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Bitacora | 08/03/2026   07:03

"El joven Sherlock" y las entidades fluctuantes

De una reflexión sobre la trascendencia en el imaginario que alcanzan algunas identidades ficticias, el autor aterriza en uno de los mayores ejemplos: el gran clásico de Conan Doyle.

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Brújula Digital|08|03|26|

Fernando Molina / Tres tristes críticos

Según Umberto Eco, Sherlock Holmes es un “objeto semiótico”. Esto significa: las obras de Arthur Conan Doyle han definido un conjunto de características que, al converger, generan a tal personaje ficticio. Estas características son, entre otras, que es un detective, que es capaz de hacer deducciones (o, más bien, inducciones) sorprendentes y dejar boquiabiertos a quienes las presencian, que fuma pipa, que usa gorra de cazador, que se inyecta una solución de cocaína al 7 %, que vive en Baker Street, que tiene un hermano, Mycroft; un fiel amigo, el doctor Watson, quien escribe sus aventuras; y también una némesis, el profesor James Moriarty, etc. 

En realidad, todos los personajes ficticios son igualmente objetos semióticos. Algunos, como Caperucita Roja, Robin Hood o Sherlock Holmes son, además, de “un orden más alto”, es decir, poseen un conjunto de características muy significativas, lo que les permite “salirse” de las obras que les dieron origen y migrar a otras, ya del mismo tipo (de una novela a otra), ya de un tipo diferente (hacia el cine, las series de televisión, los cómics, etc.) Dice Eco que se convierten en “entidades fluctuantes”. 

Estos viajes causan algo interesante: los objetos que los realizan pierden algunas de sus características originales y ganan otras nuevas, aunque sin por eso dejar de ser ellos mismos. La Caperucita Roja puede preguntar o no por qué las orejas de su abuelita son tan grandes, por ejemplo; pero no puede perder su caperuza escarlata o su trato con un lobo. 

La cuestión, entonces, reside en saber cuáles son las características “diagnósticas”, como las llama Eco, de tal o cual personaje fluctuante; esto es, los rasgos que no pueden variar si se pretende que la semiosis original se prolongue sin ruptura. Eco niega que se trate únicamente del uso del nombre, aduciendo que existen casos en los que personajes como Madame Bovary aparecen con otros nombres y sin embargo son reconocibles, así como otros casos en los que, pese a que los personajes mantienen sus nombres, la pérdida de ciertas características cruciales los desdibuja hasta hacerlos inaceptables para el receptor. 

El semiólogo italiano considera que las entidades fluctuantes son análogas a las notas musicales. Estas pueden ser interpretadas por otros instrumentos que aquel para el que una melodía fue compuesta originalmente, e incluso pueden ser mal ejecutadas por un músico inexperto o poco talentoso, pero al final se las sigue reconociendo. O no. La cuestión de cuáles son las notas diagnósticas y cuáles las prescindibles es una cuestión empírica, es decir, depende de cada interpretación. Por tanto, corresponde a los músicos profesionales, no a la teoría semiótica.

Sherlock Holmes ha fluctuado incesantemente desde que fue creado por Conan Doyle a fines del siglo XIX. A veces su trasfiguración ha sido convencional, conservando buena parte de las características originales. En otras ocasiones, en cambio, ha sido más atrevida, generando debates en torno a si la figura que se presentaba era o no el “verdadero” Sherlock Holmes. La existencia de estos debates indica que los receptores esperan que el trato sea justo: si ellos están dispuestos a jugar el juego semiótico y “reconocer” al personaje esbozado fuera de su espacio natural, quieren que a cambio sus nuevas características sean razonables y tengan una justificación. Superman podrá ser compuesto y recompuesto, pero no podrá ser cobarde ni tampoco llamarse algo distinto que Clark Kent.

En este caso de Sherlock, hemos visto representaciones de él bastante atrevidas, modernizadas, purgadas de drogas ilícitas, incluso críticas con el personaje. En cambio, ya no es de uso presentar a un Holmes canónico. 

La última versión del más famoso detective del mundo que está disponible se llama El joven Sherlock y se exhibe en la plataforma de streaming Prime. La serie ha sido creada por el director Guy Ritchie, lo que es interesante, porque este es el mismo director que hace 15 y 18 años realizó dos películas muy celebradas –y muy buenas– sobre el mismo personaje. Se suponía que habría una tercera, pero la casa productora de estos filmes, la Warner Bros., primero consideró cambiar a Ritchie por otro director y al final desistió (según parece) de poner nuevamente a Robert Downey Jr. en el papel de Holmes y a Jude Law en el de Watson. 

En cambio, Ritchie sí sigue –esta vez de la mano de Amazon– en el propósito de mostrar un mito menos mítico, por decirlo así: un detective que no solo sea razonador, sino también hombre de acción, innovador en muchos campos e incluso dueño de un corazón romántico.

Otra vez, entonces, nos cuenta las aventuras de la criatura condenada a la percepción perfecta con su peculiar estilo directo e hipercinético, tan cargado de elipsis como de numerosas recapitulaciones. 

Una vez más, pero en El joven Sherlock va mucho más allá, no solo porque sube al escenario a un Holmes veinteañero, sino porque lo muestra con rasgos tan “originales” como la cleptomanía y la frecuentación amistosa de Moriarty. Otros personajes del universo holmesiano también sufren importantes variaciones. El inspector Lestrade es un simple policía menos inútil que de costumbre. Holmes tiene mucho más que un hermano: una familia completa con una terrible tragedia en su pasado, en fin… Las diferencias son tan agudas que uno no sabe muy bien si conceder o no al personaje la identidad que pretende tener.  

Las dos películas de Ritchie fueron una estupenda recreación y actualización de la figura legendaria, mientras que la serie El joven Sherlock está más cerca de introducir a una nueva figura que solo se inspira lejanamente en la conandoyleana. No me identifiqué con ella, la verdad. 

Por otra parte, la serie está realizada en un tono de comedia ligera que a ratos resulta molestoso (véase la cara de bobo que debe poner el excelente Colin Firth). Aunque, claro, no es que las aventuras de Sherlock Holmes alguna vez hubieran sido “profundas” o serias. Siempre fueron entretenimiento popular, aunque ahora, las originales, se nos presenten revestidas de una pátina de nostalgia que las torna encantadoras. Las películas de Ritchie recuperaron esa nostalgia y la pusieron dentro de un cuadro de suspenso como los que nos gustan contemporáneamente. La serie, en cambio, no lo logra. Queda para entretenerse un rato antes de dormir.



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