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Bitacora | 15/03/2026   07:03

La inminencia del todo

Los árboles (El Cuervo, 2019) de Claudia Peña, nace de “Destellos”, un potente cuento con el que hace 10 años –he ahí la pertinencia de este texto–, la autora ganó el Concurso Nacional de Cuento Franz Tamayo.

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Brújula Digital|15|03|26|

Martín Zelaya

La muerte como realidad y como rutina inevitable, pero también como desgarrador adiós. El proceso, el camino, el lento avanzar hacia ella; su inminencia, duración y consecuencias. Todo en un cuento más bien breve, pero inmenso en su abarcar y en su milimétrico diseño. Así es “Destello”, con el que Claudia Peña ganó el Premio Nacional de Cuento “Franz Tamayo” 2016, y que abre Los árboles, libro de reatos publicado en 2019 por El Cuervo[1].

…un cuerpo se asoma al abismo pierde tierra y empieza a caer, inútiles los poderosos músculos, los pies en el aire, el minúsculo rozar de la tierra ahí abajo… (14)

Una reflexión, desde un ángulo pocas veces explorado, el del protagonista del fin, sobre la fugacidad y la insignificancia de una vida en la totalidad del tiempo; y, claro, por el contrario, sobre su inconmensurable valía en el punto y ámbito precisos. Pero también es “Destello”, un canto a lo natural, bucólico; a la pureza y libertad propias hoy de solo muy pocos espacios. Es, por lo tanto, una evocación un retorno pendiente (o definitivo).

…los árboles, que todo lo ven, parecían suspendidos en el aire ¿sienten apego los árboles? cuántos años habrán tenido. ya estaban ahí antes de la casa, antes de las vacas y sus mugidos, antes de las cadenas y los desbrozadores. por sobre esos árboles habían pasado muchas lluvias y muchos vientos lunas, y cuando había el bosque, animales salvajes también los ritos las jaurías los meses de criar de cazar la violencia de buscar la vida… (18)

Con esa minuciosidad y lucidez, la autora explora también otros hechos y sensaciones. El instinto, por ejemplo, en “Lazos”. Lo instintivo por sobre lo racional; la fuerza irreprimible, la necesidad inexplicable. La naturaleza y su reinado a veces indiscutible.

Ahora, girando ávidos alrededor de la perra, los machos sentían también unas olas pesadas que iban y venían en sus vientres, en sus pescuezos urgidos de gruñir enronqueciendo el aire, atrayendo a la hembra, dueña absoluta del olor que apagaba todos los otros, hasta solamente existir aquello que del cuerpo amarillo brotaba (25).

O el deseo, en “Bicicleta”: una mujer se deja dominar por la pasión tras quedar cautivada por un desconocido que pasa y repasa por su lado en bicicleta. Nada la detiene hasta concretar su deseo, ni siquiera su repentina viudez.

Él empieza a responder, pero después hay un silencio. Entonces pasa sus dedos nudosos por entre los cabellos de Nadine y ella no retrocede. Siente la mano áspera que la toca, que recorre la piel de su rostro y besa los dedos. (77)

En este conjunto de cuentos se desentraña, entonces, algunos de los sentires y sensaciones más comunes y presentes, pero no por ello menos sorprendentes en el matiz individual. Pero también, Peña incursiona en otros pasajes no del todo convencionales, como lo absurdo, lo desconocido y el guiño con lo sobrenatural.

En “Niño”, un cargador de bultos cuenta en primera persona cómo, de la nada, un chico se aferró a su camisa y no lo soltó más. El absurdo muy bien empleado para desarrollar una historia que explora en la marginalidad.

Yo antes llegaba rápido a cualquier sitio. Caminaba por la vereda, cruzaba las calles, había gente que iba más lento y que se iba quedando detrás. Yo no podía adelantar a la mayoría. No pedí esto. No quiero la mano que cuelga de mí, ni la cabeza abajo, siempre a mi costado. El brazo delgado y ajeno, que se vaya, que se suelte, que se aleje. (37)

En “Mundo”, Peña imagina un contexto separatista que devasta Santa Cruz: una pareja llega a su fin, pero es lo que menos importa porque el miedo –otra sensación hábilmente desmenuzada– cunde, gobierna, totaliza:

El mundo se termina, me digo, sería justo explotar. Que algo en el pecho se me rompa en mil pedazos, en cien mil y luego la onda expansiva contagie a este cuerpo. La expresión deforme de mi rostro, cuando el golpe de energía choque desde adentro contra mis mejillas, contra mis labios y los globos oculares, una explosión tan feroz que no quede nada, ni siquiera sangre, absolutamente nada, apenas polvo irreconocible, flotando en el aire como cualquier otra mota de polvo atravesada por la luz seca del sol. (98)

En “Bosque”, un grupo de excursionistas se pierde en el monte y más temprano que tarde aceptan que no quedan esperanzas. Laberinto sin salida. Paraje final. El más férreo y (a la vez) abierto de los encierros.

¿En qué momento se nos ocurrió entrar? Si era otro nuestro lugar, allí donde podíamos controlar las cosas y medir el tiempo. Aquí en cambio, el tiempo es un fantasma que sientes pasar frío e invisible, pero que no puedes usar, ni medir, ni nombrar. (118)

Maestra del cuento, del relato de corto aliento, pero pleno en intensidades y connotaciones, Claudia Peña es, también –como buena poeta–, cultora de frases y párrafos de colección, como, creemos, queda reflejado en la breve selección de estas páginas.

[

1] Texto elaborado para el libro Cuarto de siglo. Libros y autores bolivianos 2001-2025, a partir de unos párrafos sobre “Destello” publicados en el suplemento LetraSiete el 27 de noviembre de 2016.



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