El libro de Gustavo Fernández es una historia política de Bolivia de medio siglo, con él como observador, pero muchas veces como actor privilegiado; este hombre siempre nos ha mostrado una fortaleza física extraordinaria, solo superada por su lucidez analítica y es que al basquetbolista de antaño le sumó el político.
Brújula Digital|14|01|26|
Carlos Toranzo Roca
(Texto leído en la presentación del libro “La caravana sigue” de Gustavo Fernández, editorial Plural)
El 2026 comienza dándome una alegría, ser uno de los presentadores de las memorias de Gustavo Fernández, la verdad es un honor que no esperaba. Comienzo este comentario al libro de Toto dándole un agradecimiento por el regalo. Jamás en mi vida pensé presentar un libro de alguien que militó en el PIR, eso es de por sí extraño, por eso de manera coloquial, hace algún tiempo le dije: Toto, te estás pasando de vivo.
Su libro es una historia política de Bolivia de medio siglo, con él como observador, pero muchas veces como actor privilegiado; este hombre siempre nos ha mostrado una fortaleza física extraordinaria, solo superada por su lucidez analítica y es que al basquetbolista de antaño le sumó el político.
Cuando lo conocí y comencé a tratar con él, allá por los finales de los 90 del siglo pasado, creí que era un oligarca de ésos a quienes al Ficho le gustaba retratar, pero, poco a poco, al saber de él, encontré que venía del país profundo, de la provincia y no necesariamente siendo un terrateniente, sino un sujeto popular, de ésos que desde chico dominaba el quechua y toda la sociedad rural que lo rodeaba.
Dan ternura sus recuerdos de infancia, sus camisas hechas con saquillos de azúcar Cartavio o los recuerdos de su abuela de pollera; hay cosas muy lindas de sus recuerdos de Arampampa y de la gente con la cual trataba. En algunas ocasiones me contó algunos pasajes de esa infancia, pero sus escritos de esa época superan lo contado. Ahí se le ve la vena de escritor que soñaba ser. Con certeza, de ese origen de provincia proviene su sensibilidad social pues el canciller Fernández siempre se ha preocupado por lo social, de la pobreza, de los vulnerables, pero sin que esa preocupación se le convierta en un dogma.
Fue quizás su padre dirigente del MNR de la revolución del 52 quien lo interesó en la política. Toto no lo afirma, pero creo que algo de eso hubo, él dice que con su padre no tuvo mucho acercamiento, es que antes así sucedía en la relación padres e hijos; de todos modos, en sus memorias lo rescata con mucho amor.
Toto creo que ha sido un autodidacta, no tuvo maestro, sólo reconoce en parte en ese rol a Ricardo Anaya y Walter Guevara Arze; éste le dijo, “Gustavo, los políticos cambian mucho cuando tienen poder”. Esto lo vemos cada día; sus maestros han sido Bolivia y el mundo. Desde muy temprano fue glocal, ubicado en la globalización cuando no se hablaba de ella, pero anclado en Bolivia. Pudo quedarse en el mundo como funcionario internacional exitoso, pero siempre volvió al país. Es que en con él sabemos que Bolivia es una enfermedad incurable.
Son hermosos sus relatos de su enamoramiento con Charito, ella lo sacó de la bohemia y, sin saberlo, lo convirtió en “gente seria”, ella fue su política de Estado. Es macondiano el relato de él saliendo con su novia vestida de blanco, montada en una bicicleta y el novio pedaleando hacia el infinito. Este canciller creo que no sabía nada de la vida cotidiana de la casa, es que Charito le cubrió todos esos campos y le permitió desarrollarse como persona, como político y hombre público, por eso, cuando Charito se fue, el Toto no sabía si para freír un huevo se freía primero la yema o se comenzaba por la clara.
Él no es hombre de dogmas, tiene un valor adicional, sabe reconocer sus errores, lo cual es extraño para los intelectuales y, ante todo, para los políticos del país. Hace años dijo que el desarrollo boliviano se fincaría solo en el crecimiento de Santa Cruz, ahora reconoce que los polos del desarrollo son Santa Cruz y el Alto de La Paz.
Toto dice que un canciller debe dormir con terno y corbata, es conocido por su gesto adusto; su seriedad que muchas veces asusta a los extraños, oculta que, en el fondo, es como todo, persona normal, hábil en las travesuras con sus amigos. Quien no conoce su historia se asombraría al saber que a sus 21 años fue dirigente de los trabajadores municipales de Cochabamba.
Es un ser humano profundo que hasta ahora sufre por su Charito, que era su vida entera, toda su geografía; sufre por el encierro de su hijo y vive pendiente de la suerte de sus hijas, nietos y hasta biznietos. No se inhibe al dar una llamada de consuelo a sus amigos que pasan momentos difíciles. Y tan importante como eso, sin mezquindad de ningún tipo, se alegra cuando el éxito le llega a alguno de ellos.
Tanto ha visto y analizado en su vida que no se asusta con las coyunturas, para él son otras tantas caravanas como lo son sus memorias. Por eso sabe muy bien que el cementerio está lleno de insustituibles. Desde muy temprano ha tenido un olfato político increíble, se ubica en la política con mucha facilidad, huele las reformas que debe hacer el Estado, no en vano es el único ministro de la Presidencia que cogobernó cuatro años con quien fuera el presidente (Jaime Paz). Ha tenido mucha amistad con Gary Prado, dice que los bolivianos siempre buscaban contacto con los militares para conspirar, muchas veces para tumbar a dictaduras. Cree que los venezolanos no entendieron eso. Él asevera que el rol de un político es hacer marchar al Estado, y no hay duda, lo ha logrado
En un país mediterráneo con mucho provincianismo, él, como hombre de Estado, que los hay muy pocos en el país, nos enseñó que Bolivia no puede ser analizada si no es a condición de ser vista dentro de un contexto regional y mundial. Siempre propuso que el análisis no debe quedar encerrado en el corto plazo, en esa mirada corta que nos encanta a los bolivianos, antes bien se precisa una visión estratégica de largo plazo. Y ¡ay! cómo nos cuesta levantar la cabeza para mirar el horizonte. Esos dos hábitos, esos dos consejos que dio y da en su vida, en sus textos y en sus análisis cotidianos, son un aporte excepcional para comprender la Bolivia del presente y, a la par, la del futuro. Es que él, con mucha maestría, coloca el corto plazo en el decurso del largo plazo con una mirada siempre estratégica.
Cuando un presidente le propuso que vaya de embajador a Perú, pidió ir a Brasil porque entendía que ese país es el núcleo de Sudamérica y que por ahí pasa la economía y política latinoamericanas. Ahora, en el momento en que Trump rescata la doctrina Monroe, entiende que Brasil sería el freno para no tener una dependencia absoluta, porque con Brasil también podríamos mirar a China, India, Japón y toda el Asia.
Como canciller el gran logro que consiguió en 1979 es que la Asamblea General de la OEA declarara que es de interés hemisférico que Bolivia tenga una salida soberana y útil al Océano Pacífico. Como ministro de la presidencia su obra maestra fueron los acuerdos políticos de 1991 y 1992, que iniciaron una profunda transformación institucional del Estado. Sin la habilidad política que tuvo no habríamos tenido la CNE de notables que ayudaron a la transformación democrática de Bolivia.
Pocos conocen el rol trascendental que tuvo en las negociaciones con Brasil para que Bolivia pueda llevar su gas al mercado brasilero, ese gas que generó el boom económico del cual se benefició la corrupción del MAS. De otra parte, tampoco es muy conocida su intervención en las negociaciones internacionales con Chile y otros actores en el proyecto de Pacific Liquid Natural Gas para llevar gas (LNG) a Norteamérica pasando por Chile, proyecto que fue abortado por acción de los movimientos sociales ligados al MAS y por una oculta conspiración peruana. Su caravana cierra ahí, y quedamos con el antojo de preguntarle su opinión sobre las negociaciones marítimas en la Haya a las cuales llevó el gobierno del MAS. Y conocer su rol en el cambio político y democrático que vive hoy Bolivia.
Para mí, sus memorias tienen tres partes, una, la que más me gusta y conmueve, son sus recuerdos de su infancia y de su juventud; la segunda incluye los relatos de sus trabajos de funcionario internacional que le dieron contexto a su vida política. La tercera, la más intensa, su trabajo político, de armador de reformas políticas, de hombre de Estado, por ejemplo haciendo filigranas internacionales para que la OEA reconozca el derecho de Bolivia a una salida soberana y útil al Océano Pacífico.
Toto soñaba ser marinero, no lo logró. Soñaba ser escritor, lo está logrando con varios textos y en especial con estas memorias. Rara ave política que no usó el poder para enriquecerse, el Toto que tenemos aquí al lado vive de su sueldo de la UCB. El representa a una generación en extinción, de hombres públicos, honrados que han dedicado su vida al servicio público y no a servirse del Estado. Es probable que algunos lo desprecien, por envidia, pero muchos más somos los que lo queremos. Pero, otro de sus sueños impensados se ha cumplido: todos lo respetan y admiran.
Carlos Toranzo es economista, analista político y columnista.