“La obra ya está publicada. Ahora toca leerla”, dice al autor de este texto, uno de los editores de la monumental Obra completa del polígrafo boliviano. La historia de una verdadera hazaña editorial que acaba de salir de la mano de Plural editores.
Brújula Digital|22|03|26|
Alfredo Ballerstaedt G.
Recogí el guante que lanzó Gilberto Rueda Esquivel en su artículo “Cátedra René Moreno”, publicado en El Deber el 31 de mayo de 2024. Decía algo simple, pero incómodo: Gabriel René-Moreno, pese a ser uno de los mayores referentes de las letras bolivianas, seguía siendo poco conocido en el ámbito universitario cruceño. En ese momento pareció claro que no bastaba con compartir el diagnóstico; había que asumir sus consecuencias.
Si en Bolivia existe algún consenso, es este: Gabriel René-Moreno es el más grande escritor e historiador boliviano del siglo XIX. Lo escribió José Luis Roca: “posiblemente no superado hasta hoy”. Y quizá lo importante es que esa valoración cruza generaciones y sensibilidades muy distintas. René Zavaleta, Alcides Arguedas, René Arze, Gunnar Mendoza, Josep M. Barnadas, Hernando Sanabria y Luis H. Antezana –por mencionar solo algunos– tienen algo en común: su devoción por la obra del polígrafo cruceño, calificativo tan caro en la tradición de los estudios sobre René-Moreno y hoy algo venido a menos.
No servía ese arrobamiento de panteón –que el propio René-Moreno habría llamado “fúnebre”– ni la liturgia del homenaje oficial. Si de verdad se quería salir del discurso vacío y de una admiración que no produce nada, había que ir a lo esencial: leerlo. Y, para leerlo, había que hacer lo que es obvio hacer: publicar su obra.
Con ese propósito, Plural editores –que por entonces había abierto una dirección editorial en Santa Cruz– creó la Biblioteca Gabriel René-Moreno dentro de su colección Orientalia, pensada para reunir la producción intelectual del oriente boliviano. El objetivo era claro y, al mismo tiempo, ambicioso: editar la obra completa de René-Moreno. No era, por supuesto, una idea nueva. Ya en 1933, Carlos Medinaceli, uno de sus grandes admiradores, había insistido en por lo menos dos artículos: “Don Gabriel René-Moreno y su centenario” y “La edición de las Obras completas de René-Moreno”. Es más: incluso el Congreso boliviano, en ley del 9.12.1933, dispuso publicar las Páginas escogidas de René-Moreno, proyecto que nunca llegó a concretarse, seguramente por la furibunda oposición del entonces diputado Franz Tamayo. La deuda, pues, venía de lejos.
La empresa no era sencilla. Ante todo, por la propia magnitud de la obra de René-Moreno: vasta, dispersa y exigente. Pero también por todo lo que significó sacarla adelante: reunir los textos, buscar en archivos –públicos y privados– y repositorios, transcribir, cotejar, corregir, editar, diseñar… Un trabajo paciente, casi artesanal, que fue tomando forma poco a poco. A eso se sumaba el desafío de conseguir recursos financieros en una escala poco común para el medio editorial boliviano. Desde el inicio quedó claro que no era un proyecto cualquiera, sino algo mucho más grande: una verdadera cruzada cultural.
La idea era ambiciosa desde el inicio: reunir las crónicas y ensayos de René-Moreno en siete tomos impresos –más de 4.000 páginas– y, al mismo tiempo, ofrecer al público, a través de un sitio web, la edición en facsímil de sus repertorios bibliográficos y colecciones documentales, que alcanzan los 12 volúmenes. Estos materiales –verdaderamente colosales, y que sitúan a René-Moreno en la cima del trabajo bibliográfico en América Latina– no pudieron incluirse en la edición impresa por razones estrictamente financieras. Aun así, la posibilidad de publicar el universo completo de la obra quedaba abierta.
Asimismo, se anunciaba la conformación de un comité de asesores integrado por especialistas en la obra de René-Moreno, y la posibilidad de enriquecer ese programa con la reedición de trabajos fundamentales de algunos de sus mejores lectores. Si a todo eso se sumaba la reapertura de la “Cátedra René-Moreno”, parecía legítimo preguntarse si podía pensarse un mejor homenaje para el bicentenario. Entonces respondí que no.
Hoy, esa propuesta ha dejado de ser una declaración de voluntad.
La Obra completa de Gabriel René-Moreno ha sido finalmente publicada. Más allá de los siete tomos impresos y de los volúmenes digitales que hoy circulan, lo que realmente vale la pena recordar es el camino recorrido. Porque lo esencial no está solo en los libros como objetos, sino en la energía –intelectual y también financiera– que hizo posible convertir aquella apuesta en un acontecimiento cultural.
Todo comenzó, en efecto, con una nota que publiqué en El Deber el 5 de junio de 2024, en respuesta al artículo de Gilberto Rueda Esquivel. En ese momento no había más que una convicción: René-Moreno no podía seguir siendo una pieza de museo ni un autor confinado a los anaqueles de los especialistas. Su pensamiento debía volver a circular como interlocutor en la conversación intelectual de nuestro tiempo. Hoy los libros existen. Pero lo más importante no es eso, sino el trabajo que permitió que esos textos vuelvan, después de mucho tiempo, a ser habitados por el lector.
Pero publicar no es simplemente imprimir. La suma de voluntades que hizo posible esta empresa estuvo liderada por Plural editores, el verdadero motor del proyecto. El compromiso del Museo de Historia de la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno, con el impulso de su directora, Paula Peña, y el respaldo financiero de la CRE fueron condiciones indispensables. Se trató, además, de un trabajo articulado entre Santa Cruz y La Paz. Pero el peso real de la obra recayó en la conducción editorial. Bajo la dirección de José Antonio Quiroga, y junto a mi socio editor, Mauricio Souza –uno de los mayores especialistas en René-Moreno en Bolivia–, el proyecto tomó forma definitiva dentro de la colección Orientalia, a través de la Biblioteca Gabriel René-Moreno. Ese marco aseguró que hubiera unidad de criterio y rigor en una edición crítica de esta magnitud. Conviene decirlo sin más: sin recursos, el proyecto habría sido imposible; sin trabajo editorial, habría sido irrelevante.
Hay una diferencia marcada entre una compilación y una edición crítica. Habría sido posible reunir los textos y reproducirlos. El resultado habría sido respetable, pero opaco. René-Moreno es un escritor denso; escribe para un lector de su tiempo: cita de memoria, menciona a figuras hoy olvidadas y participa en debates que requieren, si no explicación, al menos contexto. Leerlo hoy, sin ese acompañamiento, es un desafío mayor.
Ahí es donde el trabajo editorial marcó la diferencia: más de 4.000 páginas revisadas con paciencia, línea por línea; la comparación de versiones antiguas para corregir errores que venían arrastrándose, y la verificación cuidadosa de fechas, nombres y atribuciones. La edición suma más de 1.600 notas al pie, no como un alarde erudito, sino para facilitar su lectura hoy. Y, además, hubo un trabajo de archivo que permitió reunir cerca de sesenta cartas, varias de ellas inéditas, y rescatar textos que no figuraban en bibliografías previas.
Todo esto descansa en una arquitectura editorial pensada para que el lector avance sin tropiezos: revisiones cuidadosas, una diagramación que acompaña la lectura y una organización que permite recorrer la obra como un conjunto.
De algún modo, este trabajo prolonga el gesto intelectual de René-Moreno: ordenar para hacer visibles las conexiones. Ese fue, desde el inicio, el propósito: no levantar un monumento, sino devolver los textos al espacio público.
Porque los libros no viven por su sola existencia material. Cobran vida cuando pueden ser leídos, comprendidos, discutidos, incluso cuestionados.
La obra ya está publicada.
Ahora toca leerla.