cerrarBrujula La Cascada Tapa Comodin 900x470Brujula La Cascada Tapa Comodin 900x470
EXPRESS DISPLAYS1000×155
EXPRESS DISPLAYS1000×155
Brujula Digital BancoSol PDF 1000x155px
Brujula Digital BancoSol PDF 1000x155px
Cultura y farándula | 02/01/2026   03:03

|OPINIÓN|El "inefable" Mariano Melgarejo|Raúl Rivero Adriázola|

Leyendo esa descripción y como corolario, se puede afirmar que, lamentablemente, ese tipo de gobierno no fue exclusivo de Mariano Melgarejo, sino que Bolivia sufrió el embate de más de un caudillo bárbaro.

El expresidente de Bolivia Mariano Melgarejo (1864 -1871). Foto Archivo.
Banner
Banner

Brújula Digital|02|01|2026|

Raúl Rivero Adriázola

La encuesta cerrada de Roberto Laserna sobre quiénes habrían sido los peores presidentes de Bolivia, que fue ya motivo de un anterior artículo mío, dio como resultado que los consultados eligieron a Mariano Melgarejo como el peor presidente de la historia nacional. Incluido en mi lista negativa y describiéndole como el hombre “que representa el epítome del terrible caudillismo militar”, ni duda cabe que se trata de un personaje inefable, como lo califica el impulsor de la indagación, o sea, alguien imposible de explicar con palabras.

Tomás O´Connor d´Arlach en sus Dichos y hechos, toma la parte anecdótica del personaje, rescatando diversos sucesos de la vida del gobernante, los que, terribles y cómicos, absurdos e inverosímiles, nos lo pintan incompleto y, en muchos casos, con ausencia de contexto. Por su parte, Alcides Arguedas, con Los caudillos bárbaros, recarga las tintas en los aspectos más oscuros y criminales de Melgarejo. Por su parte, varios paisanos suyos de Tarata, en un denodado esfuerzo de benevolencia y empatía, han tratado de recuperar del pasado su parte más pintoresca, mereciendo por ello hasta algunas expresiones de orgullo en la tierra que lo vio nacer.

Como es imposible exponer en este breve espacio todas las facetas de Mariano Melgarejo, sobre todo las que tuvieron que ver con la administración del Estado, que es aquello que nos debe importar como comanditarios de la herencia recibida de sus actos como gobernante, pondremos en el papel un par de muestras, las que tienen que ver con su carácter retorcido y atrabiliario, y con su singular actitud en la defensa del patrimonio nacional.

“Es innegable y lo será menos que hoy, que la espada y el destino del que hoy es Jefe Supremo de Bolivia, aparecen sobre el horizonte de América con un brillo inusitado, rodeado de una aureola, revestidos de un prestigio desconocido antes de ahora. Hay rasgos biográficos en el general Melgarejo que sorprenden por su rara originalidad y por el éxito brillante que acompaña a cada uno de sus actos. Lo que no habría obtenido el profundo cálculo y la asidua tenacidad del más consumado hombre de Estado, lo consiguió él en uno de sus arranques espontáneos y naturales. Los obstáculos que nadie se hubiera atrevido a vencer y que habrían hecho desfallecer la voluntad más enérgica, desaparecen como por encanto a una palabra suya y no le preocupan en manera alguna. Donde otros ven el abismo, él halla la apoteosis; donde otros se detienen con timidez, el inicia su carrera. Ha desorientado a la diplomacia y a los hombres de Estado; ha hecho brotar la luz del caos; ha llevado su nombre y el de la Nación que rige, desde la más ignota situación hasta colocarlos con brillo entre las naciones y los hombres del Continente”.

Ese panegírico al caudillo se publicó en el periódico La Época, el 22 de agosto de 1866, es reflejo de la manera en que sus áulicos se expresaban en esos tiempos de férreo control sobre la prensa y las personas, que callaban los trágicos y bochornosos sucesos que enlodaban y ensangrentaban su gobierno, como el que veremos a continuación.

Asesinado Belzu, triunfante en las batallas de Cantería y Las Letanías, Melgarejo parecía haber aplastado a la oposición. Empero, esta permanecía latente, esperando encontrar el momento y el líder adecuados para acabar con la opresión a que el país era sometido. Sabedor de ello, el gobierno no perdía de vista cualquier asomo de descontento. Entre aquellos por quienes el Presidente mostraba inquietud estaba el capitán Pablo Sotomayor, de quien –dice Arguedas– que era “arrogante, valiente, pundonoroso, muy entendido en el manejo de las armas y buen domador de caballos”; pero, era conocido como amigo y muy leal a Adolfo Ballivián, quien había caído en desgracia ante el caudillo y sufría el exilio en Europa; para peor, el capitán ya había rechazado una invitación a palacio, lo que le valió la siguiente amenaza de Melgarejo: “¡Eh, capitancillo!, tenga cuidado conmigo, porque cuando menos piense, lo he de matar”. [Arguedas, Los caudillos bárbaros. Ed. Gisbert & Cía.: 129].

Con esa prevención y tocándole turno de servicio en los días cercanos a Semana Santa, el militar comprendió que debía evitar al presidente, que acostumbraba celebrar su cumpleaños en fecha movible, el Domingo de Pascua, en el que la borrachera lo llevaba casi siempre a cometer algún atropello, por lo que solicitó al jefe de edecanes ser reemplazado por otro oficial, a lo que éste se avino. Lamentablemente, el Viernes Santo tuvo la ocurrencia de, vestido de civil, dar una vuelta por la plaza de armas para presenciar la procesión del Santo Sepulcro y, al ser divisado desde una ventana de palacio por Melgarejo, lo hizo llamar con uno de sus edecanes.

Subiendo al tercer piso, donde oía voces, Sotomayor se encontró con ministros y diplomáticos que departían en un almuerzo, pero no vio al Presidente, por lo que bajó a la segunda planta e ingresó al salón desde donde fuera divisado por él. Tampoco lo encontró, por lo que se dirigió a la ventana y, mientras saludaba a un par de amigos que cruzaban la plaza, sintió pasos a sus espaldas. Como señala Arguedas: “De fijo no se sabe lo que entonces pasó entre estos dos hombres” y recoge la versión dada por la hija del capitán, quien afirmó que, al volver la vista hacia la puerta, sintió un tiro que le rozó la cabeza y, viendo que el iracundo general tenía en sus manos el humeante revólver, se lanzó sobre él y lo increpó inquiriéndole por qué quería asesinarlo y, para evitar recibir otro disparo se lanzó a forcejear “(Le) tomó la muñeca y al ser más fuerte que su agresor, le torció las manos hacia atrás (…). El otro enderezó el arma hacia su terrible rival y disparó. Al sentirse mortalmente herido soltó los brazos de su asesino y llevándose las manos a la herida tomó la puerta gritando: ¡Melgarejo me ha matado!” (Arguedas, Ibid.: 131).

El ruido de los disparos sobresaltó a los comensales, pero nadie, excepto el general Ravelo, se atrevió a bajar y averiguar lo pasado, apreciando a un hombre caído en el descanso de las gradas y a un pálido Melgarejo, a quien preguntó:

“—¿Qué ha hecho usted, general?”

“—Lo he matado a Pablo”.

(…)“—¿Cómo puede decir usted eso, por Dios? ¡Diga usted que se ha suicidado!”. (Arguedas, Ibid.: 132).

Repuesto de ánimo ante esa sugerencia, “Melgarejo subió al comedor y con la mayor sangre fría dijo a sus invitados: "¿Qué les parece a ustedes, señores, lo que acaba de pasar? Mi edecán Sotomayor curioseaba el mecanismo de un revólver que tenía yo sobre la mesa y se ha suicidado". Y añadió con cínica inconsciencia: "¡Y ahora dirán que yo lo he muerto!". (Arguedas, Ibid.: 133). Y, obviamente, la del suicidio fue la versión oficial que se dio al hecho.

Pocos meses después, el estropicio cometido por Melgarejo fue esta vez en política exterior.

Desde 1842, cuando se descubrieron y comenzaron a explotar los ricos yacimientos de guano y salitre en el Litoral boliviano y Chile decidiera crear la provincia de Atacama en territorio ajeno, Bolivia envió varias misiones diplomáticas para llegar a un acuerdo de límites, las que siempre fracasaron. En 1857, José María Santivañez propuso establecer el límite sur para nuestro país en el grado 25, mientras que Chile lo fijó en el 23 y rechazó el someter a arbitraje este diferendo.

Al haber estallado la guerra peruano chilena contra España en 1865, en Santiago temían que Bolivia permitiese usar sus puertos como refugio para la flota hispana, por lo que el embajador en La Paz Vergara Albano se prodigó para establecer una alianza que evite tal eventualidad, con tan buenos resultados —el gobierno chileno recurrió a varias prebendas llegando, incluso, a nombrar a Melgarejo general de división de su ejército— que culminó con la firma de un tratado de límites el 10 de agosto de 1866, acuerdo “leonino y absurdo, porque se fijó un límite impreciso y se dispuso que los productos descubiertos y explotados en la zona comprendida entre los grados 23 y 25 serían comunidad de ambos países, lo que hacía decir con razón a otro diplomático chileno que ese tratado era "la última expresión del absurdo" (Arguedas, Ibid.: 141).

El sexenio melgarejista no solamente se caracterizó por el abuso contra las personas y la enajenación del patrimonio territorial en beneficio de Chile y también el Brasil, sino que se constituyó en un período de retroceso en lo económico y lo social, con la imposición de tributos leoninos a la producción y a las personas, la liquidación de las comunidades campesinas del altiplano y el ahogo de la educación pública.

Ramón Sotomayor Valdés, quien fuera primero secretario y luego cabeza de la legación chilena en La Paz y que se ganó la estima de Melgarejo, con fría repulsa da testimonio de esa época aciaga para Bolivia: “Entre los pueblos más atrasados del globo, estamos ciertos de encontrar algo mejor concertado, más congruente, más equitativo que en este desgraciadísimo pueblo boliviano, donde la barbarie y el vicio convertidos en gobierno, tienen suspendidos el látigo y la espada sobre las cabezas de dos millones de criaturas humanas. Y en este país, sin embargo, hay escritos y sancionados volúmenes de leyes tales y tan buenas, como las que tienen los más cultos pueblos. Está prohibida la pena de azotes y se azota sin piedad, por el simple mandato de una autoridad subalterna. Está mandado castigar el asesinato y el mismo presidente de la República asesina por su propia mano y se queda tranquilo. Está infamada la embriaguez y el ebrio habitual declarado inhábil para elegir y ser elegido, y el mayor ebrio consuetudinario es el primer elegido el primer elector, el Jefe de Estado, ebrio condecorado, divinizado, omnipotente. Hay, en fin, un poder judicial sometido a las formas, a los procedimientos del derecho de los pueblos cristianos y, sin embargo, una queja, una palabra imprudente, un lazo de parentesco, una delación anónima, una lágrima vertida en mala hora, pueden ser el único fundamento de una orden de prisión, de proscripción y aun de muerte”.

Leyendo esa descripción y como corolario, se puede afirmar que, lamentablemente, ese tipo de gobierno no fue exclusivo de Mariano Melgarejo, sino que Bolivia sufrió el embate de más de un caudillo bárbaro.

Raúl Rivero Adriázola es economista y escritor.

.



Tags:



BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
BRÚJULA-colnatur diciembre-2024 copia
Recurso 4
Recurso 4
SAVE_20251124_165756
SAVE_20251124_165756
BEC_DPF-Digital-970x120px
BEC_DPF-Digital-320x50px