Un repaso a la esencia poética del vate paceño, a partir de dos premisas: la atmósfera de sus versos, y la capacidad de convertir el horror en sublime.
Brújula Digital|15|03|26|
Christian Jiménez Kanahuaty
Humberto Quino (La Paz, 1950) es uno de los poetas bolivianos que mejor ha comprendido que para acercarse a la poesía, primero había que leer y que la lectura habitase el cuerpo durante un tiempo hasta que sea tan fuerte su caudal que desborde el ansia poética por todo el cuerpo y se haga el verbo.
Así, la poesía de Quino es una glosa detenida, irónica y meditada de sus lecturas. Lecturas que, por otra parte, no son sino la otra cara de unos apuntes al pie de la literatura que en otro tiempo recibió el nombre de “literatura universal”, o así al menos la conocimos los que transitamos por salones de clase donde aún la posmodernidad no había hecho estragos, convirtiendo cada frase y categoría en algo difuso e indeterminado.
Pero más allá de esas derivas normativas, Quino es un constructor que, desde la palabra poética, hace dos movimientos que se comprenden vitales.
En primer lugar, crea una atmósfera cargada de sentido. El sentido le viene heredado por la introspección realizada a la luz de un conocimiento que es tanto cotidiano y doméstico como literario. Por ello, en “Un penique para el viejo gay” se enuncia: “Alguien te espera / con su carne desbordada en la noche / y una vieja canción revive tu desnuda vejez / y tu húmeda piel dice: / Cavafis es tu oficio.”, transgrediendo el orden y lo normal en una sociedad donde homosexualidad, carne y oficio se conjuran y conjugan de un modo tan alto que la poesía Queer contemporánea ya quisiera rozar.
Y este itinerario se refuerza en “Días sin ella” donde se lee: “Ahora puedo volver / a esa tumba sórdida de lo cotidiano / a ese redoble de injurias y cenizas / a esa casa de apaleados leprosos. / Y con un gesto / cerrar tus ojos para siempre.”; así nacen el énfasis y la delimitación del paisaje. Entonces, es posible pensar en Quino como un hacedor de lo sublime desde lo ruin, desde la ruina y lo que a primera vista resulta detestable.
Y aquí ingresa el segundo movimiento. Quino convierte el horror en sublime porque en toda su poesía no solo está atravesada la ironía, sino que también se ancla un halo romántico que le impulsa hacia la creación de una mirada que deambula por todos los escenarios de lo humano sin soslayar ninguno.
En “Fragilidad del gusano” encontramos: “Cuando cierro los ojos / la tierra es una caverna / donde el morir es un éxtasis / Y la vida un calvario de orate”, que junto con aquello de un fauno perdido en la avenida Buenos Aires, diagrama una esfera, perfecta y anticipatoria. Una esfera como un mundo de la vida, y como un espacio donde concurren todos los espacios; sociales, culturales, sexuales, musicales, estéticos y físicos. Todos tienen cabida porque todos se pueden nombrar y a todos se les puede sacar el revés que va de la iluminación a la ternura. Repleta de imágenes memorables y de un gran ritmo verbal, este segundo movimiento de la poesía de Humberto Quino es sin duda el que hace que su poesía sea cercana al lector. Se convierte así, en un poeta de lo prosaico, pero a lo prosaico le hace decir verdades que a la filosofía le pondrían la piel colorada.
Y quizá por ello no es casual que su poesía goce de una economía de palabras que solo es igualable a la que desarrolla Eduardo Mitre. Porque, además, otro rasgo que comparten es que, en muchos de sus poemas hay historias que se cuentan. Algo que se narra anida en el centro del poema. Y mientras menos saturado esté de lenguaje, más imágenes y sonidos son los convocados.
Hay, por lo tanto, una construcción medida y luminosa de la atmósfera, y ella remite a una época. “Las ciudades están sitiadas / y los soldados duermen sobre sus heces / (Un olor a rosas / sale de sus tumbas). / Nuestro rito / comienza en las puertas antiguas / (Candados flotando en el agua). / Al son del viento y las hierbas / Viejos tambores / resuenan en los páramos”. Este efecto de lugar comunica la distorsión del tiempo. Algo que el poeta es capaz de crear a su antojo, pero no sin referirse a una realidad que puede ser imaginada o, acaso, intuida por el lector a medida que va recorriendo los versos y las estrofas del poema. Porque de ese modo también el lector compone el libro de poesía que lee, y aunque Quino sea su autor, el lector termina por conformarse como su último hacedor.
Por ello, en la poesía se presenta, ese doble juego de espejos. Lectura y escritura. Atmósferas y esferas. Pero no toda poesía es solo juegos del lenguaje. Ni evocaciones ni transfiguraciones. También hay espacio y tiempo para organizar el mundo, porque al final del día de la creación, todo poeta es también un ser que reclama atención sobre su propio oficio y su manera de hacer las cosas de la palabra que forman un mundo sólido y funcional.
Es por ello que cada libro de poesía de Quino reescribe el anterior. Entonces, el nuevo libro inaugura etapas inéditas en la propia vida del autor: cada libro anuncia un poco lo que vendrá y sintetiza lo que existió. Pero debe decirse que no se ejecuta esta voluntad en plan de realizar un resumen; se hace más bien porque el poeta se da cuenta de que cada libro obedece a leyes propias del fraseo del verso, el orden de las palabras e imágenes y la intención final del poema como proclama de lucidez y sabiduría.
En ese sentido, el poeta es, a su manera, un romántico cortado por las palabras de la poesía que se avoca a la contemplación, pero desentraña de ella la figuración de la distorsión del mundo. Apuntala un lenguaje que reivindica la belleza de lo más miserable. Y es esto lo que hace que cada poema impulse a la poesía hasta las últimas consecuencias. Y quizá por ello Quino haya reivindicado el anarquismo como principio de vida intelectual y artístico. De ese modo, todo su proyecto desdice el ideario romántico porque el poema ya que no es resultado del aliento creador del más allá que precede toda existencia, ni el resultado de una musa que impulsa el deseo, ni de un enviado divino que sopla las palabras.
El poeta es el primero en sentir que todos estamos solos en el mundo. Es la soledad que siente Thomas Wolfe en sus novelas. Una soledad creadora, pero no por ello menos devastadora. La soledad de encontrase sabedor de una verdad que desea comunicar, pero pocos serán los despiertos que aprendan a deletrear el mensaje cifrado que se haya en los versos que refieren otra verdad del mundo, y como en Wolfe, el estar solo y perdido en la ciudad fortalecen la vitalidad del texto que se presenta, ahora sí, como espacio de comunicación entre dos desconocidos que padecen bajo el mismo sol.
“Así despiertos /como flacos danzantes / rotamos aún / En estas calles ciegas / Ciudad Redonda = mitad belleza & Mitad infierno”, y es entonces cuando el poeta se manifiesta contrario al sentido común y pasa a ser un sujeto más. Sobre determinado por su condición, claro, pero no diferente al resto.
Y sí, también es cierto que hay una poética de la ironía en Quino. Por los juegos entre contrarios que se fusionan para dar un nuevo orden a lo escrito. Pero también hay una construcción que lejos de ser irónica es profundamente melancólica. Y esto sí es romántico, porque en su poesía lo melancólico es la actitud que nace al contemplar un mundo que se cae a pedazos y que se intenta sostener tabique a tabique con los versos de un poema que, cansado de ecos y voces, prefiere hacer balas.
Y esto es porque el poeta no es un descreído, aunque pueda reír para no llorar. Y es que no hay fuerza que revele más fe en el mundo que la escritura de un poema. Pero, y he aquí lo impresionante en Quino: “Yo he sido mi más profundo ser / El que se retorcía / y andaba”. No todo acto de iluminación (a la Rimbaud, pongamos por caso), lleva a la consagración ni a la reclusión o la desaparición. En Quino, la iluminación le sirve para, con soberbia. postular un mundo propio que complemente el mundo de los vivos.
El mundo que crea nos es entregado para que riamos con él de nuestra mísera condición. Para así reconocer que aún con esta miserable humanidad podemos crear algo. Bueno, malo, no importa. El fin es crear. Porque toda vida sin creación es una vida desperdiciada. Y si se puede crear, la vida misma es valiosa, y no se mide en riquezas sino en la profundidad. Algo que significa que el escritor, el poeta ha logrado controlar los elementos y se levanta de entre los comunes y señala con propia voz una certeza olvidada, una emoción perdida y un recuerdo compartido.
Logra esto el poeta al verse a sí mismo y reconocer su justa medida; medida que se halla en los versos y en la unidad de sentido que forman, pero también en lo que encuentra cuando cada poema tiene vida propia e independiente del libro que los contiene, haciendo que los poemas se independicen de su creador y vayan por el mundo recolectando nuevas experiencias con las cuales serán de nuevo leídos y comentados y se encontrará en ellos nuevas cicatrices, vidas, imaginaciones y caminos por dónde ir para decir aquello que la mayoría calla.