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Bitacora | 01/03/2026   07:05

La ruda

Con este potente texto, el autor inicia una columna mensual "El silencio de las plantas" en Bitácora. ¡Bienvenido Juan Pablo!

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Brújula Digital|01|03|26|

Juan Pablo Piñeiro / El silencio de las plantas

“Cierro mis ojos y el universo tiembla conmigo”, decía el gran poeta Urzagasti. También repetía algo que todo el mundo dice: “más conocido que la ruda”. Y es que para él estaba claro que la sabiduría de todos es, nomás, la sabiduría del mundo.

En ese sentido tampoco sería justo de mi parte decir que los gringos son diabólicos, porque si no fuera por ellos hoy no llegaría el aire a un corazón que aquí late por milagro. La oscuridad es transparente cuando se lleva por dentro. Y en esos años, a mediados de los 90, aunque había guerras cruentas, todavía había gente dedicada a salvar vidas sin mirar a quién. Como el cirujano Lynn McGrath y su equipo.

Imagínense un adolescente tercermundista, aunque privilegiado como yo, con una dolencia mortal de nacimiento, y quizás de otras vidas, ser revivido en un lugar hoy tan opaco como los Estados Unidos. Para que se entienda: fui operado de coartación aórtica a los 14 años en el Deborah Hospital de Nueva Jersey, un lugar excepcional para que reviva un corazón. No me cobraron ni un peso. Y por eso, después de la primera cirugía, cuando se rompió el nuevo canal cardiovascular que activaron en mi cuerpo, en lugar de temer acciones legales y dejarme morir o convertir a mi familia en millonarios malagradecidos, no dudaron en operarme de nuevo. No era el dinero lo que los motivaba ni el miedo. Era un ideal solidario y puro que, en esta oscuridad actual, no sospechamos transparente.

Hace poco más de un mes, en una profunda charla con las plantas, sentí que mi corazón no daba más. Que me había llegado la hora, a pesar de sentirme absurdamente incompleto después de tanta batalla librada. Retirarme del mundo sin siquiera haber llegado al área chica, con un centro de la vida directo a mi cabeza para definir, y en ese definir morirme de nuevo, como esa vez que estaba en las gratuitas manos de uno de los mejores cirujanos del mundo, el doctor McGrath, quizás un irlandés, pero en este caso un gringo. O sea, valga la redundancia, una vez más volví a morirme de nuevo.

Cuando pasó el sofocón, vino el entendimiento: que, en ese afán hermoso de solo rendirle cuentas al presente, lo que ahora me está matando en cada exceso no es nada más que la libertad que me dio la vida; oscura y transparente cuando sobreviví y decidí entrarle a todo con los ojos abiertos. Es así que, como toma de conciencia, decidí volver nomás a los tratamientos. Busqué a un gran cardiólogo, amigo de mi familia, que me atendió con amor de médico. Para mi sorpresa, él se había formado, entre otros lugares, en el famoso Deborah Hospital y conoció muy bien a mi cirujano. Dicen que hay que tener mucha bendición para contar con un buen médico o un buen abogado, especialmente en un país donde uno puede ir a quitarse una muela y salir con las patas por delante.

Hay un dicho que reza: “caña con ruda, contra el mal ayuda”. En la remota antigüedad los griegos la mencionaban constantemente por sus poderes medicinales. En Roma, Plinio el Viejo afirmaba que ayudaba a la vista y daba a entender que los artesanos la comían con pan para protegerse de los venenos de las pinturas que usaban. Al parecer, siglos después, eso hacían también Miguel Ángel o Leonardo. El mismo Jesús la conocía muy bien cuando alerta a los fariseos, esos burócratas fetichistas de lo divino, que se empeñaban demasiado en diezmar la menta y la ruda, y que eso los alejaba del deber superior, que por lo que entiendo es el amor. Shakespeare menciona muchas veces a la ruda y hace juego de palabras con su nombre en inglés, rue, que significa arrepentimiento. Quizás por eso, hasta ahora, es frecuente ser chicoteado con ruda para ahuyentar los malos espíritus que se nos pegan. Seguramente los africanos la conocían mucho antes que los antiguos. Por eso está tan presente en esa espiritualidad derivada en nuestro continente. La ruda es una hierba de Oxóssi, ese guerrero de arco y flecha también conocido como San Sebastián, que en la Amazonia y en muchos pueblos de los Andes es un gran protector.

Para los botánicos no existe tal cosa como “ruda hembra” y “ruda macho”; para la gente sí. Por eso una tiene que estar a la derecha y otra a la izquierda de la puerta de una casa. Esto lo comprobamos en carne propia hace muchos años, con aquellos amigos entrañables con los que decidimos poner una productora para trabajar juntos. La productora estaba tan cargada que, a los pocos días de poner las plantas en el lugar que corresponde, una de ellas se secó por completo y la otra empezó a brillar.

En los Andes la ruda llegó como si la hubieran conocido desde antes. Y el pueblo sabe que una buena limpia con hierbas debe contar con las tres “eres”: ruda, romero y retama. Los gringos a la ruda le dicen herb of grace. Y uno de mis amigos brujos, cuando le conté que yo siempre andaba enfermo en hospitales antes de hasta hoy estar sano, me explicó que tal vez no tenía la conciencia de defenderme de los ataques de enemigos espirituales, hasta que en la selva encontré a mi defensor.

Una vez Jesús Urzagasti escuchó una frase de un camionero y la convirtió en un derrotero: “las cargas se acomodan en el camino”. Mientras tanto, la ruda cura, protege y limpia tu alma. Y lo hace siempre desde el silencio.



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