobre la salida al mar, en el que también nos enteramos de los afectos entre el exdictador y  el estadista Ricardo Lagos, quien asistió al sepelio de este último, así como tantas otras anécdotas que muestran a los protagonistas de la historia en sus dimensiones humanas –en el amplio sentido de la palabra– y cuyo impacto en la política puede ser decisivo. La política es también subjetividad.

La Caravana  es un libro que mezcla la autobiografía de (GFS) con la historia de aquellos hechos en los que él tuvo algo que decir, hacer y cambiar. 11 capítulos que relatan los procesos de integración en el contexto de los cambios políticos de la región y el país, mientras se detiene a analizar  el periodo de la UDP (1983-1985), el Acuerdo Patriótico (1989- 1993) la negociación marítima y las negociaciones sobre el gas. Todo ello antes de los cambios producidos en el país a partir de la Asamblea Constituyente y los gobiernos del MAS.

No solo ha cambiado el país, el mundo y las relaciones internacionales con sus efectos dramáticos sobre los procesos de integración. La invasión de Venezuela es el capítulo más reciente de esos cambios. El multilateralismo está herido y quizás por eso la integración regional sea la mejor respuesta posible. Esa es la actualidad de este libro.

Estamos ante un relato donde el autor relata, critica, da explicaciones, agradece y reconoce  a sus interlocutores en algo poco frecuente en la cultura política boliviana. Fernández sabe que a cada lugar donde él llega hay historias previas y que a él le toca construir, sobre terrenos fangosos, otras sobre andamios endebles y algunas en campos propicios de futuro incierto. 

Fernandez se convierte así en un experto de relaciones internacionales. Porque estudia pero también porque se interesa por la vida cotidiana de los países donde trabaja. Algo muy distinto al borrón y cuenta nueva que tuvo lugar cuando funcionarios ignorantes improvisaban en el ámbito internacional. 

Gustavo a quien las amigas llamamos “Monsieur Totó” por confianzudas es una de esas personas “que se hace querer” por su calidez, su sentido del humor, que no se refleja en la tapa del  libro donde aparece un personaje adusto, en sintonía con muchos de los presidentes, ministros y otros políticos, cuyos retratos para la posteridad deben estar colgados en otras galerías. 

El Fernandez real consigue comunicar como obtiene el respeto, el buen trato y la condescendencia de muchos políticos nacionales y de afuera que  no lo envanecen, pero le permiten cumplir con éxito su cometido.

Este autoretrato está salpicado de referencias a sus lecturas que van desde Camus pasando por Manuel Scorza, José María Arguedas hasta llegar a Octavio Paz, y de una referencia constante a sus coterráneos cochabambinos de todas las tiendas políticas. 

Fernández es una persona, curiosa e informada que a cada paso nos nuestra la relevancia del contexto para su labor diplomática. Y quizás por eso busca siempre volver a casa, porque es aquí donde se siente más útil.

El libro no es un relato autocomplaciente y seguramente será –debiera ser– materia de debate y controversia. Aunque es un relato en primera persona evoca historias colectivas, semejantes a las de aquellos jóvenes piristas de antes del 52, algunos de los cuales se fueron al  partido comunista, fueron apóstoles de la lucha armada, se volvieron partidarios de la dictadura o se enrumbaron por caminos insospechados. Otros, como él, acusaron recibo de los cambios producidos por la Revolución Nacional como la reforma agraria, la urbanización y la política. En cada momento, él argumenta sus decisiones, hasta las más críticas, como su participación en el gobierno de Banzer, que para mí es, quizás, una de las decisiones más controvertidas de su vida.

Desde temprano, en los años 70, mientras en el mundo se sucedían cambios importantes, Fernández se orientaba ya a entender una de sus principales preocupaciones: la integración regional y la política internacional haciéndolo desde lo que podríamos llamar su vocación jurídica sin abandonar y más bien reforzando su vena política. 

Su matrimonio y su familia –con Charito, esa reina detrás del trono que lo acompañó siempre– fueron su cable a tierra. Hablando de reinas, el libro es muy interesante desde el punto de vista de la sobrerepresentación masculina en todas las esferas en las que Fernandez se ha movido. 

Sobran los dedos de una mano para contar las mujeres que se escurrieron en esas filas y a las que Fernández recuerda con la misma calidez que lo hace con quienes lo acompañaron y hasta confrontaron. Un buen retrato de época. 

Sus juicios sobre los gobiernos de los países vecinos, como el de Velasco Alvarado (1968-1975), en Perú –como el mismo lo señala– nos muestran que “vivió intensamente América Latina de ese tiempo”. 

Su mención al Plan Cóndor, aunque ocupa solo dos páginas es particularmente importante, especialmente para sus lectores de fuera del país, ya que tanto argentinos como chilenos tienden a ignorar el peso que este plan continental contra la democracia y los derechos humanos tuvo  en Bolivia.

Hay una característica muy interesante en las memorias de GFS. En cada momento asigna valor a los hechos económicos, políticos y culturales que sustentan sus planteamientos en el mundo de la diplomacia. 

Gracias a esa mirada “integral” él fue capaz de tejer redes con personas que, a veces, con años de distancia, jugaron un papel fundamental en las negociaciones que le tocó llevar a cabo. Sus redes, con las que le reconocen sus aportes en cada momento compartido, dan cuenta de una larga historia de acumulación de confianzas y de afectos muy propios de él.

Habiendo tomado nota, a lo largo de su experiencia  de  las actitudes abiertas, positivas y negativas de sus interlocutores,  percibe con claridad –como buen cochabambino–  un cierto aire de superioridad a veces transformado en benevolencia, especialmente entre chilenos respecto de los bolivianos, pero que él logra enfrentar en beneficio de sus objetivos con elegancia y buen humor.

Estamos ante una lectura imprescindible para quienes quisieran seguir una carrera diplomática, sobre los primeros pasos en materia e integración, el Pacto Andino, la Junta del Acuerdo de Cartagena vistos por dentro. 

Hoy el mundo se ha transformado radicalmente y el multilateralismo enfrenta una crisis severa y muchas de las entidades donde Fernández trabajó, las construyó y puso al servicio de las necesidades regionales, están debilitadas y parecen irrelevantes.  Como ya dije, es quizás en la integración donde se puede encontrar la fuerza para negociar con los imperios que hoy se disputan la hegemonía global.

Sin embargo, lo más valioso de su testimonio es, además de dar a conocer momentos claves de la diplomacia, como el de la recuperación marítima –para citar un ejemplo– dar cuenta de la importancia de la decencia el conocimiento actualizado ante situaciones críticas. 

Sonia Montaño es feminista.



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