Esta no es solo una reseña de Detrás de los Andes, diario de viaje de un artista (Plural), de Fernando Montes; es una estupenda incursión en el universo de un caminante: o de dos, si contamos a su hijo Juan Enrique; o de tres, si no nos olvidamos de Kerouac.
Brújula Digital|01|03|2026|
Moira Bailey J.
Como todo buen libro Detrás de los Andes, diario de viaje de un artista es muchas cosas a la vez. Podría catalogarse quizás como diario de formación, si recordamos que en la novela de formación el protagonista presenta una evolución a lo largo de las páginas; inaugura un tipo de actitud o mirada que seguirá vigente el resto de su vida, puesto que, siguiendo el hilo de su curiosidad, se entrega a un proceso irreversible, sin conocer realmente el impacto que tendrá.
Este es el diario que recuenta un viaje de Fernando Montes Peñaranda, quien se concibió como artista desde muy joven y se planteó retos claros, como el de acceder a la Amazonia caminando desde la ciudad de La Paz. Tener la intención de conocer la parte de atrás de algo supone de entrada conocer también la parte delantera de ese algo, ser capaz de asir la cara del revés que se está buscando. Todo gira, irremediablemente, en torno a los Andes y cualquier idea que evoque esa cordillera creada en la era mesozoica y que divide el continente atravesando ocho países. Descubrir lo que hay ahí detrás, detrás de esa pared de gran pendiente que por algún motivo incomprensible parece menos escarpada que la contraparte trasera que no se puede ver, es la intención del recorrido. Fernando concretó una aventura largamente planificada, logró su cometido acompañado por un grupo de viajeros que, por muy diferentes razones, tenía intenciones similares en ese momento.
Años después, su hijo Juan Enrique decidió continuar aquella aventura; escogió las fotos, reunió los fragmentos de la crónica escritos por Fernando, rellenó los espacios vacíos y generó un texto completo haciendo un trabajo editorial a la par que emocional. En letra cursiva se lee el relato de Juan Enrique que va completando lo que falta con recuerdos reiterados o anécdotas escuchadas en la infancia, con aquello que suponía que habría pensado o habría dicho Fernando, haciendo un homenaje al recorrido de este gran artista que fue su padre.
Se trata de un libro póstumo no solo por haber sido publicado después de la desaparición del artista, sino también porque fue armado de forma póstuma. Se juntaron fragmentos de diversos momentos; muchos cuadros y datos habían desaparecido, pero se conservaron muchos otros, que es lo que importa. El diario es el testimonio de la concreción de una idea que transformó la visión de las cosas que tenía quien la hizo realidad, pues logró cruzar una ansiada e impenetrable pared, buscando respuesta a varias de sus inquietudes.
El efecto de aquel viaje a la selva duraría por siempre. La experiencia fue a todas luces iniciática, decisiva. Diez años más tarde, en 1965, al retornar Fernando a La Paz después de varios años de ausencia, tomó una decisión radical que iba a transformar el resto de su producción. Profundamente deslumbrado por la luz de la altura, decidió olvidar los colores que había utilizado en su pintura hasta entonces para adoptar exclusivamente los tonos de la tierra. La inmensidad del tiempo y del espacio lo cubría todo, no había otra visión posible. Juan Enrique sintetiza la vivencia, ese instante en el que la luz fue tan deslumbrante que cambió definitivamente la perspectiva de Fernando. Los cuadros de las etapas anteriores que aparecen reproducidos en la edición de pasta dura de Plural Editores, en los que se aprecian vivos colores y mujeres amazónicas, hablan de la firmeza con la que tomó esta decisión que no tendría vuelta de hoja.
Como siempre, el tiempo hizo su trabajo. Fernando realizó la aventura una sola vez; la recontó después desde Londres; Juan Enrique tomó los fragmentos del texto, repasó los nombres de los poblados y los mapas de la región, para poder completar la crónica y transcribirla. A partir de su texto, los lectores podemos hacer el recorrido de La Paz a la selva amazónica y cruzar esa pared real y metafórica formada por las montañas, para después preguntarnos, al igual que él se preguntó cuando era joven, qué diablos hay ahí atrás y tratar de responder.
El viaje se proyecta de adentro hacia afuera, parte de lo específico buscando la inmensidad. Es imperante que el viajero pase peligros como en esos juegos infantiles en los que hay brujas y serpientes y dragones, y en los que después de caer en picada por algún descuido o mala suerte, hay que iniciar el recorrido de nuevo al principio del tablero, para finalmente llegar a la meta a puro golpe de dado. Son muchas, muchas las causas por las que uno puede perecer en las ciudades, cuentan estos caminantes, menos ser atacado por un hermoso felino cuya belleza es inversamente proporcional al miedo que causa. Un paso en falso puede provocar la estrepitosa caída de una mula desde lo alto de la montaña hacia el abismo y la irremediable frustración de su dueño.
Es preciso ser rápido con la cabeza, ágil con el cuerpo. La dinámica del diario no perdona, se reconstruye el día a día. La comunicación se convierte en un verdadero espejo del sentir y mirar de quien escribe el recuento. La belleza, el cansancio, la expectativa son acuciantes; se aprecian tantas cosas, además de los histriónicos, elocuentes, abruptos detalles de la geografía. Las cigarras llegan a ser una tortura, quien lo diría, pero tal vez pertenecen al otro lado de las cosas. Soliz, el único nativo del lugar, había cazado un jaguar años antes, allí permanecían sus huesos como trofeo por una hazaña cumplida después de kilómetros y kilómetros saliendo y entrando a la selva. La bestia se le presentó silenciosa en un recodo de la senda de donde sabía que no podía escapar. Actuó con celeridad. Solo quedaron vestigios.
Una chola paceña en plena selva captó la atención del pintor; su garbo, su aire déjà vu en entornos nuevos, su manera de dominar el espacio con tranquilidad, son tal vez parte de la esencia andina de la que este libro es expresión y que en verdad es difícil de explicar. Al igual que Jaime Saenz, Fernando quedó maravillado con la inteligencia de los aymaras, con su habilidad para habitar y conquistar espacios no conocidos. Observó que los nombres de las poblaciones están en aymara, mientras que los de los ríos son mosetenes, le pareció que los aymaras hubieran aprendido a fundirse como los ríos.
Los viajeros llegan a Huachi, un enclave de La Paz en Cochabamba. El cansancio y la expectativa se combinan con descripciones de trayectos hermosos y risueños. Fernando a ratos describe, otros, reflexiona sobre los planes; añora tener más tiempo para contemplar lo que ve, pero acepta su fugacidad, observa el efecto que tiene llegar a los claros en el bosque. Las vivencias se narran con detalle, como en una fotografía a gran escala. El lenguaje del relato remite a los cuadros del artista, es sobrio y depurado, no sobra nada, todo es esencial.
La larga y tupida lluvia calma los sentidos y propicia la resignación después de haber perdido varios días por su causa. La aceptación es de algún modo efecto de la aventura. Rurrenabaque es la síntesis. Fernando celebra una tormenta en un caserío abandonado; describe una soledad más omnipresente que la de la intemperie en la noche. Obtiene una sensación diferente y también un premio merecido después de haber pasado uno que otro susto y haber vencido el cansancio. Otra vez Saenz aparece en la mente, pues creía firmemente que no podía ser humilde aquel que no hubiera aprendido a contemplar la lluvia.
El agua es la pauta, el número de arroyos cruzados sirve para contar la distancia, buscaban nueve, pero solo detectaron ocho. El último suponía la llegada a Guaybé que aparentemente no se alcanzó. De pronto, la última ladera de los Andes, la última estribación abraza la inmensa pampa, es necesario conocer las esquinas, los vericuetos, los límites, para después conocer el pensamiento de quienes allí han habitado por años.
*
También en los 50, Jack Kerouac, el viajero de la carretera por excelencia, realizó un experimento parecido al de Fernando, tanto por las expectativas como por sus efectos largamente apreciados en su trabajo. “Alone on a Mountain Top” es un relato de cuando decidió alejarse temporalmente de todos y todo para superar sus miedos y sus excesos. Fue favorable el resultado del Departamento de Agricultura a la solicitud que el joven escritor había enviado en torno a una plaza como guardabosques en el Parque Nacional Monte Baker en las Cascadas del Gran Noroeste, paisaje que había ejercido siempre una atracción inmensa ante sus ojos.
Para acceder al remoto parque, Jack atravesó pequeños poblados y caminó por las montañas donde los locales lo tomaban como a un verdadero forastero. Su labor consistía en prevenir a las autoridades sobre fuegos suscitados en el bosque mientras pasaba 63 días con sus noches en completa soledad, cerca de El Pico de la Desolación. El trayecto para llegar al parque no era fácil, había piedras y vientos intensos. Mientras avanzaba, veía las montañas tranquilas y el torrente veloz de los ríos. En aquel parque divisó una primera estrella, venció la angustia y la tensión. Su amor por la naturaleza hizo que su destreza en los senderos fuese proporcional a su habilidad en la ciudad, a su fuerza para enfrentar las vicisitudes y sorpresas. Los venados llegaban en las noches de luna. El tiempo era lento, pero también veloz mientras él deseaba mantener la mente clara. Se lee el relato retrospectivo, el dinamismo insoslayable del viajero. Allí los ruidos eran palabras, los osos acechaban dejando sentir su presencia.
Pero lo esencial es amar la vida, la vida sin preceptos, según concluye el escritor al final de la aventura. Hay que amarlo todo, se dice a sí mismo. Desde la intemperie desolada aprende a soportar mejor a sus congéneres, allí en medio del ruido irrevocable de la vida. Pocas horas antes de tomar el barco que lo llevaría de vuelta, Jack volteó para despedirse de El Pico de la Desolación, agradeciéndole por su abrigo y sus enseñanzas. Terminó la aventura acostado, con la cabeza en el pasto, contemplando la luna.
¿Cuál es realmente el efecto de haber aguantado el miedo que causa un jaguar cuya existencia se desconoce hasta que ataca? ¿En qué medida una persona se vuelve diferente después de haber pasado noches en vilo temiendo que llegara un oso que ya había manifestado su presencia? Efectivamente, había muchas escenas detrás de los poblados solitarios y los ríos caudalosos por los que Jack pasó antes de llegar a donde se proponía, así como tantas otras atrás de la montaña que Fernando atravesó en un viaje de solo veintiún días, cuyo aprendizaje iba a extenderse a lo largo de su vida.