La autora hace del intertexto su voz, y con esa reforzada impronta, simplemente mira, desentraña la ciudad y sus contextos.
Brújula Digital|15|03|26|
Virginia Ayllón / Retaguardia activa
¿Qué mira esa mujer desde una ventana? La imagen de una mujer mirando desde la ventana me lleva al recuerdo del cuadro en el que Salvador Dalí plasma a su hermana Ana, mirando la Bahía de Cadaqués, a través de una ventana. La hermosa espalda de Ana –que es lo único que podemos ver de ella– se confunde con el mar que está ubicado ante sus ojos. Este óleo, recuerdo, me encajó en un juego espacial doble, ya que, observándolo, fui introducida en la escena que ella contemplaba de espaldas. Me convertí en partícipe privilegiada porque el cuadro me insertó en el espacio que la mujer contemplaba. Esa especie de movimiento arquitectónico de la proyección y de la perspectiva me tragó, causándome sensaciones de complicidad, rechazo, vértigo, ganas de huir, pero, sobre todo, una ansiosa y extrema curiosidad de saber lo que esa mujer miraba.
Mirar desde la ventana del bus era una mirada horizontal hasta el día en que levanté la mirada y vi una mujer mirando desde la ventana del décimo piso de un alto edificio; desde entonces mi mirada es vertical y busco ascensores con la vista hacia afuera, con vidrios que elevan poco a poco la ciudad. Y miro.[1]
Mirada 1
Miro que vivo en una ciudad poblada de mujeres sentadas[2]. Incluso las casas pliegan las rodillas bajo las polleras y se ubican así en las montañas; unas bajo otras y otras bajo estas. Coloridas son las montañas de esta ciudad bordada de casas sentadas. A las seis de la mañana, las casas sentadas arrojan filas de mujeres vestidas en tres partes: pollera, manta y sombrero. Tal parece que las casas se desprenden de sus cimientos e inician un camino siempre hacia abajo. Poco dura la marcha de las casa-mujer que pronto pliegan sus piernas bajo la pollera y así inician el matutino rito que extiende su compás hacia la noche.
Mirada 2
La ventana es un espacio hecho de nada, el vacío demarca la ventana, pero es al abrigo de este vacío que se me presenta la ciudad y me presento yo ante ella. Desde una ventana, mi mirada se asienta en los transitorios ocupantes de las calles, quienes, por tal efecto, adquieren una nueva identidad, se convierten en transeúntes. En la ciudad todos somos transitorios, como aquella señora que está cruzando el parque, vestida de elegante negro; ha de ser viuda, me digo.
¡Qué sombra sugestivamente bella pone la viuda que cruza
la calle y va colgando en el hondeo de sus lutos el alma en
pena del marido fallecido![3]
Mirada 3
Me acuerdo de otro parque, en otra ciudad, y yo, la transitoria, añorando la añoranza del regreso, abierta la ventana de la habitación del hotel, y creyéndome la Ana de Dalí, abandono el peso de mi cuerpo en la recia madera de este marco de ventana, queriendo sentir con esa performance lo que creí ver en ese cuadro; algo como la nostalgia o la melancolía, esa en la que la tristeza amenaza, pero no llega. Y recuerdo que, en tal estado de saudade, mirando ese parque desconocido en una ciudad también desconocida…
La voz de una mujer, tierno gemido
lanzado en el silencio de la noche
cual sobre seca flor riego caído
cual suave néctar que la sed mitiga
cual mágico beleño
para el que insomne atormentado vela,
calmó mi angustia y mi fatiga
y al eco de esa voz que me consolaba
en paz me rendí dulcemente al sueño[4].
Mirada 4
Ana, la hermana de Dalí mira el mar, es todo lo que sé que mira, pero desde esta esquina mi ciudad es de piedra
aquí el mar es de piedra
silencioso mar que se curva
ondula
se repliega
estalla[5]
Mirada 5
Dicen que las ciudades son lugares de encuentro; lo descreo, porque encontrado el edificio,
Al subir
me crucé con una mujer
su cabello ardía
blancos gansos la escoltaban
Tardó siglos en hablarme.[6]
Mirada final
He mirado esta ciudad en estados de enajenación temporal y espacial, me he hundido en ese laberinto y no pocas veces su impacto me ha cerrado los ojos creyendo que se puede dejar de mirar; ingenua yo, una vez que has abierto los ojos no hay cortina posible, la ciudad se da la vuelta y te mira y no queda más que mirarse a una misma.
No siempre es luz lo que hay afuera, no siempre es tristeza lo que hay afuera y, a veces se puede encontrar la serenidad mirando desde la ventanilla de un taxi cualquiera.
No siempre es luz lo que hay en mí, no siempre es tristeza lo que hay en mí, y a veces puedo encontrar serenidad mirando mi reflejo en la ventanilla de un taxi cualquiera.
[1] Una primera versión de este texto fue publicada en junio de 2019 en Letra Siete, suplemento literario del desaparecido diario paceño Página Siete. Es un texto supuesto, simulado, o apócrifo porque está hecho con base en versos de hermanas poetas cuya palabra es la mejor que he encontrado para mi sentir por la ciudad. Reconozco en ello mis discapacidades.
[2] Este párrafo es el primero de mi cuento “La ciudad de las mujeres sentadas”.
[3] Hilda Mundy, Pirotecnia.
[4] Adela Zamudio, “Insomnio”. He variado el tiempo del verbo en los tres últimos versos, para efectos de integridad del texto. Adela me perdone.
[5] Soledad Quiroga, de “Los muros del claustro”.
[6] Vilma Tapia Anaya, de Luciérnagas del fondo