Más que leer a Bryce, se conversa con Bryce, se escucha a Bryce, dice el autor en este lúcido texto impregnado de nostalgias.
Brújula Digital|22|03|26|
Antonio Vera
Con Alfredo Bryce Echenique quizás se ha terminado de marchar una época en la tradición literaria latinoamericana. O, por lo menos, se puede decir que hay un tipo de escritor que parece haber caducado, el que, entre otras cosas, era conocido mucho más allá de los círculos letrados y era capaz de generar lo que hoy resulta poco imaginable para un narrador: cariño y reconocimiento popular.
Recuerdo que, a principios de los 90, atravesamos Lima con un grupo de amigos para asistir a una conferencia que Julio Ramón Ribeyro iba a dar en la municipalidad de Miraflores, en un auditorio para unas 150 personas. Cuando llegamos ya no era posible entrar porque el lugar estaba repleto y, en vez de retirarnos, el centenar de personas que nos habíamos quedado afuera, siguiendo un instinto de rebaño, nos apostamos en las rejas de la municipalidad y comenzamos a corear el nombre de Ribeyro hasta que al autor de La palabra del mudo no le quedó más que asomarse al balcón y saludarnos tímido y sonriente.
Era usual que ocurrieran episodios de este tipo con Vargas Llosa, la gran figura pública, el gran interpelador de la sociedad peruana, siempre presente en la polémica política e incluso en las lides masivas, como en su fallida candidatura presidencial de 1990. Pero había algo extraño en que el protagonista de este fervor sea el flaco Ribeyro, el meditabundo autor de cuentos poblados de melancólicos perdedores.
Bryce, amigo entrañable de Ribeyro, quizás no congregaba multitudes, pero su figura elegante, sus lentes redondos, su sentido del humor, habitan en una suerte de imaginario popular en el que el escritor comparte espacio junto a otras celebridades. Entre las decenas de entrevistas a Bryce Echenique que aparecen en internet, no he podido encontrar una que le hizo Jaime Bayly, creo que también en los 90, en la que ambos se entrelazaron en una divertidísima conversación sazonada de humor y un alto grado de chispa alcohólica, y en la cual Bryce se animó a cantar algunos boleros. Lo que sí se puede hallar es un breve video de un par de minutos titulado “Joaquín Sabina y Alfredo Bryce borrachazoooooos”, publicado hace 15 años, en el que se ve a ambos salir de un conocido bar barranquino a las 6 de la mañana, Bryce con un vaso de vodka en la mano y Sabina con un cigarro encendido y un whisky. Sabina es rodeado por varias personas que le piden una foto, se sube a un auto y se marcha no sin antes gritar “¡Qué viva Alfredo Bryce!”, mientras este, luego de mandarle un besito volado, lentamente se va caminando solo por la calle. El video corresponde a Magaly TV, un programa de altísima popularidad que se dedica a perseguir celebridades para pillarlas en situaciones comprometedoras.
En los artículos y reportajes que homenajean a Bryce Echenique a propósito de su partida, se repite una idea que el propio escritor se preocupó por instaurar. La distancia entre la literatura que lo precedió, específicamente la de Vargas Llosa, y la suya. Bryce siempre promovió la idea de una escritura mucho más intimista y emocional en relación con las preocupaciones de orden colectivo y social de sus antecesores. Si en Conversación en la catedral Santiago Zavala se pregunta desde la puerta de La Crónica en qué momento se jodió el Perú, el narrador protagonista de “Eisenhower y la Tiqui-tiqui-tín” le pregunta a su ausente amigo el Gordo, en qué momento su amistad se fue a la mierda.
La gran novela de Alfredo Bryce, Un mundo para Julius, publicada en 1970, es un ejercicio de nostalgia e ironía que recrea la vida de un niño de clase alta que vive entre reliquias familiares, mayordomos y nanas cariñosas, y una madre extraviada entre la belleza y el vacío. Sobre esa novela, y sobre gran parte de la literatura de Bryce, se ha dicho que es una suerte de canto de cisne de una élite extinta, aunque también se decía, como a él también le gustaba contar, que entre Juan Velasco (el dictador de izquierda que nacionalizó la banca e implementó la Reforma Agraria) y Bryce Echenique habían dado el tiro de gracia a la oligarquía peruana. A él le daban risa ambas versiones.
Me cuesta, ahora que vuelvo a sus libros después de muchos años, reencontrar el entusiasmo con el que leí a Bryce. Pero recuerdo la fascinación que me produjo, más que sus historias, su dicción. El ir y venir, dubitativo, cachaciento, inteligente, de su voz autobiográfica.
Leer a Vargas Llosa, sobre todo al de sus primeras tres novelas, es como haber sido testigos cercanos de una labor escultórica apasionada y titánica. No da para sentarse. Hay que secarse el sudor y respirar profundo. Con Bryce, en cambio, se conversa o, mejor dicho, se escucha. Como si un ingenioso conversador nos hiciera pasar la noche en vela: de pronto nos damos cuenta de que el local está vacío, se acabaron los puchos (o queda unito) y ya ha amanecido. Sales a la calle tembloroso de malanoche mientras la gente ya está corriendo a sus trabajos. Y Bryce te hace un cariñoso adiós mientras se va caminando solitario y sonriente con su vaso en la mano, tarareando un vals de Félix Pasache o de Felipe Pinglo.