Con este acercamiento a la última novela de Joaquín Pérez Azaústre, sobre los hermanos Machado y su época, el autor inicia su columna mensual en Bitácora. ¡Bienvenido Gabriel!
Brújula Digital|08|03|26|
Gabriel Chávez Casazola / Astrolabio
“Está en la sala familiar, sombría, / y entre nosotros, el querido hermano / que en el sueño infantil de un claro día / vimos partir hacia un país lejano”, dice al comenzar “El viajero”, poema de Antonio Machado que hace referencia a uno de sus hermanos menores, Joaquín, quien navegó siendo adolescente a Guatemala en busca de mejor suerte –tras fallecer su abuelo, sostén de la familia– y regresó pocos años después, enfermo y sin fortuna.
Con esos mismos versos, elegidos como epígrafe y una parte de ellos como título, arranca la novela El querido hermano, de Joaquín Pérez Azaústre, publicada en 2023, y que no he podido soltar desde que la abrí hasta que, dos días después, terminé de leerla con ojos humedecidos.
Ojos, escribo, y pienso en los de un ciervo que, en medio de una carretera boscosa y en el ecuador de la novela, miran fijamente a Manuel, el primogénito de los Machado Ruiz, que junto a su esposa Eulalia cruza a toda velocidad el norte de España en un Bugatti 57 de ocho cilindros con carrocería azul y negra, “un latigazo de metal en la planicie”, para llegar hasta Collioure y despedir a Antonio, su hermano más cercano, quien acaba de morir en esa localidad francesa un 22 de febrero de 1939, hace 87 años.
El ciervo se ha salvado de ser atropellado, por una rápida maniobra del conductor (personaje ficticio que observa y relata varios episodios del libro), y Manuel se ha librado también, 29 meses antes, de morir o quedar preso en una cárcel de Burgos, cuartel general de los sublevados, donde, por azar –si es que eso existe–, lo ha sorprendido el inicio de la Guerra Civil española el 18 de julio de 1936.
Antonio, en cambio, no ha podido escapar de los quebrantos del cuerpo y el alma tras cruzar a duras penas, literalmente a pie, la frontera, huyendo de su país, junto a su anciana madre Leonor, su hermano José, pintor y dibujante, y la familia de este. Una entrada en Francia que no podía ser más distinta de aquella del 3 de julio de 1899, cuando llegó a la Gare de Lyon a sus 23 años, donde lo esperaba Manuel, quien ya se había estrenado como poeta –acababa de publicar el poema “Lo que dicen las cosas” – y pudo presentarle a Darío, a Gómez Carrillo y al propio Wilde en sus horas de declinación, allá en la tertulia del olvidado Jean Moréas en el Calisaya, mítico bar de los 132 cócteles.
El hombre que amaba “los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles” no pudo resistir el ritmo frenético y a la vez decadente de ese París finisecular y volvió tras sus pasos antes de que terminara el año. Casi 40 años después, tampoco pudo soportar el destierro y la tristeza en Collioure y allí quedó su cuerpo. Su poesía (donde está impregnado su espíritu) lo trascendió largamente.
Sus días finales están relatados en “Últimas soledades del poeta Antonio Machado. Recuerdos de su hermano José”, libro testimonial escrito en 1940 y publicado siete años después en Chile; donde se exiliaron y murieron dos de los hermanos Machado: José, el pintor, y aquel Joaquín del poema “El querido hermano”, de quien se ha publicado recientemente un libro póstumo de aforismos. Recordemos que Francisco, el menor de los hermanos varones y funcionario de prisiones, también fue escritor y sus Obras escogidas se editaron en 2012. Dicho sea de paso, el padre de todos ellos, también llamado Antonio, es considerado el primer folklorista español.
En la novela de Pérez Azaústre, sin embargo, el querido hermano es otro, no Joaquín. Para Manuel, de forma inequívoca, ese es Antonio, en quien no cesa de pensar, separados ambos por la guerra y una grieta que se va convirtiendo en un abismo, no cerrado hasta ahora. Manuel ha quedado del lado de quienes serán los vencedores. Esa será su salvación entonces, una vez rescatado de la cárcel, pero su perdición literaria después, cuando giren las tornas y algunos poemas genuflexos opaquen su figura y el resto de su obra.
El autor explora y muestra –es notorio que ha investigado, pero se permite imaginar con la soltura que da la ficción– las razones del proceso de conversión religiosa y política que pudo haber vivido Manuel Machado en sus años burgaleses. Al hacerlo, dibuja un personaje introvertido y desgarrado, pero a la par potente, cuyo conflicto somos capaces de comprender. Así, a ojos de los lectores Manuel puede liberarse de la pesada sombra que lo ha estigmatizado y volver a ser, como antes de la guerra, el querido hermano de Antonio, con quien escribían piezas de teatro a cuatro manos.
En el camino de la narración quedan retratados también los pequeños odios y envidias de siempre y los peligrosos fanatismos de ayer y de hoy, cuando vivimos nuevamente un tiempo de posiciones irreductibles, en que se nos presiona de mil modos a comprar a ciegas un relato empaquetado por otros (o la agenda contraria), y así elegir entre el blanco y el negro, perdiendo la enorme riqueza vital de los matices, que es donde suelen morar la razón y el buen sentido.
Felizmente, Joaquín Pérez Azaústre sabe huir de los maniqueísmos y así consigue que su novela, siendo de grata lectura, resulte al mismo tiempo, sin ninguna pretensión ni solemnidad, un ejercicio de reflexión ética abundante en contrastes; en el que nos invita a descubrir (o redescubrir) al primogénito de los Machado en esa etapa cuando, con un posible regusto a traición, cargaba a cuestas el amor por su hermano Antonio; poeta enorme que, según relatan, el día de su muerte llevaba, en uno de los bolsillos de su gabán, un verso que sería su ligero equipaje de despedida: “Estos días azules y este sol de la infancia”.
“No parece gran cosa, / no deslumbra, / apenas / unas pocas palabras gastadas por el uso. // Estos días azules y este sol de la infancia. // Pero todo cabe en ellas, / no se terminan nunca. // Quizás por eso / yo las evoco ahora frente al mar”, escribe Karmelo Iribarren.
Toca cerrar estas líneas pensando en este y en otro poema, terriblemente profético, de Manuel Machado, quien en 1900 prefiguró el viaje final de Antonio a través de la frontera:
“Es largo el camino / penosa la senda / y aún está muy lejos del pobre viajero / muy lejos la aldea. // Ya sobre los montes, / sobre las llanuras, la sombra campea; / en el aire hay girones de vagas / claridades muertas / que se van donde el sol agoniza / a ceñirle corona de nieblas. // ¡Todo se hace infinito! Es la noche, / la noche que llega, // y los mares suspiran inmensos, / se estremece de frío la tierra... / Su monólogo empiezan las fuentes, / su veneno destila la adelfa / y a intervalos largos el viento / dice en su arboleda: // ‘Es largo el camino / penosa la senda, / y aún está muy lejos del pobre viajero / muy lejos la aldea’”.