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Bitacora | 08/03/2026   07:01

La carta que Kafka no envió

Una lúcida relectura de un clásico. Por suerte para todos los lectores, Kafka no sucumbió a las presiones sociales, y se mantuvo firme en sus instintos.

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Brújula Digital|08|03|26|

Raúl Teixidó 

Carta al padre (1919), testimonio único en su género, es un razonado y pesaroso alegato en torno a una relación paterno-filial abocada al fracaso. El manuscrito original formó parte del legado de Kafka (tres novelas inconclusas, borradores de sus últimos relatos, Diarios, etc.) que Max Brod fue dando a conocer a partir de 1925. El destinatario de aquella famosa misiva nunca tuvo noticia de su existencia.

Pragmático, expeditivo, dotado de iniciativa y tenacidad (amén de fortaleza física y una salud de hierro), Hermann Kafka era “todo un carácter”: intransigente y autoritario dentro y fuera del hogar, habituado a tener siempre la última palabra, menospreciaba por igual a empleados y competidores, y a toda opinión que no coincidiese con la suya, incluso en las cuestiones más banales.

Personalidad intimidatoria, punto menos que la medida de todas las cosas para Kafka, que le profesaba un respeto rayano en la subordinación, y que evocó en estos términos uno de sus rasgos característicos: 

Tenías una manera especial de sonreír, muy bella y poco habitual, una sonrisa satisfecha, callada y aprobatoria que puede hacer inmensamente dichosa a la persona a quien va dirigida... No tengo memoria de que, siendo niño, me la dispensaras alguna vez, aunque probablemente sí.

Bajo la mirada paterna, Kafka experimentaba la sensación de encontrarse frente a un tribunal, pendiente del rechazo o del beneplácito que pudiera merecer, en una actitud similar a la del protagonista de su célebre parábola Ante la ley: pese a reunir todas las condiciones habidas y por haber para ser admitido, le domina la inconmensurable certeza de que no logrará trasponer el umbral del recinto. Llegado el momento, tan largamente esperado, el guardián de la puerta le niega el paso.

Hermann Kafka poseía sobrada experiencia para orientar y aconsejar en asuntos de su incumbencia (y cualidades de educador) que, a buen seguro, hubieran funcionado de maravilla con alguien distinto a Franz (el destino siempre reparte mal las cartas). Aunque de natural amable, Kafka era introvertido y egocéntrico y su mundo interior libraba una incesante batalla con la realidad cotidiana, que coartaba su energía creativa, obligándole a sobrellevar, a duras penas, una existencia convencional. De ahí que todos los esfuerzos del padre por hacer de él “un hombre hecho y derecho” resultaran infructuosos. En un momento dado, Hermann Kafka incluso decidió confiarle la administración de una fábrica de asbesto (en la que había realizado una considerable inversión). Para Kafka, el asunto se redujo a una fallida aventura empresarial.

Un padre que disfruta de sólido estatus social y económico, logrado con esfuerzo y perseverancia, intenta, por activa y por pasiva, que su primogénito siga sus pasos: actitud a todas luces lógica y natural y, desde luego, nada reprobable. Sin embargo, según se demostró en la práctica, Hermann cometió un grave error al no asumir que el hijo carecía de aptitud para los negocios (algo que no pudo o no quiso ver), y que vino a empeorar su absoluta falta de empatía (reiteradamente manifestada) respecto a la vocación literaria de Franz, anheloso, en todo momento, de un gesto de afecto o aprobación en ese sentido. Cuando Kafka le obsequió un ejemplar de su primer libro (Contemplaciones, 1913) por toda respuesta, el padre se limitó a decir: “déjalo encima de mi velador”.

Kafka estudió derecho en la Universidad Alemana de Praga, una opción que, en sus propias palabras, “sin herir su dignidad, preservaba su indiferencia”, dando a entender que la abogacía era una carrera tan respetable como la que más, pero que no le atraía especialmente. Se licenció en leyes y luego obtuvo un doctorado; poco después, el puesto de asesor legal (1908-1917) en una importante compañía aseguradora de accidentes del trabajo, mereciendo el beneplácito de sus superiores, que lo conceptuaban un empleado modélico. No era lo que su padre esperaba de él ni muchísimo menos lo que Kafka esperaba de sí mismo, pero la vida impone sus pautas, inexorablemente, incluso a los más reacios a seguirlas.

Superada la treintena, Kafka aún residía en el domicilio familiar, a diferencia de sus hermanas (excepto Valeria (Valli), que habían emprendido su propio camino: Gabrielle (Elli), casada, no residía ya en la casa paterna; tampoco Ottilie (Ottla), la menor, que se había instalado en Zürau (Bohemia), donde administraba una pequeña propiedad rural (granja) en compañía de su futuro marido. Lo cual explica que, en aquella época. Kafka reflexionara detenidamente sobre las ventajas que podía reportarle un cambio de estado civil que, para el común de los mortales, suele representar “el inicio de una nueva vida”. Contraer matrimonio, opción honorable y socialmente bien considerada, a la que, no obstante, Kafka terminaría por renunciar, al hilo de estas y otras consideraciones:

a) La vida conyugal implicaba el cumplimiento de una serie de tácitas obligaciones derivadas de las necesidades afectivas de la pareja: ¿cómo acertar corresponderlas sin antes estar seguro de cuáles eran las suyas propias ni de si unas y otras podían colisionar en algún momento, excluyéndose mutuamente?

b) La vivienda común –es decir, el espacio compartido– se convertiría, inevitablemente y desde los primeros momentos, en un espacio invadido (desaparecería toda privacidad y, con ella, el tiempo libre que, eventualmente, podía dedicar a la escritura).

c) La posibilidad de convertirse, a corto o mediano plazo, en pater familias, rol inédito para el que Kafka no se consideraba preparado: “¿Cuál es mi disposición para la dicha y la estabilidad? –se preguntó-–: ninguna en absoluto”.

El matrimonio se le antojó, pues, una “solución a medias” (podía funcionar temporalmente, pero no resolvía el problema de fondo), un “movimiento en falso” (falsche bewegung) que era preciso evitar a toda costa.

Kafka anuló (en dos ocasiones) su compromiso con Felice Bauer. Tampoco llegó a buen puerto su proyectado enlace con Julie Wöhrizek. Estaba destinado a recorrer su camino en solitario, a persistir en una batalla de incierto desenlace que, aun siendo así, otorgaba sentido a su existencia. Perderla quizá no equivaldría necesariamente a tocar fondo: nadie sabía con certeza cuál era ese fondo y, en consecuencia, nada podía darse definitivamente por perdido. El pájaro enjaulado que no añora su libertad deja de ser un pájaro.

Carta al padre concluye con esta exhortación: 

Ninguno tiene la culpa de nuestro mutuo desentendimiento: si lograra convencerte de eso tal vez sería posible no una nueva existencia (ambos tenemos ya muchos años para eso), pero sí la posibilidad de llegar a un punto que pudiera proporcionarnos algo de calma y sosiego, que nos harían la vida y la muerte un poco más sencillas.



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